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Vivir en Caracas, morir en Barquisimeto

Edgar Jiménez

Edgar Jiménez

La vida da vueltas, lo que hoy es bueno mañana no, y así avanza el mundo. Hace una semana veíamos al Caracas agonizante, hecho trizas por el Gremio en Porto Alegre, y al Lara, tan valiente, viniendo de ultratumba para empatar en Asunción con el Olimpia, en un partido que bien pudo ganar. En los días recientes la moneda cambió de cara, el haz fue el envés y el envés fue haz. La vida te hace bromas. La gente de la capital se valió del desconcierto provocado por sus jugadores en el rival, para devolverles la paga. Fue particularmente curioso, y no por ello menos admirable, ver a los brasileños corriendo, como el galgo detrás de la libre, en procura de una pelota que en el segundo tiempo nunca fue de ellos. Edgar Jiménez, con todo y su dolor insoportable, tuvo fútbol para dirigir las maniobras y enseñarle el camino a Rómulo Otero, ese pequeño, escurridizo e imprevisible muchacho que a cada jugada se inventa otra, y que fue la causa mayor del desmembramiento gremial en el estadio Olímpico. Entretanto, en Barquisimeto, la gente esperaba no solo volverle a pagar a los paraguayos con el mismo billete, sino seguir la zaga caraquista de una noche antes. No pudo ser, porque inertes, sin capacidad de reacción, los larenses se convirtieron en un manojo de inexactitudes.

Loa zagueros centrales, José Manuel Rey y Marcelo Maidana, dejaron a los guaraníes bordar la tela, mientras ellos, impasibles, como espectadores, los miraban casi con desdén...

Son cosas del fútbol venezolano, que en una noche feliz arma el tinglado, y la otra lo desarma y lo hace pedazos. Y en este punto de vista incluimos a la propia selección Vinotinto; ¿acaso nos hemos olvidado del desastre ante Perú y la noche inolvidable frente a Paraguay? En una semana el Caracas transformó su forma y su carácter, para bien; en una semana, Lara vivió una metamorfosis, para mal. En la columna más reciente titulamos "Morir en Porto Alegre, vivir en Asunción"; siete días después, el que murió renace y el que vivió desaparece.

Ah, ese fútbol nacional, esa pinta de empresa a la deriva, ese vaivén que nunca sabemos cuál será su final. Lo que parece tener vida eterna es la federación y su directiva. Pero, antes de emitir un juicio, pongamos el codo en la mesa y la mano en la barbilla, y preguntémonos: ¿ha hecho bien? Y, además: ¿otro lo hubiera hecho mejor? ¿Cómo? ¿Qué cosas olvidadas y dejadas de hacer habrían sido provechosas? Antes de emitir opiniones a veces superficiales, hay que preguntarse el por qué de las cosas. La nave sigue rumbo en el inmenso océano, y no sabemos, nadie lo puede saber, si con las banderas desplegadas que llevan al puerto seguro. ¿Alguien se habrá imaginado como será la vida sin Rafael Esquivel?... Simón Alberto Consalvi nos detuvo una vez en el cafetín de EL NACIONAL. Era julio de 2010, y con su voz de tono educado, pero firme, nos felicitó por nuestros escritos en el diario relacionados con el Mundial de Suráfrica recién terminado.

"Qué buenas tus notas", nos dijo entusiasmado, y para nosotros no hubo, tal vez no ha habido en todos estos años de periodismo, más elogio que las palabras sabias de Simón Alberto.

Periodista veterano, conocedor como nadie de este bendito oficio, deleitaba cada domingo con sus ensayos de buen leer que llamaban a la reflexión. Era la conciencia de este diario, la ponderación del hombre sabio, el que daba tranquilidad en los desesperados momentos de zozobra, tan comunes en estos tiempos inquietantes. Nos vemos por ahí.


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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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