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Una oda al Carlton

Nunca pensé que podría dedicar todo un blog a una golosina. Pero cómo no hacerlo, cuando esta chuchería -que estuvo en extinción por algunas décadas-, además de hacernos salivar, también nos remonta a los mejores años de nuestra infancia y adolescencia, en un viaje fascinante de gustos y recuerdos.
Es que de tan sólo acordarme de la lata rosada, en donde aquellos rectángulos alargados bañados de chocolate, estaban todos tan bien alineados, me invade una  melancolía indescriptible. Introducir los dedos dentro de esa lata y comérselos de dos en dos, era fascinante.

Así pues, que quería recrearlos con una historia que me pasó en días pasados, cuando paseando por un centro comercial, me detuve en un kiosko (de esos high tech con una súper infraestructura), y me paré en seco, cuando visualicé la galleta envuelta en el clásico papel rosado.

Fue tal la emoción, que se me tambalearon las piernas.

Le pedí a la mujer la caja completa, sin detenerme a pensar, que seguro la cara de esquizofrenia que comenzaba a poner, probablemente la estaría asustando.

Le pregunté, que por qué habían eliminado el Carlton de la lista de chucherías venezolanas más exquisitas y -sin dejarla hablar- también le pregunté que por qué se tardaron tanto en sacarlo de nuevo? Incluso el Pirulín, que para mí es el top ten de los munchis, por un instante lo comparé con el Carlton, y temí que pudiese verse amenazado, o peor aún, desplazado.

Ahora que lo pienso, sería terrible si tuviese que escoger entre estos 2 boicoteadores de dieta.

Sería como si me preguntaran quien es más "charming" George Clooney o Matthew McConaughey?

Así pues, que la mujer me miró y creyó que le estaba tomando el pelo, por lo que muy seria le dije, que efectivamente quería la totalidad de la caja. Necesitaba curarme en salud, (llevándomelos todos), porque ustedes se imaginan que esa salida repentina del Carlton, fuese por alguna edición especial -o cualquier cosa de marketing que se estuviese inventando la gente de Savoy-. Y si más nunca volvía a verlo???

Comenzaron a llegar personas al kiosko y al ver que la mujer que me atendía, contaba las unidades -para sacarme la cuenta-, se animaron también ellos a pedir.

Era tan obvia mi emoción, que los muy ridículos también se antojaron de Carlton.

La gente, cuando ve que otros comienzan a llevarse montones de unidades de un mismo producto, ni siquiera preguntan qué tal es, simplemente hacen lo mismo para después averiguar si estuvo bien o no, haber hecho esa compra nerviosa.

No podía disimular mi excitación y aquello seguramente les había llamado la atención.

Sin embargo, caí en cuenta, que estas personas eran mucho más jóvenes que yo, por lo que concluí que para ellos el Carlton jamás representaría el nivel de felicidad, que implica "retornar al pasado" a la tierna edad de 8, 10 y 12 años donde comerse uno, después del colegio -en el kiosko abajo de tu edificio-, era una cosa memorable, que sólo quienes lo vivimos, podemos entender.

Ella les dijo que tenían que esperar hasta terminar conmigo y que lamentablemente esa era la única caja que le quedaba. Comenzaron a discutir con ella y yo les dije que era un encargo y que los necesitaba todos. Que tampoco eran nada del otro mundo, (a ver si se desanimaban) y que sólo -a los que teníamos de 35 años en adelante-, nos gustaba, porque era la "chuche" de nuestra gloriosa época dorada de la adolescencia.

Por ahí me fui; los mareé con mi discurso lastimoso donde les hacía creer que cuando uno come algo -después de tantos años-, lo hace más que nada por traspolarse al pasado. Que cuando ellos tuviesen mi edad, seguro lo entenderían, porque probablemente  algún perfume o canción, (o en este caso una galleta), serían su boleto de vuelta a aquella época de su vida, que uno siempre recuerda con nostalgia.

Seguía vendiéndoles la idea, de que para mi el Carlton, (con 40 y pico en el lomo), era un aliciente, un elixir y mi pasaje en primera clase, -de vuelta- a mis años mozos.

Una de las muchachas me interrumpió: "Ay señora, ni que usted estuviese tan vieja para hablar así", le dije "yo sé, -gracias-, pero fíjate como me hablas de "usted" y encima me dices "señora". Sabes cómo se me quita ese malestar, -que me acabas de inocular en el cuerpo-? Exacto, con los Carlton que me voy a llevar."

Para hacerles la historia corta, sólo fui capaz de sacrificar 3 de los casi 17 que estaba por llevarme y aunque sentía que se me iba el alma con cada uno que entregaba, tenía que hacer mi buena acción del día.

Qué puedo decirles que ustedes no sepan de esta galleta memorable? Carlton es Carlton y lo demás es cuento, por eso -no en vano-, esta oda en su nombre.

Sólo les prometo que si después de leer esto, les provoca uno, les diré donde conseguirlo... si me ponen like.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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