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El empeño irrenunciable

Richard Páez destacó la capacidad de su remozada plantilla | Foto Omar Véliz / Archivo

Richard Páez | Foto: Omar Véliz/El Nacional

Hay hombres que, como decía Bertolt Brecht, "son imprescindibles".

Y tal vez, Richard Páez sea un imprescindible del fútbol nacional. Empeñado en unos principios, creyendo en lo que cree, ha ido hasta el fondo de sus posibilidades con Mineros de Guayana. Llegó a Paraguay a enfrentar a Libertad, y con toda libertad asumió el partido y los riesgos que aquella tarea implicaba. Mineros, hay que decirlo, no fue el equipo que había hecho la hombrada ante Barcelona de Ecuador, porque por momentos se deshizo a pedazos, y cuando su mediocampo llamó a juego, consiguió una barrera infranqueable en el equipo de los guaraníes. Edgar Jiménez trató pero, el swing del partido le pasó sin detenerse en aquella estación, y los zagueros centrales llegaron tarde. No obstante, y volvemos a Páez, el equipo del sur proclamó que había ido a gustar, que el fútbol, a pesar de lo que digan Carlos Salvador Bilardo y los resultadistas, no es solo ganar, sino ganar gustando, y que no hay empresa futbolística cabal si no rinden cuentas ante la belleza, que es como un ballet, que es el fútbol.

Esto puede sonar como excusa o defensa de Páez, y no está mal verlo así; sin embargo, donde queremos poner el acento es en que hay valores que no se han perdido, que hay gente feliz cuando se comulga con una idea, y que esa idea puede ser en la política, en la economía, en la literatura o, cómo no, en el mismísimo fútbol. Páez debió dormir tranquilo aquella noche del miércoles, ah, pero cómo hubiera preferido vencer y conquistar con su verdad. Hemos dicho que tenemos la certeza de que el cuadro de Guayana pudría llegar a las semifinales de un torneo que, como la Copa Suramericana, es menos exigente que la arisca Libertadores. El próximo miércoles habrá partido en Puerto Ordaz, y nos preguntamos, a estas alturas, si el director técnico de los venezolanos cambiará de idea: ¿irá con la furia de un animal salvaje a desguazar al adversario paraguayo, o si, consustanciado con sus ideales, tratará de vencer con las mejores artes y demostrar otra vez que ante las dificultades, prefiere ganar gustando?.

En tiempos de crisis, de angustias europeas, el fútbol no está a un lado.

Dificultades financieras, embrollos para las transacciones; inclusive, y ya hablando del juego, problemas para conseguir, por ejemplo, laterales izquierdos. Sin embargo, donde no parecen hacer mella las locuras y las dudas, es en los centro delanteros, o los atacantes, como se dice por estos tiempos. ¿Se han fijado en el caudal de artilleros que pululan, como insectos en los bombillos de la luz de la calle, por toda Europa? ¿Se han fijado en la cantidad de hombres buscados y que cambian de equipo según las ofertas siderales que se oyen por todas partes? Radamel Falcao García, David Villa, Roberto Soldado, Edison Cavani y ahora Gareth Bale, que, aunque no es un artillero en el más puro decir, sin embargo juega al goleador. Se han pagado fortunas inimaginables, delirios de la bolsa de valores colocadas al margen del amargo destino económico de los países que, como España, han comprado a Bale por 109 millones de euros. ¿Qué está pasando, por todos los santos? ¿Acaso hay vida detrás del espejo? Todo eso estaría bien si no fuera por los miles de emigrantes que desde África llegan a Europa en procura de un mundo mejor, ni de los millones de parados que en aquel lado del mar buscan, con desespero de amantes no correspondidos, un trabajo para vivir. Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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