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El cielo del infierno

La tourneé por América del Sur puede ser para la selección nacional el cielo de los dioses consagrados, o el infierno calcinante de los demonios de la derrota. Anoche enfrentaba al Perú de tantas ganas, y el martes al Paraguay herido y acechante. La posibilidad de puntos está viva, latente, y conseguirlos podrías ser la "visa para un sueño" como en el canto de Juan Luis Guerra. El equipo de este país ha conseguido, por encima de todo, fe y madurez, la templanza de caballeros medievales necesaria para soportar la adversidad que anoche tuvo en Lima y dentro de tres días va a tener en Asunción. Con los peruanos, y esto suena a paradoja, lo mejor era atacarlos, írseles encima, porque cuando se les ahoga no le consiguen explicación al fútbol, no encuentran las respuestas. Con los guaraníes es diferente, porque buscarlos sería caer en la trampa que ellos son expertos en montar. A ellos hay que esperarlos y no ir a su guarida, porque esto es lo que les encanta. Hablábamos de conseguir puntos, y esto sería como conseguir el inestimable botín que puede tener su destino en Brasil 2014; pero, ¿y si no hay nada, si cuando regrese el equipo consigue la casa vacía? Entonces habría que comenzar otra vez, a recomponer cosas que tal vez no tengan remedio, válganos, y subir una cuesta que habrá de ser más empinada que el mismo Everest. ¿Qué habrá pasado en el Perú-Venezuela? ¿Habrá atacado la Vinotinto con prudencia pero con determinación?...

El fútbol venezolano también tiene su Penélope, la que esperó la vida entera al Ulises de la Odisea. Se llama Edgar Jiménez, el mediocampista del Caracas que, tras aguardar durante años y años por la llamada a la selección, después de esperar ansioso la llegada de su "Ulises" en la convocatoria a la Vinotinto, vio sus esperanzas irse como el humo con la ingrata lesión en uno de los tobillos. Ese era su cielo, devenido en infierno en un santiamén. Un instante antes del golpe, un momento antes del encuentro en la cancha con un adversario, el azar y la diosa fortuna le prepararon esa celada de mala leche. Jiménez quería, como nadie en esta vida, decir que sí podía, que en su fútbol estaba pronto después de tanto tiempo de añoranzas y de sacrificios, mas no pudo ser. ¿Tendrá Jiménez la paciencia de Penélope, que es como decir la paciencia de Job, para esperar otra llamada?...

Dos decisiones arbitrales, en domingos consecutivos, dibujaron en el panorama otro cielo y otro infierno.

Caracas-Atlético Venezuela: el árbitro José Argote no da por válido un gol caraquista en el último minuto, luego que Rómulo Otero enviara al fondo del arco un tiro libre. Argumento: Franklin Lucena, en los arrebatones de la barrera, había empujado a un defensor: 0-0.

Petare-Estudiantes: el árbitro Candelario Andarcia sentencia un penal en minuto postrero, cobran los petareños y gol. Argumento: desplazamiento en el área: 1-0. Así, A ojos vista, los dos jueces pueden estar tranquilos con su conciencia: aplicaron el reglamento y, con la armadura de Troya en su pecho y espalda, fueron inflexibles. Irán al cielo si las puertas del cielo se abren ante las leyes y el dogma, al infierno si dejar hablar a la justicia moral.

Visto desde la humanidad, desde la impotencia, victoria moral para los perdedores, un cielo para los desamparados, pero un infierno para su dolor. ¿Qué piensa usted, a quién darle la razón? Dicen que "si alguien roba comida y después de la vida, ¿qué hacer?", y así andan las cosas; cada uno con su cielo, cada uno con su infierno. Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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