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Zapping para la diáspora

El miércoles, como jamás en esta vida, dimos las gracias al inventor del control remoto. ¿Alguien puede decir cuántos partidos había ese día martes de esta semana, en todo el mundo? Habría que hacer un inventario exhaustivo, minucioso, para saber hasta dónde llegó la diáspora. Vaya jornada, compañeros. Vaya goles por todos los confines del planeta en el que tenemos la gracia de vivir. Entonces, Portugal y Suecia se enardecían en procura de una victoria mundialista; Francia y Ucrania soltaban las jaurías en busca de la trascendencia; Rumania y Grecia se enseñaban los dientes, Croacia e Islandia dejaban la vida. Más allá de los partidos oficiales europeos, había intercontinentales: Colombia empataba con Holanda, Argentina vencía a Bosnia, Japón a Bélgica, Rusia a Corea del Sur, y entre suramericanos, Brasil a Chile; aquí perdimos la cuenta de tantos otros que se nos confunden en los vericuetos de la mente y que ahora no podemos recordar. Entonces, ¡que viva el control remoto y ese corazón suyo llamado zapping! Cinco minutos aquí, salta para el otro canal cuando se para el partido porque hay un jugador lesionado, en el medio tiempo de este juego tenemos quince minutos para ver cómo va aquel otro. Así, con esa locura de fútbol, bajo el demencial cambia que cambia, no vimos ninguno completo, pero vivimos una tarde como pocas...

Cristiano Ronaldo no es un jugador; es una alucinación.

Pocas veces en esta vida habíamos sentido en la piel las vibraciones que esa tarde llegaron volando en las alas del portugués. Cristiano está por encima no solo de su equipo, sino del fútbol mismo, sin límites y sin fronteras, sin mapas y sin geografías. Está más allá de todo alcance, inabarcable, y solo Lionel Messi, el ángel Messi, podría igualarlo en un partido de arrebato, como aquel jugado en Suecia. No solo fue fútbol: tomó el comando (bueno, lo llaman "el comandante") y acarreó a la pandilla lusitana hacia un éxito que casi se pierde en las incertidumbres del juego. Fue como una aparición que desde una dimensión desconocida, llamó a vencer. Será lindo, como dicen los argentinos, ver a los dos astros batirse en Brasil 2014 para dejar en claro quién es el mejor de los mejores.

Ah, y por ahí estará también, acechando como las fieras a las presas, el joven Neymar...

Las razones pueden ser varias: la situación económica, lo costoso de las entradas, la inseguridad, el desprestigio de la grada por líos y tumultos. Pero lo que sí es indiscutible es la merma de la asistencia a los estadios de fútbol en el país. ¿Saben cuántas personas entraron al partido dominical jugado en Puerto La Cruz, Anzoátegui-Trujillanos, con los orientales luchando por la vanguardia del torneo? 490.

¿Y saben cuántas al PetareZulia en el Estadio Olímpico? 236. ¿Y saben cuántas al Táchira-Carabobo, por entonces líder, en San Cristóbal? 5.382. En toda la fecha la suma fue de 22.318, con promedio de 2.790 por partido (en todo el Apertura, cuando solo quedan tres fechas para su final, el total es de 472.882). La empresa privada, alcaldías y gobernaciones salen al paso y corren con las cuentas de un fútbol que tendrá que revisarse, de pies a cabeza, a ver qué habrá que hacer en el porvenir para sobrevivir. ¿Qué pasará cuando los mecenas dejen de ser? A este fútbol habrá que reinventarlo, darlo a un escultor para que le dé forma a la piedra, o sino darle la razón a Cheché Vidal: "Al fútbol venezolano hay que dejarlo morir para que nazca otra vez" (dicho en 1985). Nos vemos por ahí...

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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