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Brindemos con chicha

¿César Farías se salió con la suya? ¿Era eso lo que buscaba, azuzar el caballo salvaje de la tormenta, teniendo la calma escondida en el fondo de las alforjas? ¿O tal vez, hacer ver que se está débil cuando se está más fuerte? ¿O, mostrar que finalmente es él quien tiene en sus manos las riendas del potro? En la Grecia antigua, el sabio Sócrates utilizaba con sus discípulos la técnica de la mayéutica, que es herir y luego lamer la herida; provocar, con artes de fingimiento, para poco después reconocer y alabar el talento. ¿Fue eso lo que hizo Farías? Tal vez sí, porque en su desamparo, en su camino sin salida, los jugadores de Europa debieron recurrir a las preguntas ¿Qué es lo que pasa? ¿De dónde viene todo esto? No bajaron el lomo, como se dice en el llano, y mantuvieron, no obstante el paso atrás, sus posiciones. Todo quedó como al principio de los tiempos, pero la noria va y viene, y su cuerda se va gastando. Los hombre fueron llamados a filas, las trincheras comienzan a ocuparse, y al regreso habrá abrazos y risas. Por dentro, una llama seguirá ardiendo, y sólo una victoria clamorosa ante Perú tal vez logre apagarla. Vienen Juan Arango y Salomón Rondón desprovistos, porque la voz del técnico los puso en el lugar que les corresponde, y meditando acerca de si ellos son indispensables. Vencer a Perú, brindar con su bebida típica, beber la chicha inequívoca del perdón en dos vías, será el remanso de los remansos. ¿Y las huellas de tanto desencuentro?...

En Lima se viven historias de grandeza. Se sueña con volver a aquellos días de los años setenta y comienzos de los ochenta, días de Teófilo Cubillas y Héctor Chumpitaz y su saga de vencedores.

Perú, como las hojas muertas del olvido, no ha podido reverdecer. Sin embargo, la generación de Claudio Pizarro, Jefferson Farfán, Paolo Guerrero y Juan Manuel Vargas está a punto para dar el salto a los días memorables de los mundiales de México 1970 y Argentina 1978.

El antecedente más cercano los favorece: clavaron 4 a 1 a Venezuela en el partido por el tercer lugar de la Copa América del año pasado, y no es por coincidencias del fútbol: su jugar, veloz e imaginativo, con buen pie para la pelota y con improvisación, le duele a Venezuela.

Planificar, se planifica, sólo que una cosa piensa el que anda y otra al que toca desandar. El choque ante Perú plantea el enfrentamiento entre dos fuerzas disímiles, distintas, en el que los incas volver a tener la vida dejada atrás, y a los venezolanos la vida que está por vivirse...

Por estos días, nuestro pasado volvió a relumbrar... Para que esto fuera posible, dos hechos, tal vez casuales, decidieron que fueron así: en una cancha de Los Castores, en San Antonio de Los Altos, nos topamos, como en las películas de encuentros, con Braulen Barbosa, antiguo jugador del Flamengo que viniera en los años setenta a jugar a Venezuela; su padre fue uno de los grandes importados venidos a este fútbol en cualquier tiempo.

Con Braulen recordamos viejos y hermosos tiempos de aquel fútbol en el que los jugadores venezolanos, aunque buenos, eran rarezas en un enjambre en el que los brasileños eran mayoría indiscutible. El otro, el encuentro con el libro Ahora vengo yo, cuyo contenido aborda la gesta de Luis Mendoza "Mendocita", en las canchas suramericanas. Las fotos del trabajo del periodista Ciro Alfonso Contreras nos hicieron evocar días maravillosos, días de juventud, el tiempo del fútbol, el tiempo de un país. Nos vemos por ahí.

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Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

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