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Desde el altiplano, el mundo al revés

Un total de 23 jugadores, bajo órdenes del técnico César Farías, realizó su primer movimiento en el estadio Rafael Mendoza | Foto: Agencias

Un total de 23 jugadores, bajo órdenes del técnico César Farías, realizó su primer movimiento en el estadio Rafael Mendoza | Foto: Agencias

Cierta vez, mientras subíamos hacia el estadio Hernando Siles de La Paz, vimos formarse un tumulto de gentes arremolinadas frente a nosotros. El taxi nos había dejado tres o cuatro cuadras más abajo, pues por medidas de seguridad no lo habían dejado acercarse más y había que recorrer aquella distancia a pie. Abelardo Raidi, por entonces compañero de El Nacional, fue el primero en bajar y el causante de aquel alboroto: había sufrido el efecto de la altura y debía ser atendido de inmediato.

Alguien entró a una farmacia y le dio de beber algo, nunca supimos qué, para revivir aquella caída de tensión. Se jugaría, un rato después, el partido Bolivia-Venezuela de la Copa América de 1997, con Rafael Dudamel en el arco vinotinto. Esa estampa la tenemos guardada en nuestra memoria, sobre todo porque en ese momento tuvimos la certeza de que la altitud tiene que ver con el comportamiento físico de los seres humanos, y hasta con la manera de pensar. La falta de oxígeno nos provoca lentitud, de acción y de pensamiento, y en el fútbol, paradójicamente, debemos actuar rápido antes de que los bolivianos te caigan encima, te coman, te aplasten. Este principio toma vigencia "en los últimos 10 minutos", como dice desde su aquilatada experiencia Cata Roque, quien dirigió equipos bolivianos y sabe como pocos de este bendito asunto, "porque es ahí cuando ellos hacen valer todos los efectos que atenazan al contrario"...


¿Cómo les habrá ido a los venezolanos ayer en la tarde en el cielo de La Paz? ¿Qué habrá pasado con ese ofuscamiento que dicen da el jugar allá arriba? Toda precaución es poca, argumentan, pero también hay que tomar en consideración a aquellos que, como el propio presidente boliviano Evo Morales, aseguran que lo de la altitud es un cuento de camino. Lo que no tiene rendijas para las dudas es que, sicológicamente, los casi 3.600 metros dan duro. Desde que se llega al aeropuerto de El Alto, vaya que nombre para una población que está a 4.000 metros, las cosas, como en el país detrás de espejo de Alicia en el país de las maravillas, o como en el libro El mundo al revés, de Eduardo Galeano, comienzan a cambiar. Se siente todo como dando vueltas, como alucinando, pesado, y hay que tomar cuenta de nosotros rápidamente antes que el sofoco del mal destroce nuestros sentidos. ¿Tiene esto mucho que ver con la sensación física? Este asunto siempre ha estado en medio de las discusiones. Cuando un jugador de cualquier país ve a un boliviano correr con la pelota a velocidad de centella, piensa en la altura; y cuando pierde en el salto con algún otro local, lo atribuye también a su hábito de jugar en el altiplano. Escapar a lo mental es lo más difícil, porque es ahí donde está el nudo de todo este embarazoso tema, de ese sitio único para el fútbol llamado La Paz...


El sábado pasado volvimos a vivir un aula universitaria con rostros y mentes anhelantes de experiencias. Fue en la Universidad Simón Bolívar, en ocasión del curso de periodismo especializado que, con tenacidad de herrero, con vocación de enseñanza, cada año organizan Daniel Chapela y Edgardo Broner. Fue reconfortante estar con los estudiantes, oír sus preguntas, y vivir una mañana de ilusiones compartidas.

Gracias a Daniel y Edgardo por invitarme, y gracias a las "muchachas y muchachos, que no dejarán desiertos ni las calles ni los campos", como dijera en su poema La Boca el gran Miguel Hernández. Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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