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¿Por qué piñata empieza por "piña"?

Cuando ella recibió la invitación a la piñata de las morochitas que estudiaban con el menor de sus hijos, quiso buscar un bidón de gasolina, verterlo encima de la tarjetica y prenderle fuego.

No soportaba el hecho de tener que abrir el cuaderno de enlace del niño, y toparse con ese tipo de cartulinas multicolores que le arrevolvían los sentidos (y los sin sentidos también). 

Cars, Princesas, Barbie, Batman, Superman y "Whateverman", eran los motivos que abundaban en el mercado, aunque su preferido hubiese sido uno de Dóberman, por aquello del "humor azaroso de perro", que últimamente era como mejor se auto-describía.

Antes, cuando era más joven, le encantaba asistir a todo tipo de fiestas infantiles; se recreaba pensando en los tequeños y en las distintas tortas que aterrizaban a la mesa decorada y eso era "motivo suficiente, para no pelarse una piñata".

Lamentablemente (y con el pasar de los años), cada vez odiaba mas esos eventos.

Sólo los alfajores, la marquesa de chocolate, el pie de limón y los bocaditos de brownies, eran los que le devolvían la alegría cuando ésta se veía empañada por las pocas ganas que siempre afloraban unos minutos antes de salir de su casa y que en la fiesta, se agudizaban a golpe de 4 de la tarde.
La verdad, que cuando se le metía en el cuerpo esa desesperación loca por salir de ahí, tenía que hacer caso a sus instintos, por lo que tomaba a su retoño y en un arrebato descomunal, salía en picada sin siquiera despedirse.

Le importaba un "tequeño frito", que tumbaran la piñata o que cantaran cumpleaños. Quería emprender vuelo y salir huyendo "en estampida", "en taconada", "en loquecida" y "en ardecida", aunque su hijo llorara por querer quedarse saltando en el colchón, a pesar de los llamados insistentes de su madre.

Si ella, -con las prisas que tenía-, se le olvidaba pedir el regalo de salida, el niño, desde que salían del cumple y durante el camino hasta la casa, le martillaba en las sienes, (con pataletas y berrinches), el hecho imperdonable de no haberse detenido a reclamar aquel regalo que ella detestaba y que de antemano lo declaraba pírrico. Seguro venía con un cartelito de neón que decía "por favor, diríjase al pipote de basura más cercano para depositar esta desgracia".

A quién se le ocurría dar regalos de salida? Aquello era un desgaste físico y emocional, que entre gritos, empujones, y chillidos de niños, sólo quedaban ganas de traspolarse de allí, aunque el niño se tirara al piso, y ella tuviese que llevarlo arrastrado por todo el camino, hasta llegar al carro.

Ella concluía, que si tantas ganas tenían de regalar, pues que lo hicieran al llegar a la fiesta o en la mitad y no a la salida, cuando todos estabanamotinados y cansados, y lo que una menos quería era desgreñarse por obtener una bolsita de plásticos amorfos.

Tenía un motivo indiscutible por el que aborrecía ese tipo de encuentros.

Ahora que estaba en el 4to piso (con 47 años en su haber) se cuestionaba duramente, si las niñatas que ella juraba que tenían15 años y que iban con sus hijos, pudiesen mirarla con desprecio.

Su ridículo complejo le hacía creer, que por ser mayor que ellas, (y haber pasado esa etapa de entrega fraternal y obcecada por sus hijos), esas "mamibabys" la rechazaran.

Era normal que la mujer a estas alturas, no tuviese la misma paciencia de brindarle a su benjamin esa atención desmesurada, -típica de las primerizas-. Ella, hacía ya tiempo, se había cambiado ese cartelito, por el de "ultimiza".

Si aquello al principio la hacía sentir mal, ahora le daba igual, ya no tenía ni la paciencia, ni la sensibilidad empalagosa de aquellas niñitas que languidecían si el hijito se tropezaba con algo y caía..

Ella recuerda haber visto a una de esas "mamis", corriendo y atravesando obstáculos, (al mejor estilo Usain Bolt en las Olimpíadas de Londres 2012), cuando vio que su niño cayó.

Sin siquiera constatar, que el niño estaba perfectamente, se dispondría a llamar a su pediatra, al marido y a la mamá, no fuese a ser que el niño quedara cuadrapléjico.

En el caso de mi heroína, la vez que su hijo tuvo un percance (deslizándose por el tobogán), ella no hizo gran alharaca de eso. Estaba inmune a todo tipo de dolencias infantiles y aunque el resto no pudiese computar su reacción apática, era lógico que se comportara así. Se trataba de su cuarto hijo, por lo que ella muy contenta, seguiría  comiendo las mini empanaditas -que tenía muy bien dispuestas en una servilleta-, mientras las otras mamás -convulsionando-, le gritaban que su hijo yacía en el suelo llorando.

Ella las instaba a tranquilizarse, a respirar profundo y a que no se preocuparan, mientras muy ecuánime (y sin soltar la servilleta), se iba a inspeccionar al niño, -que gimoteaba- porque un amiguito le había machucado la cabeza, cayéndole encima.

"Tranquilas, gracias por estar pendientes, ya voy a ver qué pasó"

Si bien a ella, eso no le despertaba ni la más mínima preocupación, las otras mamis no entendían si esta mujer estaría fugitiva de algún manicomio cercano. Para ellas era inadmisible, el nivel de indiferencia ante tamaña calamidad.

Así fue, como por presión social (más que por otra cosa), ella trató de tranquilizar al niño.

Las otras le gritaban que se fuera a la emergencia más cercana, pero ella les decía que con un poco de hielo pasaría, y aunque las mamis intercambiaban duras miradas, ella seguía comiendo y charlando con un ánimo envidiable.

Y así fue, como al cabo de unos minutos, su hijo se soltó de ella para seguir correteando y jugando y una vez más prevaleció aquel famoso refrán de nuestras madres que dice "más sabe el diablo por viejo que por diablo".

Las otras niñatas no daban crédito a sus ojos. Tuvieron que admitir que esta cuarentona tenía razón y que un chichón, un rasguño, una caída y un machuque a destiempo, no eran fin de mundo.

Por lo menos, no cuando se tiene una edad y un cúmulo de experiencias, que son más que suficientes al momento de enfrentar a una generación de relevo, tan inexperta y temerosa con sus primeros hijos, como lo fuimos nosotras a su edad.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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