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¿Y qué salida es esa?

Cuando por ejemplo mi esposo y yo, tenemos planeado ir al cine, el primer holograma virtual que se me aparece, más allá de la película, la hora en que la pasan y los actores, son las gloriosas cotufas recién hechas. Saladitas y tan ligeras, que además de exquisitas, le atribuyo el plus de que no engordan, o por lo menos no tanto como otros snacks.

Qué suerte! -exclamo desde que me monto en el carro-, "saborearé unas ricas cotufas, mientras disfruto viendo la peli, que puede ser de Cantinflas o del Llanero Solitario, -me da igual-, en realidad lo que me importa, no es ver, sino masticar."

Efectivamente llegamos al centro comercial, y mucho antes de llegar al área de los cinéfilos. empiezo a dar grandes bocanadas de aire, que vienen aderezadas con el inconfundible olor de cotufitas.

Una vez ahí, nos repartimos las actividades: mi esposo va a buscar las entradas y yo hago la kilométrica cola para comprar los munchis, que en caso de que la película sea mala, por lo menos nos ayudarán distrayéndonos.

La cola es lenta, aburrida, y me da la impresión de que la gente que está pidiendo, no ha cenado hace una semana.

Ellos no quieren cotufas, lo de ellos es perros calientes, hamburguesa, club house y por poco milanesa de pollo con puré y ensalada, además de brownies con helado.

Sólo en caso de que quedaran fallos, entonces rematarían con unas cotufas.

Guaooo qué hambruna!

A veces pienso que algunos de mis vecinos de cola, son los participantes de  Robinson, La Gran Aventura y como están llegando de la expedición, por eso están famélicos.

Por fin se llenan hasta el techo de mucha comida chatarra, hasta que llega mi turno.

Pongo mi mejor sonrisa y pido dos cotufas en combo, -además de un Ping Pong.

Pago, guardo las chuches en la cartera y comienzo a dirigirme con sumo cuidado a la sala de cine. Subo poco a poco las escaleras, -porque mi asiento está en la penúltima fila-, por lo que soy muy cuidadosa de pasar aquel trecho, hasta lograr acomodarme.

Una vez que llego, me siento y reparto los snacks.

Soy tan feliz, que agradezco a la vida ese momento de paz añorada con mi esposito, sin gritos ni regaños (ya saben a qué me refiero).

Es entonces, cuando me dispongo a comer muy gustosa mis ricas cotufas, hasta que desafortunadamente, un codazo no previsto, -del equis que tengo al lado-, hace que vuelque el tobo entero, convirtiendo mi sueño en una pesadilla.

Medio escucho murmullos de disculpas del tipo aquel, pero en medio del caos, lo que hago es escudriñar el tobo, al que sólo le quedan 7 tristes cotufas en el fondo.

Qué expresión ponzoñosa, creen ustedes, que sea la adecuada para un momento como este? no la escribiré porque el relato se tornaría vulgar.
La cuestión es que el corazón junto con las cotufas se me caen al piso, y después de recoger -sólo el corazón y acomodármelo -, decido entonces volver por más.

Mi esposo hace mil intentos para convencerme de que me quede con sus cotufas, (o peor aún que las compartamos), pero adivina, que por la mueca de desagrado que pongo, lo mejor es lo que hizo, revisar su celular y hacerse el loco.

El lema que impera en estos casos es no insistir, porque la poquísima paciencia que me queda, podría ser "inflamable".

En ese momento concluyo que el problema no es la cola abismal, tampoco los empujones de la gente, ni que la cajera no tuviera vuelto, el problema es, volver a salir, considerando que ya las propagandas se están terminando y que en cualquier momento empieza mi peli. El otro gran problema es que no cené y que tengo un hambre voraz, así que de pensar que me atragantaré  de todas las cochinaditas que compré, me hacen caer en cuenta que lo más sano será comer cotufas para apabullar el apetito.

Y ese es el motivo ganador, para salir de la sala, y volver a hacer la insoportable cola.

Trato de convencer a uno de los chicos que trabaja detrás del mostrador, explicándole lo que me ocurrió. Estoy casi segura, que para que mi performance sea un éxito de taquilla, deberé hacer un convincente puchero, que me haga ver lo triste y compungida que estoy por todo aquello.
Después que esta persona se apiada de mi suplicante verborrea, me da un nuevo tobo de cotufas.

Muy feliz me dispongo de nuevo a subir las escaleras, hasta llegar a mi puesto; pero lamentablemente, una vez más, (parece que el destino esa noche se ensaña contra mí), me tropiezo con una bandeja que está en la mitad del camino y de nuevo, se me vuelven a caer las cotufas, las que salen desparramadas por todas partes.

Por un momento creo ser el doble de Mister Bean y que si hubiera un concurso de imbéciles, lo ganaba sin dudar.

No puedo creerlo.

Otra vez me quedé sin las cotufas que estuve saboreando, desde que compré las entradas.

Pronuncio un improperio para mis adentros, además de decirle al inteligente que puso su bandeja fuera de la fila, que me muero de la rabia por lo que me acaba de pasar, pero que no se preocupe.

No está bien  perder la compostura, así que una vez más, voy por ellas.

Me dirijo al muchacho, -con quien hablé la primera vez-, y aunque este cree que lo estoy engañando, -adivino que en el fondo le da igual-, (la empresa no es de él y no va a discutir por eso), por lo que me vuelve a refilar mi tobo, sin arrugar el ceño.

Le agradezco  desde lo más profundo, y de nuevo me dispongo, ya algo aburrida, a subir con mis cotufas.

Me digo, "A la tercera, la vencida", y así es como llego a mi puesto, sin que se me caiga ni media.

Mi esposo está en estado de conmoción y aunque se ríe, me ayuda a acomodarme.

Me perdí la cuarta parte de la peli y el trata de explicarme de qué va, la gente empieza a silenciarnos -porque es obvio que molestamos- pero después que más o menos tengo el hilo, y que me está gustando,  -horror-, la cinta empieza a tener fallas de sonido e imagen.

Hasta que de repente, escuchamos un ensordecedor sonido, como de corto circuito, y la pantalla se pone negra. PUEDEN CREERLO???
La gente comienza a vitorear, que les devuelvan su plata, que si las chucherías que compraron, que si el ticket del estacionamiento, -por poco exigen la gasolina del carro que pagaron para llegar hasta ahí-.

Hasta que luego de un rato que encienden las luces, -y no hay movimiento de reanudar la película-, aparece una señorita aclarando, que hay fallas en el sistema y que por favor nos dirijamos a la salida para firmar nuestros tickets y sellarlos para una próxima función.

Muchos se quejan, se enfurecen, piden hablar con un supervisor, y como siempre los comentarios que no faltan: "por eso estamos como estamos", pero a la final, por más quejas, no se logra nada. Nos quedamos sin peli que ver, con un tobo inmenso de cotufas y la cartera explotando de chuches.

Cuando llego a mi casa, después de esa salida infructuosa, sólo me falta ponerme en posición fetal, mientras enciendo y apago la luz de mi mesita de noche, a la vez que me pregunto: "Y qué salida fue esa?

al parecer la propia para escribir un blog...

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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