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Una historia más...

Fue a la peluquería, como siempre que iba los viernes a la salida de su consultorio.

Se hizo lo que normalmente acostumbraba; secarse el pelo y la manicura.

Se despidió de Whisroncer y de Estanislao con un grácil movimiento y un ademán donde les regalaba besitos al aire para dirigirse a la caja a cancelar su cuenta.

Cuando comenzó a escarbar su cartera para extraer la tarjeta y la cédula, comenzó a sonarle el celular. Tomó la llamada ayudada por el hombro, que siempre está a la orden cuando las manos están ocupadas.

Comenzó a conversar y después de poner cara de sorpresa, se mantuvo impertérrita y alejada del mundanal ruido. Al cabo de unos segundos, fue entonces que entregó el plástico, dándole prioridad a la llamada.

La cajera, quien llevaba años ahí, al verla hablando, no la interrumpió, sólo aceptó la tarjeta, la pasó y esperó por la confirmación del banco.

Una vez que la máquina emitió el boucher, se lo entregó esperando por su firma.

Las otras clientas que se sumaron al rato, esperaban con premura su turno; veían el reloj, revisaban el celular, danzaban unos escasos pasos de un lado a otro y buscaban el ticket del estacionamiento para tenerlo a mano y ahorrarse unos minutos. Todo aquello un poco adrede, para causarle algo de presión a quien conversaba abstraída.

Algunas intercambiaban miradas con sus homónimas, expresando la falta de consideración de quien seguía perdiendo el tiempo, en vez de concentrarse y colgar de una vez.

Ella no se percataba de su falta, seguía conversando mientras se veía en el espejo, -con un gesto lastimoso-, la melena recién secada. Parecía que le encantaba hacer eso, ladear de izquierda a derecha esa frondosa cabellera que la llenaba de orgullo y que a veces incluso, le adjudicaba un aire de desenfado y superficialidad.

Por fin tomó el boucher, acotando entre monosílabos vacuos, lo que parecían trivialidades por parte de su interlocutor.

Sin embargo, cuando estaba por firmarlo, se dio cuenta que había un cero de  más al final del monto.

Jamás lo hubiese visto. Siempre firmaba como autómata y nunca revisaba el antipático papelito.Sin embargo esta vez, le llamó la atención que en vez de 550 Bsf, pusiera 5500.

Se lo regresó a la empleada, -mientras seguía hablando-, pero con el celular desprendido de la oreja-.

Le hizo ver el error a la cajera, dando la impresión de no importunarle aquel infortunio.

La conversación la tenía ajena a todo lo demás. Las otras clientas, algo sorprendidas, comenzaban a inquietarse, pero asumiendo que la despistada, -no lo era tanto- cuando a pesar de que hablaba, logró darse cuenta de aquel error en el boucher.

Ellas quizás, lo hubiesen pasado por alto.

La empleada asumió su falla aceptando el papelito y pidiéndole disculpas.

Inentendiblemente aquella siguió hablando, -a la espera de una solución efectiva-, hasta que una ofuscada clienta le sugirió concentrarse en lo que estaba haciendo, porque "Si no estuvieses hablando y viéndote en el espejo, nada de esto te hubiese pasado. Pero como estás en otra cosa, pareciera no importarte que te estén cobrando de más, mientras nosotras seguimos esperando para pagar e irnos."

Por fin se escuchó que ella interrumpiera en seco a quien le hablaba del otro lado del teléfono,"disculpe Olga, ya la llamo".

- Perdone señora. El hecho de que yo estuviese hablando, no me impidió darme cuenta de que la cajera me cobró de más. Si usted y las demás mujeres están apuradas, lamento si este incidente -que definitivamente me perjudica a mi y no a ustedes-, las tiene retenidas. No es mi culpa que a la señorita se le hubiese escapado un cero, porque con o sin hablar de igual forma, me di cuenta.

La mujer que la increpó se silenció. Supo que ésta tenía razón, pero igual no dio su brazo a torcer.

- Mi amor, es que pareciera que te diese igual que te estén cobrando de más. Con lo cara que está la vida y sigues tan feliz conversando en vez de solucionar tu rollo.

- Señora, soy oncólogo y me acaban de llamar para darme el resultado de una biopsia que lamentablemente no salió como esperaba. Disculpe si me distraje más de la cuenta, pero el tener que dar una pésima noticia, a la paciente y a sus familiares, se me hace difícil.

Por cierto, esta melena que me estaba viendo en el espejo, en cualquier momento me la corto para donarla. Porque eso es lo que hacemos quienes aún tenemos una esencia altruista, en pro de ayudar a los más necesitados. Disculpe si también di una imagen que no era.

La mujer se quedó en silencio. Enrojecida de vergüenza se volteó para dar por terminado el debate, pero entonces una de las manicuristas se acercó a ella y le dijo "señora Matilde, dejó su suéter en la silla. Acuérdese que la semana pasada dejó el cargador del celular. El ticket del estacionamiento, lo tiene? No sea que se le vuelva a perder y tenga que pagar por ticket perdido."

Si antes la mujer, no tenía donde esconderse, ahora sólo quería evaporarse y convertirse en átomo. Ella, culpando de despistada a una mujer que no conocía, cuando ella era la reina, donde imperaba la falta de concentración y de desatino.

La oncóloga no habló más.

Le dieron un cheque de 4.950 Bsf para enmendar la falla. Las otras 3 mujeres, que también estaban esperando para cancelar, se desintegraron. Cada una se fue a sentar lejos de la caja, huyendo de la penosa situación.

Y así fue, -como con esta aleccionadora historia-, pude sacar mis propias conclusiones.

La primera, jamás  debemos juzgar.
Aunque sabemos que es una verdad trillada, también debemos reconocer que es muy cierta y que siempre deberíamos ponerla en práctica.

La segunda, verse en el espejo después que te secan el pelo y ladear la cabeza mil veces para llamar la atención, -a menos que sea una necesidad imperiosa-, es insoportable. Hazlo en el retrovisor de tu carro hasta que se te desprenda la nuca. Se ve pretencioso, hacerlo delante de la gente, como esperando un cumplido.

Y la tercera, -siempre absolutamente siempre-, estén pendientes de revisar el papelito de la tarjeta de crédito o débito, antes de firmarlo.

Ahora sí, finalizo con una historia más, que como siempre, espero les aporte algunas sonrisas y un poco de conciencia y retrospección.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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