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Tehua, tras las huellas de Gauguin

Nigeria se impuso con goles en propia meta anotados por Vallar y por Jonathan Tehau / EFE

Nigeria se impuso con goles en propia meta anotados por Vallar y por Jonathan Tehau / EFE

El alborozo sin medida de Jonathan Tehau tras marcar el único gol de Tahití en la Copa Confederaciones, nos remitió a la vida de Paul Gauguin. El paroxismo del jugador, tan parecido en su metáfora a la etapa tahitiana del pintor, nos hizo viajar hasta la inocencia de aquellos lienzos en los que resaltaban el color vivo descubierto en las islas del Pacífico Sur.

El salto de gloria, la visita al Parnaso de los invencibles, dieron a Tehau el aura de los semidioses griegos, y a la vez, la calidez naif de una gesta impensada.

Contra lo que muchos creen, “para qué está Tahití ahí”, “es una lástima que selecciones de más nivel no vayan a Brasil”, “¿cómo hizo Tahití para entrar en el torneo, si no tiene  nivel?”,  nosotros tenemos la certeza de que fue un acierto mayor que los oceánicos jugaran la Copa, y todo porque le devolvieron al fútbol, con sus actitudes humanísticas, todo aquello que el deporte profesional, y el fútbol en este caso, han ido perdiendo ante el empuje denodado y arrasador del mercantilismo. ¿Qué le parecería a usted, lector, que todo hicieran lo mismo que Tahití? ¿Qué tal sería que todos abrazaran al adversario después del partido, y llevaran collares o flores a sus rivales, y que no se cobraran con patadas alevosas las humillaciones de las goleadas? Eso fue Tahití, un parvulario, un regreso a la añorada adolescencia, una hermosa lección...  


Es una antigua discusión: ¿cuántos importados deben tener los equipos del fútbol profesional? Recordamos los tiempos cuando, las imposiciones eran para los venezolanos: uno, dos, tres, cuatro, qué desalentador. Ahora, por fortuna, se anda en otra dirección. El baloncesto se ha debatido, por años, si tener dos para darle oportunidad a los venezolanos, o tres, para que el espectáculo sea de más calidad. Son dos filosofías, que ahora rozan el vestido del fútbol. En la reciente convención de la federación se limó la cantidad de cuatro a tres, y esto produjo un cierto movimiento en los planes de los equipos: esta contratación sí, esta no. Es un paso que se ha dado, nadie sabe si para bien o para mal, porque solo el tiempo podrá hablar claro. Pasarán los días, pasará la vida, y algún día se habrá de llegar a Europa: ¿tienes pasaporte comunitario? Pues venga, a jugar, no importa de qué país seas. Ya hay equipos que han jugado con solo extranjeros (en Portugal hay algunos que lo hacen con puros brasileños). Hay que echar una mirada al mundo del mañana; el concepto de países con rígidas fronteras, que es el precepto que impera hoy, tiende a desaparecer, porque la economía, tal parece, va a imponer esa globalización que tantos celebran y a la que tantos temen…


¿Quién ha sido el mejor jugador de la Copa Confederaciones? ¿Neymar, Andrea Pirlo, Sergio Busquets, Fernando Torres, Andrés Iniesta, Marcelo, Edison Cavani, Luis Suárez, Paulinho? No, Jordi Alba. Para quien escribe el lateral izquierdo de España no solo ha sido vanguardia, sino que su atrevimiento al irse a la expedición del ataque ha sido fundamental para su selección. ¿Quién no recuerda sus goles alucinantes contra Nigeria? ¿Quién no se ha deleitado con sus arrebatos cada vez que va a la marca, quita la pelota y se marcha, como un potro salvaje, del mediocampo hacia adelante? Los partidos de la semifinal, y la finalísima de mañana, podrán determinar si Neymar, con todo su charm, con su fútbol de sortilegio, con todo su aparataje publicitario, se lleva el premio, o si Alba, el indómito salvaje, es capaz de subir al gran lugar. Nos vemos por ahí.


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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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