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Tener 21 años, cuánta felicidad

Cichero y Aristeguieta festejaron con Nantes | Foto: Archivo

Cichero y Aristeguieta festejaron con Nantes | Foto: Archivo

Ser venezolano en el fútbol es para los europeos una contracorriente, y eso es lo que deben de haber pensado los directivos del Nantes cuando decidieron pagar lo que pagaron por Fernando Aristeguieta y Gabriel Cichero. Si nos ponemos a ver, si evaluamos y hacemos un inventario, los dos jugadores venezolanos deberían de haber costado, así por encimita, el triple de lo ofrecido por la gente de Francia, pero el haber nacido por estos lados es un viento en contra difícil de enfrentar. "Sí, claro que quiero ir a Europa, pero soy venezolano, y tú sabes....", nos dijo una vez, con cierta melancolía pero con palabras francas, Aristeguieta en el camerino del Caracas, antes de un partido en el estadio Olímpico. Del otro lado del mar poco creen en el fútbol de aquí, y convencer a los representantes de equipos puede ser como predicar en el desierto del Sahara. Cuando pensamos en esto hay que poner medallas en el pecho de Juan Arango, quien ha podido mantenerse tantos años en los hostiles ambientes europeos. Hay un muy arraigado prejuicio que pone alas a los argentinos, brasileños y uruguayos, y un escalón más abajo a chilenos, colombianos, peruanos y paraguayos, y contra eso, más que contra los adversarios, hay que batallar sin pausas y sin medida...

Por eso es que pagaron lo que pagaron por Neymar. A ojos ciegos, tanteando en la oscuridad, el Barcelona pujó con el Real Madrid, y con tantos otros, para quedarse con el joven del Santos. De 1.600.000 a 60 millones de euros hay un trecho enorme, infinito, que simboliza la metáfora de este prejuicio (el dinero es lo más barato que hay, dicen por ahí).

La presentación de Neymar con la selección brasileña, el martes de esta semana cuando los jugadores fueron convocados a concentración, fue todo un boato de fiesta dionisíaca, un jolgorio de masas, por gentes que celebraban la alegría de tenerlo, pero que, en sentimientos encontrados, lloraban su cercana partida a Barcelona.

Neymar enfrentará mañana a Inglaterra, viajará a Cataluña en el avión privado del equipo para firmar contrato el lunes, y de inmediato retornará a Río de Janeiro para incorporarse al seleccionado. Entonces, surgen voces que avizoran su éxito, pero hay quienes piden mesura y pasos en puntillas: todo puede ser dulce, pero también puede haber, escondidas en las sombras de la noche, sombras de jugadores que ven su llegada como el fin de sus días en el equipo de las ramblas...

A Noel Sanvicente lo conocimos en 1986, cuando era un joven que, como hoy Aristeguieta y Neymar, se asomaba a sus 21 años de edad. Era provinciano, y se veía imponente con su camiseta a franjas verticales azules y negras del Mineros de Guayana. Vino a Caracas a enfrentar a Marítimo, que como el Nantes con los dos venezolanos, y como Barcelona con el brasileño, no dio un paso atrás para hacerse de su firma. Por entonces era el gran jugador venezolano, el futbolista del momento, como lo es hoy como técnico monarca con el modesto, pero eficaz, Zamora. Era un mediocampista de avanzada, veloz como un rayo de luz y capaz de resolver en instantes situaciones complicadas de los partidos.

El hábito no lo ha perdido, y hoy lee las situaciones del juego con claridad de amanecer. Sanvicente está de moda, en las tertulias del fútbol se habla más de él que de sus casi desconocidos jugadores, y muchos se preguntan cuándo estará al frente del equipo nacional. Saber eso no es asunto fácil, porque aún falta por pasar mucha agua del río caudaloso. ¿2014, 2015, tal vez? Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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