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Náufragos del Titanic

Desesperados, intentando la salvación con los últimos alientos, miembros de la tripulación se aferran a trozos de madera. La orquesta del trasatlántico no ha dejado de tocar, y se oyen, entreverados con la bravura de las olas, los compases rítmicos y postreros del violín, el clarinete y el violonchelo. A sus costados, decenas de náufragos aún tienen el valor de reclamarles, con voces aireadas y gritos altisonantes, los malos días y el no haberle hecho caso a la brújula que avistaba, desde mucho antes, la cercanía del iceberg destinado a aquel choque de devastación. La tripulación solo temía perder el poder de muchos años, y anhelaban la salvación de un barco furtivo y oportuno, llegar a tierra y esconderse detrás de una coartada de medias verdades. Ellos y solo ellos, los hijos perdidos de la tragedia, los vagabundos de un fracaso, habían dejado ir sin remedio la fuente de las ideas. Llegó el iceberg, llegó el invierno, y ha llegado el tiempo de mirarse cara a cara con el resto del naufragio y de responderle a la gente por tanto tiempo de desatinos y dislates...

De contramano con la historia, Edward John Smith, el avezado capitán del Titanic, no murió en el naufragio.

Fue finalmente rescatado por el oportunismo del barco RSM Carpathia, que pasaba por ahí, y fue milagrosamente salvado junto a los 710 pasajeros que lograron sobrevivir.

El viaje, en medio de un boato de mil y una noches, había salido del puerto de Southampton a Nueva York. Se había detenido, por los azares del destino, cerca de Terranova cuando aquel terremoto de otro mundo, aquel movimiento telúrico lo había partido, sin misericordia, en mil pedazos. El capitán fue salvado, y desde entonces, perdido en su laberinto de decisiones que no toma y que le abruman, no consigue el cable a tierra que lo deje en paz.

Vive, como dice Ednodio Quintero en El hijo de Gengis Khan , "el sueño inquieto de los culpables".

Aquella gente afortunada que vivió las angustias y el alivio del rescate, y la gente del país, muchedumbres enteras, son lo que llaman a la conciencia del capitán.

Que las horas y los días en medio del mar de las incertidumbres, lo hagan reflexionar y lo lleven buenamente a darle paso a otra tripulación. Gente más fresca y joven, que barra lo viejo y que llegue con las luces encendidas que a estos marineros les han faltado, para vivir un nuevo amanecer. Los golpes enseñan y los naufragios castigan, y ya es tiempo de un trasatlántico de joven data y un remozado timonel. No hay quien soporte un Titanic averiado en todos sus frentes, versión 2014. El violín, el clarinete y el violonchelo han dejado de sonar... Sin embargo, el barco aún existe. La proa, con un balón de fútbol como insignia, es visible. Como el Costa Concordia, espera por las grúas de la esperanza que lo lleven a puerto para ser reparado. Lo hundió el iceberg de objetivos nunca cumplidos, de edificios a medio construir, y de las mil cosas que dice la gente por ahí. Llegar a Nueva York es una quimera, dice una antigua melodía venezolana, Brasil es lo inalcanzable. Ahora, nuevas promesas llenan sus verbos, y de una vez se comienza a hablar de un inmenso país inabarcable, que ocupa grandes territorios de Europa y de Asia. ¿Hay algo que, además de los náufragos, se pueda salvar? Sí, sí lo hay. Ha quedado la maceración, la borra del café, y no está mal para volver a comenzar.

En el fútbol, como en la vida, siempre habrá una segunda oportunidad. Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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