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Verbo lacerante, verbo de fuego

César Farías, seleccionador nacional / EFE

César Farías, seleccionador nacional / EFE

César Farías puede ser tan inesperado como un sismo de 10 grados en escala de Ritcher, o un tsunami en las remotas costas del Japón. Es, más que todo y según el sentir popular, un antihéroe, un Héctor troyano transfigurado en hombre de fútbol. No obstante, y como inesperado que es, el martes en la noche no solo reivindicó a la selección Vinotinto con la conquista sobre Perú, sino que también se redimió con sus palabras, principalmente por la sinceridad de aquel verbo lacerante y poderoso. Las palabras de fuego, aquellas que como en el poema de Miguel Hernández, calan y llegan hasta lo más hondo de unos y otros: "Si quemaran mis huesos con la llama del hierro". No desgajó de su vocabulario verdades y artificios contra los adversarios de los medios de comunicación, sino que fue, como un ángel de la justicia, contra un controversial político de estos tiempos duros. La tenía guardada, seguramente, y estaba esperando el momento de subir a la cima. ¿Por qué no las dijo días antes, en las horas amargas tras la derrota con Chile? No, tenía que esperar, estratégicamente, la subida a lo alto de la montaña para ver todo el paisaje desparramado debajo de él...

Y entonces, se hizo el milagro. No que Venezuela clasificase al Mundial de Brasil 2014 porque eso está por verse. Fue el prodigio de poner al país asido a su camiseta, a balancearse con él en los andamios del peligro, y finalmente, a pararse a su lado en la cancha de la venezolanidad. Farías habló de esperanzas, de la fiera lucha de un equipo y de un cumanés empecinado, y de no entregar la vida hasta el último aliento. Y habló también, y aquí estuvo el cambio de religión, contra aquellos que lo han buscado. Hoy, en el umbral de su adiós, Farías ha llegado al alma popular. Tal vez solo sea flor de un día, una primavera de 24 horas, pero se sabe que, en lo más recóndito de su ser, el técnico nacional esperaba algún día llegar a ese cielo. Espera San Cristóbal y allá, lugar del país donde a Richard Páez se le devolvieron los sueños, esperan a Farías. No ha sido bien visto ni querido en las comarcas andinas, pero la rebeldía del hombre, su pararse frente al que apunta y dispara, le ha dado ese matiz de amor que tanto había buscado. De Héctor a Ulises, de Troya a Ítaca: ¿de Cumaná a Río de Janeiro?... En este país falta humor, ideas chispeantes que hagan ver la vida de otra forma. Y a César Farías le ha faltado la risa espontánea, aquel decir que mande la broma hasta el segundo nivel de entendimiento. Con Farías siempre se está a la espera de un misil, una bala perdida, un disparo tierra-aire, y no una frase que alivie las tensiones. Seguramente por eso es que la gente ríe, con risa complacida, su cambio de actitud.

Lo que cuesta entender es que, en lo íntimo, en el café con los amigos y en las reuniones informales en la avenida Perimetral de Cumaná, todo es tan distinto: hay jovialidad, bromas, bolas criollas, hermandad, y aquel "paisano" característico del oriente venezolano. ¿Hay en Farías, como en la tragedia griega, una lucha interior por ser director técnico del seleccionado venezolano? ¿Querrá Farías que termine con prontitud todo ese tiempo de amores y desamores, y volver a su patria pequeña a reunirse con los panas? Entretanto, florece la ilusión mundialista. Se sabe que es una utopía, un casi imposible, pero lo que falta de humor sobra en esperanzas. Y la esperanza también es, cómo no, una forma de alegrarse. Nos vemos por ahí.

Twitter: @camisetadiez

 

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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