• Caracas (Venezuela)

Al instante

blog-head

Ciudad de brazos abiertos

Cristo del Corcovado

Cristo del Corcovado

RÍO DE JANEIRO 

Los brazos abiertos como los del Cristo del Corcovado son la metáfora de esta ciudad única. Se extienden, se agrandan, llegan a lo inabarcable y a lo impensado, con un sol que parece hecho solo para esta gente y para todo el que llega a sus playas infinitas. Siempre que se llega a Río de Janeiro hay algo nuevo, hay nuevos dichos en el habla con aquel sonsonete poético de la gente de aquí, y siempre hay cosas por ver. Ah, "A cidademaravilhosa", cuánta nostalgia de lo vivido y lo no vivido, cuántas cosas hay en ti vividas y por vivir. En las playas de Copacabana, Ipanema y Leblón hay un hormigueo de trotadores y bicicletas que solo andan por la demarcación para ellas, sus vías exclusivas, y los venezolanos que por aquí andan se sorprenden de que, a las tres de la madrugada, muchos trotadores aún persisten en su empecinamiento por cuidar sus figuras... 

"No mar estava escrita uma cidade", dice Carlos Drummont de Andrade desde su estatua, ubicada al final de Copacabana, en una relación lírica entre sus palabras y la realidad de esta ciudad que, pareciera flotar en las aguas gélidas del oceáno Atlántico. Quien escribe camina por ahí y ve el desorden organizado de todas las cosas que por aquí pasan, y andando que andando, se llega al final de la arena de seis kilómetros para comenzar a vivir lo que es Ipanema. 

Más fina, más suavemente arrogante y tal vez feliz que Copa. Gente loca, como en todas estas playas, pero felizmente loca. Fútbol, fútbol por los cuatro puntos cardinales. Y, cuando no es fútbol, entonces se dedican con fervor enfebrecido al voley-fútbol, un juego que combina los dos deportes. El brasilero, el carioca, aparentemente no tiene conciencia de lo que pasa con este país, ahora uno de los líderes mundiales insurgentes. Vive como le gusta vivir, aunque está claro que sus condiciones económicas son tan diferentes a los años 70 u 80, cuando veníamos aquí y veíamos a un hombre pasar toda una tarde tomando, a sorbos lentos, una cerveza y nada más. Hoy toma tres, cuatro, las que le alcance en sus ganas, y todo bien... 

Ipanema queda atrás y andando por aquí y por allá, detrás, como un guardaespaldas de agua, espera el lago Rodrigo de Freitas. 

A su alrededor se erigen "äranha ceus", como se le dice por aquí a los altos y lujosos edificios, donde vive una mayoría de gente retirada de sus actividades. Su vista al amanecer, con café en mano, es el lago, y detrás, están los morros verdísimos que sirven de paredes naturales a este pedazo de cielo que es "alagoa". No circulan autos por su periferia, solo viandantes y bicicletas. Hay un silencio que abruma por su escándalo, vaya, y pasan jovencitas de shores y blusas insinuantes que hacen recordar a quien escribe que aún hay algo de juventud allá adentro, deseos de mirar, y admirar tanto atributo, tanta frescura de fiesta carioca, de las "garotas de Ipanema" cantadas por el poeta Vinicius de Moraes. A orillas del lago los taxis acuáticos esperan clientes al mediodía, pero la soledad es reina en aquel lugar. Ah, Río de Janeiro, cuántas cosas por ver, cuántos imposibles. Escribimos esta columna el jueves en el día, y por la noche, en el estadio Sao Januario, se jugaba el partido decisivo entre Fluminense y Caracas. El viernes a medianoche el retorno a Venezuela, y atrás habrá quedado todo aquello que deslumbra la vista y los sentimientos. Río de Janeiro, nos vemos por ahí.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

  • Addthis Share:

Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

Histórico