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"Qué van a decir mis amigas del Country"

Anillo de zafiro estrella / Foto MercadoLibre

Anillo de zafiro estrella / Foto MercadoLibre

Es redundante decir que los accesorios que usamos las damas, sirven para realzar la pinta que hemos elegido después de una búsqueda implacable.

Los zarcillos, collares, pulseras y demás adornos que usamos para realzar y darle un toque único a nuestra indumentaria, son tan protagónicos como la vestimenta misma.

Claro, siempre hay casos en que se combinan escabrosamente arruinando el conjunto, y convirtiendo a su portadora en blanco de cuchicheos y miraditas despreciativas.

Sin embargo, así como este tipo de fantasía, se utiliza con el fin de enriquecer cualquier atuendo, también figuran los accesorios masculinos, encontrándose uno en particular, que de solo ver, me causa acidez estomacal.

Sin más preámbulos y para no darle tanta vuelta al sustantivo que develaré con resuello, me referiré al "zafiro estrella"; anillo azul eléctrico, muy común entre algunos caballeros, quienes están convencidos que usándolos, serán vistos por las féminas, como tipos recios, varoniles y muy seguros de sí mismos.

Sin embargo, aunque ese accesorio provoque arcadas, hay algo incluso peor, que cuando lo veo, pasmada, se me cae para el piso toda la buena imagen que pude haberme hecho del hombre que lo usa.

Me refiero al par de uñas larguísimas de los meñiques de las manos, (no me imagino si fuesen las de los pies) con las que muy ufanos, estos varones, tienen el atrevimiento de salir.

No entiendo para qué se las dejan crecer desmesuradamente, siendo más fácil obtener uno de esos llaveros Victorinox que tienen varias funciones, si lo que pretenden con esas uñas, es creer que cuentan con una gama de herramientas utilísimas.

No sé si estén conscientes que con ellas, lo único que derrochan es chabacanería y falta de clase por doquier.

Pero aún queda algo más.

Para ello les narraré un simpático relato, con el que ilustraré el tercer error garrafal que cometen los hombres, jurando que se la están comiendo.

Es la historia de una amiga que estaba saliendo con un muchacho, que llevaba con orgullo su zafiro estrella. Aunque al principio a ella no le encantaba, después de varios almuerzos, cafecitos y cenas, el tipo le fue atrayendo cada vez un poco más.

Ella se negaba a admitir, que el muchacho en realidad era un buen tipo, nada mal físicamente  y con una situación holgada, que obviamente no le disgustaba.

La pasaban bien juntos, hasta que en una de esas salidas que él la invitó a la playa, el hombre se despojó del bermuda y cuando se quedó con un diminuto traje de baño tipo zunga brasileña, ya ella no sabía si adentrarse en el mar, implorando que una piraña saliera de la nada y se la devorara en minutos, o fingir una convulsión.

Ya se había hecho la "de la vista gorda", cuando vislumbró atacada el anillito ese, también soportó en silencio, el par de uñas largas con las que se extraía de las Trompas de Eustaquio, todo tipo de sustancias grumosas, pero lo que era insostenible, era que también el tipo usara tanguitas floreadas a plena luz del día, -en una playa abarrotada de gente-, y que encima se pavoneara, y luciera "el paquetazo" como si aquello fuera un trofeo.

Eso sí que era "too much con demasiado".

Mi amiga me cuenta, que le subió un frío helado por la espalda, cuando el hombre le sugirió ir a la playa a bañarse juntos; "ya la pena ni siquiera era por él, sino por mi", -me confiesa atacada-, "tanta ordinariez me aterraba"

"¿Qué hiciste?", le pregunté, curiosa. Y fue cuando me dijo, que armarse de todo el arrojo que nunca creyó tener, y soltarle que la única manera viable de poder seguir con él, era que se deshiciera del anillo, del par de uñas asquerosas y de la tanga de mariquita esa de colores fluorescentes.
El no respondió, se quedó oyendo lo que ella en un arrebato de cólera le fue soltando y después que mi amiga terminó de descargar su furia, fue cuando él le dijo: "yo me deshago de todo esto, cuando tú te quites los 8 kilos que tienes de más, cuando te dejes tu pelo natural y asumas que esa melena ridícula y falsa no te queda, pero sobretodo cuando entiendas que me siento bien con el anillo, que es de mi hermano -que se fue hace 1 mes a vivir a Australia-, de mis uñas largas, -porque soy guitarrista profesional- y de mi traje de baño tipo tanga, porque me encanta y me siento bien usándolo. Si nada de lo que tengo te gusta, tu a mi sí, pero creo que lo mejor será dejarlo hasta aquí"

Mi amiga me cuenta que se quedó paralizada y aunque quiso  pedirle disculpas no pudo; él se adelantó para decirle que la llevaría a su casa, para dar por terminada aquella relación.

Aunque durante el camino de vuelta, un silencio incómodo se apoderó de ambos, una vez que llegaron, ella trató de arreglar las cosas, pero el sólo le dijo "Todo lo que te dije es mentira, no tengo hermanos y menos toco guitarra, pero quise hacerte sentir mal, por la manera en que me hablaste. Lástima que detalles tan superfluos te molesten tanto".

Ella se bajó del carro, creyendo que era una pobre tonta que estaba dejando escapar una buena oportunidad, y efectivamente así fue; resultó que el tipo al cabo de unos años se casó, (porque lo vio en Facebook), después se lo encontró por la vida y estaba mejor que nunca, pero lo más interesante era, que el anillo había emprendido vuelo, junto al par de uñitas de peruano remolón.

No daba crédito a sus ojos, aunque ya era tarde para arrepentimientos, claro está.

Y así fue como mi amiga, siguió saliendo con muchachos que iba conociendo, pero a los que siempre les conseguía algo.

Estaba el que  usaba zapatos de guachiman, el que se dejaba la camisa abierta hasta el ombligo, el que se subía tanto los pantalones, que se los abotonaba en el cuello y el que tuvo la desfachatez de usar un bisoñé, como si ella no hubiese pillado que el tipo era más calvo que Vin Diesel.  

Así era como a sus 47 años, seguía más sola que la una, por culpa de un zafiro estrella, unas uñas que más adelante erradicaría, y una tanga, que aunque era más diminuta que sus pantys hilo, tampoco eran fin de mundo.

Es verdad que aquello la desconcertaba, pero debía aceptar que ella no era Coco Chanel; estaba bien rechoncha, se rascaba el paladar en plena película (en el cine), haciendo un sonido enloquecedor, y además se sacaba el wakame de las muelas sin ningún pudor.

Su complejo superlativo no le permitió aceptar, que cada quien es como es y que
un inofensivo anillo no era problema, tampoco lo eran las uñas,y menos la tanga que en un descuido, se la lanzaba al perro, para que se la desayunara.

Le dije que la quisquillosa era ella y que dejara la exigencia, y sólo me dijo una frase, que me sonó tan hueca y vacía, como el pitillo con el que estaba sorbiendo mi Chinotto light: " Osea hello, tú no entiendes verdad? Qué van a decir mis amigas del Country, si me ven con tipos así? Oseaaaa"

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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