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El caballo de Atila

La historia antigua lo relata: por donde pasaba el caballo de Atila, rey de los hunos, no volvía a crecer la hierba. Tal vez no haya sido así, pero el viejo decir se usa como metáfora del desamparo, como sentido figurado del desasosiego y el desamor. Y Atila, montado a caballo, ha pasado por el estadio Olímpico y le ha dicho a la grama que no tiene licencia para crecer, y que los jugadores de fútbol que se atrevan a jugar ahí, tendrán que pagar las consecuencias. Para completar el paisaje desolador y yermo, y la devastación de un escenario que no puede llamarse escenario, el balón salta y salta, con piruetas de saltimbanqui, porque el suelo es de posguerra. El pasado domingo, Caracas y Mineros sintieron los rigores de lo que no debe ser, y aunque pusieron un empeño de buscadores de oro (bueno, a propósito de mineros), un empecinamiento por hacer del fútbol un acto de creación, fueron desbordados por aquella infelicidad que es el terreno de fútbol de Los Chaguaramos…  

En compensación para tanto desaliento, se apareció el Zamora, con juego abierto y a tres bandas, para alcanzar una victoria que mucha falta estaba haciendo al fútbol venezolano, tan castigado en los encuentros internacionales. ¿Cuánto tiempo tenía un equipo nacional sin alcanzar una conquista en la Copa Libertadores? ¿Cuántas frustraciones de gente esperanzada? No solo han sido las eliminaciones, sino las caídas, a veces sin la competitividad requerida, en casa. Esta misma semana vimos a The Strongest ganar en Bolivia, con autoridad y empecinamiento, a Vélez Sarsfield. También, a José Terán, de Ecuador, con convicciones y determinación, batir al Botafogo. Es decir, bolivianos y ecuatorianos liquidando a argentinos y brasileños. ¿Por qué en Venezuela no? ¿Por qué desde aquí, tan promocionado que ahora aparece el fútbol en los medios de comunicación social, no aparece un redentor, un salvador de la patria? Por eso la victoria sobre el Santa Fe colombiano es un alivio, un bálsamo traído desde las lejanías de la ilusión. ¿Cuánta distancia había entre los sueños y la  desesperanza? Ese oxígeno y las ganas dicen que los lanceros de Noel Sanvicente no van a renunciar. Se anuncian buenos días para la Copa, y, en medio, un equipo de este país con una oportunidad. ¿Saben desde cuándo un cuadro venezolano no accede, al menos, hasta los octavos de final coperos? Pues desde que, en 2009, lo consiguiera el Caracas, que entonces hizo la hombrada de ser cuartofinalista (ah, que tiempos aquellos del Portuguesa, ULA Mérida, Atlético San Cristóbal, Táchira, cuántas victorias en los estadios nacionales)…

Las voces del silencio es una obra literaria, una película y un compendio de poesía. Diversas manifestaciones del arte están ahí; y una metáfora de las voces del silencio podría aplicársele a aquellos que deben decidir el  espinoso asunto del técnico nacional. Las cosas en la vida son así: en un momento la expectación revuelve porque hay un interés; pero, pasado el tiempo, las cosas se vuelven indiferentes, alejadas, casi inalcanzables. Así está pasando con lo del conductor de la Vinotinto, que de tanto hablar del asunto, nudos no desatados, ya a la gente se le está olvidando. Alguien, con cierta timidez, tal vez pregunte “¿quién será el hombre?”, pero nada más. Han dejado pasar el punto de interés máximo, por indecisiones o algo así, y tal parece que ya poco importa. Sí importa, claro que sí, pero han bajado los decibeles de una acechanza. Nos vemos por ahí.   

 

 

 

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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