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La gula me manipula mientras los kilos se me acumulan

Ya no se trata de comer hasta saciarnos.

Tampoco de oponernos al hecho innombrable de empezar una dieta que de alguna manera detenga esa atropellada forma de ingerir lo que encontremos a nuestro paso.

Menos se trata de ser obsesivos al punto de enrumbarnos hacia una meta que difícilmente podemos alcanzar por la vía saludable.

Se trata tan sólo de ser algo ecuánimes, pensantes y pausados.

No es posible que cada día, el demonio de la gula, se interponga en nuestro camino y nos haga sucumbir al momento de alimentarnos.

Les parece normal que todos estemos tan embebidos con lo que pasa, con el día a día que nos carcome, -con la historia que irremediablemente nos succiona y nos arrolla-, que nos entregamos a la comida sin ningún control?

A los chocolates, a las galletitas repletas de azúcar y grasas "trans" (portadoras de felicidad), y por ende a cualquier partícula, en su mayoría calórica y engordante?

La pregunta es, cuándo pararemos este desenfreno, esta manía patológica por comernos hasta la última migaja descarriada que queda en la lata, en la bolsa, en el empaque o en el asiento del carro?

No hay respuesta. Y como no le veo una solución asertiva a mi sempiterno problema de ingerir sin cargo de conciencia, como no consigo controlar al Lucifer Glotón que se infiltra en mi organismo y me enciende el botón de la ansiedad, entonces me tocará aceptar que esta racha de ingerir desatinadamente, va a acabar conmigo. Con mi ropa, mi carácter, mi manera de ser, de estar, de comportarme y en definitiva con mi esposo e hijos -a quienes culpo sin motivo-.

Por más que me jure, parar en seco al mounstro de la ansiedad, de hacerme el firme propósito de decir "no más", de no destapar ese chocolate que me tienta desde la despensa, de esa galleta que me hace ojitos, de esa bolsa de Doritos que me seduce, de las empanadas de queso chicloso que dejan los niños y que me gritan que no las bote, por más que quiera escribir para que se me olvide que adoro comer, que me fascina picar incansablemente, confieso que desafortunadamente no lo logro.

Esto no es un blog.

Perdonen, pero con esto no voy a dejar moraleja ni menos mensaje. Esta es mi manera de hacerles saber que no están sol@s, que somos más de la cuenta.

Que la mayoría nos vemos jalados, arrastrados, absorbidos por una corriente que nos hace levantarnos mil veces de donde estamos, para picar sin ningún control.

Me declaro una viciosa, una adicta, una irracional cuando se trata de cualquier sustancia comestible -que no sé por qué-, siempre tengo a mano, en la nevera, en la despensa, en los cajones, gabinetes y hasta en la mesita de noche.

Es por eso, amig@ glotón, que este blog es contigo. No estás sol@. Mucho menos en estos momentos de desolación, de angustia y de incertidumbre.

Quiero que sepas que somos un montón los desesperados que comemos a toda hora y sin ningún tipo de desidia.

Puedo jurar, que se nos desató una presteza al momento de engullir, no aplicable en ninguna otra actividad.

Sin embargo deberías saber, que esto es un fenómeno que se nos acaba de despertar en esta época de la vida. En estos tiempos turbulentos donde reina lo impredecible, la intranquilidad, el desconocimiento hacia lo que nos traerá el nuevo día.

Lamentablemente no esperes una palabra reconfortante porque no la tengo.

No hay nada que pueda hacer por ti.

Me encantaría ser la portavoz de una solución asertiva que erradique este comportamiento destructivo, pero no. No por ahora.
En todo caso sigamos engullendo con la (in)felicidad que nos caracteriza.

Estoy segura que ya habrán tiempos mejores si D-os quiere.

Mientras tanto ya vengo...voy por un chocolate.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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