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Schumacher y Falcao, dos tragedias iguales

Michael Schumacher y Radamel Falcao García, dos hombres en la distancia, dos tragedias iguales. El deporte viola algunas veces al teatro griego, en el que primero era el drama y luego el hecho trágico. Con el antiguo piloto de Fórmula 1 y el futbolista, ha pasado lo peor, según las dimensiones, sin conocer el preámbulo dramático. Schumacher lucha por su vida; García, igualmente, por “su vida”, que es el Mundial de Fútbol. Porque no puede haber mayor desbarajuste en el quehacer de un jugador de fútbol, que no haber ido a la Copa del Mundo, principalmente él, que además de pasar por su momento más encumbrado, es Colombia, puro Colombia, la esperanza de todo un país, y por extensión, de Suramérica.  Hemos oído muchas veces aquella emblemática canción de Rubén Blades, en la que habla de su madre enferma con cáncer, y de una familia que pasa frente a él con el dolor de un hijo descarriado; dice la letra que “aquel muchacho/y mi pobre madre/dos personas distintas/pero dos tragedias iguales”. Con Schumacher y García sucede: gentes tan diferentes, de deportes tan distintos, “pero dos tragedias iguales”.

 

Y, como Schumacher y Falcao, hay antípodas y cercanías. Caracas y Petare, por ejemplo, dos equipos de la metrópoli que corren en carreras distintas. Los Rojos del Ávila azuzando a la vanguardia del campeonato, los sucrenses, hundiéndose en la arena movediza de los últimos lugares. ¿Qué habrá pasado en uno y otro? No sabemos de cifras ni  presupuestos exactos, pero lo que ha gastado uno y otro debe ser más o menos lo mismo. ¿Cosas del fútbol? Tal vez. Al Caracas y al técnico Eduardo Saragó eso que llaman “fortuna”, usada como facilismo para conseguir una explicación, no los abandona; al Petare y Saúl Maldonado, de plano, sí. Al equipo de la Cota 905 la pelota le entra, a los azules se les niega el arco. ¿Cuánto de suerte hay en el fútbol? Si pudiéramos medir esta circunstancia, ¿cuánto le pondríamos a uno y otro? Pero, ¿no será, más bien, sabiduría futbolística? ¿O tranquilidad por saber que el tiempo bueno va a llegar, y desesperación porque no se consigue la salida? Ah, el fútbol. Caracas y Petare, tan lejos y tan cerca.      

     

El fútbol en Valencia, como en el verso de la canción, canta y florece en cada amanecer. Y con él, también agita en flor a una afición adormecida en los años recientes, después de haber tenido en la década de los sesenta aquel recordado y distante equipo que fue a Copa Libertadores. Las generaciones actuales no lo conocieron, pero pueden ufanarse de que nunca, ni siquiera en aquellos días de cielos abiertos, la vida fue como ahora: tribunas que no soportan el peso de tanta gente junta, abigarrada, y con ese fervor que Valencia no conocía. Porque Valencia está de moda: su Magallanes campeón con los graderíos del estadio José Bernardo Pérez que siente el aluvión de la muchedumbre, y la extravagancia del vinotinto equipo de fútbol, embriagando con su lucha tenaz. Los valencianos emergen como justicieros del fútbol: quieren vengar tantos y tantos años de afrentas y derrotas, con un equipo que corre, corre, corre, y que pone en aprietos a sus oponentes. En Valencia topamos con amigos de siempre, José “Pepito” Hernández, Omar Cubillán Ávila, Freddy Rosas, y con aquellos ocasionales que conseguimos en los estadios y ciudades. Y además, con hombres de beisbol: Alejandro Freire y Oscar “Manacho” Enríquez también estaban ahí, en la tribuna, como atentos espectadores. Nos vemos por ahí.

 

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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