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Las que se visten, las que se desvisten y las que les importa un alpiste

Salió del gimnasio viendo hologramas de pajaritos, -como siempre que iba-. Se dirigió a las duchas para renovarse y seguir dándole continuidad a lo que quedaba de mañana, pero cuando irrumpió en el área donde se concentran las mujeres para vestirse, maquillarse, secarse el pelo y de vez en cuando entablar conversaciones frívolas, allí estaba una, que en segundos le llamó la atención.

Esta mujer en particular, no hacía nada diferente de lo que hacían las demás, pero mi protagonista la siguió viendo con  ganas de arrancarle el secador con el que se secaba, para apuntarla con él y fingir que la asesinaba.

No la conocía, por lo que no tendría motivos para detestarla, pero efectivamente, en ese instante que la vio, le cayó como una bomba de nitroglicerina.
Resulta, que ésta en particular hacía algo que no tendría por qué irritarla y aunque aquello no estaba fuera de contexto, sí lo estaba, la forma en que lo hacía.

Efectivamente hizo caso omiso de lo que vio, con gran indignación ingresó a la ducha (murmurando para sus adentros), y cuando terminó de bañarse, vestirse y acicalarse, se volvió a topar con el personaje, pero esta vez la vio explayada en una de las butacas (con cojines de tela y mesita al centro), hablando por celular.

Muy entretenida, (después de haberse terminado de secar el pelo), esta mujer yacía en una posición que a mi confidente le dio por voltear inmediatamente en dirección contraria, ahíta de lo que veía.

Necesitaba salir corriendo del vestuario, encolerizada y molesta, preguntándose -mil veces- por qué hay "cierta" gente que "ciertamente" es como es?
Cómo explicarles queridos lectores, -sin provocarles una úlcera péptica-, lo que mi amiga me confesó y me pidió ilustrar en un nuevo blog? Cómo decirles lo que leerán a continuación, evitando que les sobrevenga una colitis ulcerosa? Y es que en la medida que mi testigo me iba confesando su experiencia, sólo me daba por decir "qué falta de respeto y qué vergüenza"

Todo esto, después que me develó el misterio tras la historia que narraba.

No le daré más largas al asunto. Resulta que este atípico personaje, -como ya dije-, se secaba el pelo frente al espejo. Posteriormente se sentaba a conversar -la mar de feliz por el celular-, pero lo hacía, como nos imaginamos a Eva en el paraíso. Desnuda, sin pizca de pudor y por el contrario, ufanándose de su atrevimiento.

Ni un conjunto de ropa interior, ni una mísera toalla, nada. Absolutamente al natural.

Y es que a mi confidente -con toda la razón-, le enervaba la gente que no tenía un poco de recato, de decoro cuando por ejemplo, ésta hacía de "playmate", danzando con aires de diva por un vestuario repleto de gente, que aunque pudiese tomarse la libertad de hacerlo, no era lo común. Porque lo común, -creía mi amiga-, era tener sentido común. Era, jamás en la vida, deambular con aquella arrogancia, obligando al resto de las mujeres, a tener que ver lo que no hay por qué, -cuando para eso existen cuartos individuales que evitan mostrar  adiposidades e intimidades que son en extremo "de cada quien"-.

Que si todas somos mujeres y mejor es dejar la pena porque "tenemos lo mismo", a ella le sonaba a frase trillada y gastada que por más que escuchaba, menos soportaba.

El hecho de que "Desnudicienta" después que se secaba el pelo asumía que estaba en una playa nudista y comenzara a pasearse por todo el vestuario, pavoneándose con tan sólo su piel cubriéndole el esqueleto, era una situación abrumadora y nada agradable. Que no contenta con eso, se desparramara en una silla (con cojines de tela) para conversar animadamente sobre el Rey Pepino, definitivamente era un agravio.

Pero ustedes se preguntarán, por qué tanto alboroto, tanta alharaca, cuando en realidad los vestuarios, (dentro de lo que cabe) están para eso?

Les explicaré...

Al parecer, según mi amiga y varios testigos presenciales, esta exhibicionista, disfrutaba horrores de aquel show "al desnudo", ya que deseaba conseguir "voyeristas" que la admiraran en demasía.

Estaba claro que necesitaba exhibirse con toda la presunción que el caso ameritaba, aún cuando la tildaran de desvergonzada.

Así fue, como en una de sus andanzas, recorriendo aquella infraestructura a lo largo y ancho, un trabajador, avisó (dando una voz desde la puerta), que por favor las mujeres que estuviesen en situación indecorosa, se vistieran, porque él y un par de hombres, se adentrarían al vestuario para solucionar la merma de agua caliente.

Mientras el resto de las damas, se terminaba de vestir (bajo presión), al tiempo que otras lo hacían resguardadas en los lugares destinados para ello, ésta sin embargo, apenas se levantó como desganada, como deseando que los minutos pasaran, para que aquellos hombres terminaran de atravesar el umbral y la sorprendieran vestida de "carne y hueso".

Hasta que alguien la zarandeó con un grito, instándola a darse prisa -si no quería ser sorprendida "in fraganti"-, (o mejor dicho "con fraganti", porque era lo único que se había puesto, el perfume).

Ella asintió, haciendo como que se incorporaba para "disque" cubrirse.

Los hombres volvieron a notificar que entrarían al baño y que por favor tomaran las precauciones,  quienes aún estaban a medio vestir.

Ella sólo se había levantado para hacer "que se cubría", pero al segundo se dejó caer en el mueble, mientras se untaba una untuosa crema.  Las demás mujeres -prácticamente alistadas-, salían en fila, una tras la otra.

Sólo quedaba "La Maja Desnuda" que cuando vio a los hombres entrar, -instintivamente- comenzó a pegar gritos de loca, de sorprendida y de indignada, porque "cómo era posible que entraran aquellos caballeros y ella estuviese en trapos menores?".

Los pobres tipos salieron enloquecidos, en cuanto la vieron. Ella entonces estalló en una sonora carcajada, mientras siguió sentada en la poltrona acolchada, pasándola en grande.

Al minuto se levantó, -obviamente que sin la toalla-, para hacerse un masaje anti estrés, porque suponemos que aquella situación,  seguramente la habrían puesto muy nerviosa y ella necesitaba recobrar la calma (y definitivamente la cordura).

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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