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Nostalgias del Mundial

No hay nostalgia más dolorosa que aquella que se siente por lo no vivido. La llaman “la nostalgia de las nostalgias”, porque es la nostalgia de la nostalgia nunca sentida. Sí, es un enredo de palabras, un trabalenguas de la nostalgia, pero algo así es lo que por estos días siente la gente en Venezuela. Se hacían planes, se establecían contingencias de ahorros, reservaciones en agencias de turismo, “yo voy a asegurar los tres juegos de la Vinotinto. Después veré”. Así andaban soplando los vientos del entusiasmo desmedido, algo irresponsable pero justificado ante una situación nunca antes vivida. “¿Venezuela en el Mundial? Wao”, dijo una vez en una entrevista Magglio Ordóñez, y su voz, entreverada con una sonrisa de optimismo, era una metáfora del sentir nacional. Así como se expresó el pelotero, el canto se oía en incontables lugares de este país lleno de esperanzas. ¿Cómo es eso de ir al Mundial?, ¿Cómo es ese de codearse con los grandes, como es estar en la élite universal? ¿Cómo será eso de andar por la calles de Brasil y decirle a todo el que pase, con la cara levantada, que somos  de un país que clasificó al Mundial? Todo esto va a quedar archivado bajo las losas de la frustración, de lo inexplicable, porque “mira que Venezuela lo tenía en las manos”…

 No hubo una causa, sino decenas de ellas. Hay que hacer un inventario y no andar señalando con el dedo índice. Hay en el país una costumbre muy latinoamericana de buscar a quién “echarle la culpa”  de nuestros fracasos, en vez de mirar hacia dentro, hacia lo probable, hacia el campo arisco y a veces yermo de nuestras culpabilidades. La génesis de este arrebato estuvo en los medios de comunicación social, especialmente en la televisión, que no midieron ni dejaron medir. La gente se dejó llevar por la desmesura, y, como en el decir popular “el que vive de ilusiones muere de desencanto”. Ha sido una gran lección. De aquí en adelante, con el palo recibido, habrá que tener cautela de andino para elogiar, para evitar ser incontinente. La vida  deja enseñanzas y Venezuela acaba de recibir una de ellas. Cuando la humildad sea el estandarte, cuando el buen juicio se imponga, entonces, tal vez, se habrá dado un paso con botas de siete leguas hacia el Mundial de Rusia 2018. Pero, más allá de todo, el tiempo va a hablar. Y ese tiempo va a esclarecer lo que ha pasado con el fútbol de este país, y en ese bendito tiempo tiene guardado, allá adentro en lo más profundo de sus cosas entrañables, un aplauso para José Omar Pastoriza, para Richard Páez y para César Farías por haberle dado a la gente una ilusión para vivir…

El beso de despedida en Casablanca. El tango que el ciego baila en Perfume de mujer. La serenata de La Mandolina del capitán Corelli. El prófugo de la justicia cuando toca órgano en Aguas turbulentas.El estremecimiento del jefe de policía cuando encuentra muerta a su hija en la vereda de las aguas en Río Místico. La conversación entre el enfermero y el periodista en Hable con ella. Venezuela saliendo a la cancha en la inauguración del Mundial de Brasil. Son escenas irrepetibles y sublimes del cine universal, las seis primeras. La última, la que nunca veremos en 2014. Tanto soñar, tanto anhelar, tanto reír, tanto sufrir, tanto abrazarse, tantos amores derrochados, tanta locura, tantos besos, tantas promesas, tanto porvenir, tanta luz, tanta fe, para que todo quede como en una escena del cine, tan hermosa como imposible. ¿Será verdad en Moscú 2018? Nos vemos por ahí.   

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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