• Caracas (Venezuela)

Al instante

blog-head

Brazuca no es solo un balón

Si usted camina por una calle de Londres, París, Sao Paulo o Moscú, y oye que alguien le grita “¡Chamo!”, usted volteará, y entre la curiosidad y el guiño de ojo, entre la duda y la venezolanidad, usted habrá sentido en lo más hondo de su ser una seña de identidad. “Chamo” es un término coloquial, amigable, que quiere decir tantas y tantas cosas, pero por encima de todo, suena a Venezuela. Nadie en este mundo llama a otro con esa palabra, con ese decir a medio andar entre la irreverencia y el respeto, entre lo iconoclasta y la confianza, entre el buen y mal hablar, que no sea un venezolano. Es un sentimiento íntimo y a la vez público que nos remite a calle, a amistad, a saludos y abrazos. Eso todo, en su extensión más amplia, es lo que siente un brasileño cuando en algún remoto lugar de este mundo, alguien llama su atención y le dice “Brazuca!”. Brazuca, como es llamado el balón del Mundial Brasil 2014, quiere decir cosa entrañable, patria del alma, identidad, quereres, infancia y juventud, madurez y vejez, lo más grande en su sentir.  Por eso es que hay cierta paradoja en llamar al hermoso balón mundialista Brazuca, porque se está confundiendo lo espiritual con la materia, la utopía de país con la redondez de una pelota. Pero bueno, así van las cosas, y al final de todo no podían haber conseguido un mejor nombre para la bola mundialista, que esa: Brazuca. Vaya…

 

Por estos días hemos vuelto a leer El Juramento, texto sobre su afición al fútbol escrito por Gabriel García Márquez. Además de la delicia que es repasar sus líneas, escritas con la caricia a las palabras del autor colombiano, hemos gozado el ensayo por el humor costeño tan garciamarquiano. El escritor, luego de hablar de su experiencia en un partido Junior de Barranquilla vs Millonarios de Bogotá, reconoce: “Irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente- a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo –desde el punto de vista deportivo- la oveja descarriada”…   

 

El partido dominical en San Cristóbal fue, como dicen los españoles, “descafeinado”. O, como diría un venezolano pícaro, “una mujer sin tetas”. Táchira y Caracas, los dos fuera de la carrera titular, se jugaron solo antagonismos y aquellas cosas que entre ellos siempre están guardadas, aunque lejos de rivalidades que tengan que ver con las pequeñas patrias de nacimiento: ¿cuántos caraqueños hay en el Caracas, y cuántos tachirenses en el Táchira? Al final de todo, son demostraciones de los tiempos desarraigados que vivimos, y si no, demos un vistazo a Europa: exceptuando, tal vez, al Athlétic de Bilbao y de cierta forma al Barcelona, no hay equipos nacionales: ¿con cuántos madrileños juega el Real Madrid? Vamos, en estos días, hacia el desconocimiento de las patrias tal como las hemos conocido, porque el concepto fronterizo, paradigma físico de cada país, cada día se van diluyendo por el hecho comercial, por lo económico; valga recordar el Mercado Común Europeo y todo lo que habrá de venir después. Quedan los orígenes, los puntos de partida, los idiomas, las formas de vivir. Pero, ¿cuánto tiempo más van a durar las diferencias? Los medios de comunicación social han colaborado para que las cosas, tan diferentes, sean cada día más uniformes. ¿Eso es bueno o es malo? Nos vemos por ahí.

 

 

 

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

  • Addthis Share:

Sobre el autor

Cristóbal Guerra

Periodista. Comentarista deportivo. Locutor. Profesor de Periodismo.

Histórico