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La cabeza ardiente de César Farías

César Farías

César Farías

César Farías no deja de llevar agua para el molino de las esperanzas. A cada instante, con cada expresión, suelta un manojo de sueños que cuesta no creer. Habla con fe empecinada, y siente que es hombre de palabra y de acción.

Está aferrado a su función de director técnico de la selección nacional, y si verdaderamente hace lo que el verbo dice, dejará a la Vinotinto después de concluir 2014, con Mundial o sin él.

¿Quién vendrá después? ¿Eduardo Saragó, Carlos Maldonado, Noel Sanvicente, Ceferino Bencomo? Eso, por el momento, no está en la mesa de juego, no es una baraja que se deba jugar, porque aún es una lejanía.

Lo que preocupa hoy, en esta hora y en este momento, es el partido contra Colombia y su Radamel Falcao García, el martes próximo en Puerto Ordaz. Ahí si hay que meterlo todo al número venezolano, porque queramos o no, ese día, ese bendito día, César Farías y su pandilla dirán si o futebol está en sus vidas; si, de ese momento en adelante hay, como en la canción de Juan Luis Guerra, "visa para un sueño"...

Venezuela se encontraba ano- che en la cancha del Monumental de River Plate con Argentina, y pensamos que perder ese partido no tiene mayor importancia. ¿No? Pues no. Porque no solamente caer responderá a la lógica de las lógicas, sino porque no haría daño en la tabla de posiciones ni en las aspiraciones Vinotinto.

La naturaleza del partido estuvo ahí, y por eso el enfrentamiento ante los colombianos es vital. Tiene dos vertientes: si Venezuela empató o venció a la albiceleste, derrotar a Colombia tendrá una significación de trascendencia, porque es estar en el Mundial. Pero si las cosas ante los argentinos no fueron bien, entonces el lance del martes podría representar, sí, ver lejos a Brasil 2014. Ah, cuántas cosas estarán pasando por la cabeza de Farías. Anoche, sin importar cuál haya sido el resultado, no debe haber dormido, dándole vueltas al equipo imaginario para el juego de la semana próxima, e inventando y reinventando, como Giuseppe Baldini, el alquimista de El perfume.

Son tiempos duros, de centellas y luces que prenden y apagan, lejanos a los días del colegio San Lázaro de Cumaná y el equipo Nueva Cádiz, cuando Farías era un imberbe veinteañero sin demasiadas preocupaciones y muchos sueños albergados en su morral de vida...

 

El domingo pasado fue de reencuentros. Y cuando se dice "reencuentros" la mente asume que son momentos felices, pero no. Nos conseguimos a un grupo de amigos, todos gente de fútbol (como más iba a ser), y todos lamentamos en el alma que Caracas no tuviera un estadio "digno", como se dice por estos tiempos. Fue en el Brígido Iriarte, un lugar apropiado para el fútbol venezolano, que vive un abandono de menesteroso. Pocas cosas ahí funcionan, casi nada es útil, todo está a su suerte.

¿A quién mirarle a la cara por tal abandono? ¿Quién se siente aludido? En la cancha, los jugadores de Real Esppor y Caracas, en vaivén, correteaban en procura de espacios planos, y en las tribunas, la gente preguntaba dónde había un baño decente. Los amigos recordaban la Copa América de 2007, tan exitosa, tan dulce para el fútbol nacional, y rumiaban rabias y frustraciones porque se construyeron o remozaron estadio por medio país, y se perdió la oportunidad, no tal vez de hacer uno nuevo en Caracas, sino por lo menos de poner el Brígido Iriarte a tono con el escenario internacional. Cuánta nostalgia, no por lo vivido, sino por lo no vivido. 

Nos vemos por ahí.


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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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