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A mí no me desmientes!!!

Cada vez que ella hablaba, su hija de 15 años la desmentía.

Era como si se lo hiciera a propósito, o peor aún, disque sin darse cuenta y sin intenciones de molestarla. Cómo le encolerizaba esa acción que no tenía revés.

Su adolescente, quien cursaba 3er año y había culminado las clases escolares, estaba aburrida en casa y quería acompañarla a realizar sus menesterosas actividades.

Ella no se opuso, aunque tendría motivos; últimamente la niña estaba muy visceral y no sabía si aquello fuese buena idea, sin embargo esta insistió y juntas emprendieron los muchos quehaceres rutinarios, que eran impostergables.

Así fue como visitaron la farmacia, la librería, el súper, la tintorería y cuando ya el apetito de ambas comenzaba a desatarse, se fueron al restaurante de sushi predilecto, a ingerir un par de roles, además de la infaltable marquesa de cambur.

Una vez que apabullaron su famélico apetito, debían enrumbarse nuevamente para finalizar con las faenas.

Pero en ese interín, y casi saliendo del restaurante, la madre se encontró a varias de las amigas que hacía días no veía. Quiso huirles, -porque el tiempo apremiaba-, pero se dejó engatusar por la dulce sensación de que la convidaran a sentarse un rato con ellas a hablar trivialidades.

La conversación fluía cómoda y agradable, y ella, se sentía la voz cantante.

Debía reconocer que todas estaban encantadas con su presencia y que por primera vez le dirigían su atención, como hacía tiempo no lo hacían.

Su hija le insistía que ya debían irse, pero ella le decía que no se preocupara, porque estaban a tiempo.

Sin embargo, después de un silencio intimidante, una de ellas, la más dicharachera, comentó que en vacaciones se iría a España donde se quedaría en Madrid, Barcelona, Toledo y Segovia, de ahí se iría a Francia y visitaría París, y terminaría en Italia, donde recorrería Florencia, Roma y Venecia.

Cuando por fin se silenció, porque era obvio que tanta petulancia aburría, al parecer le tocaba el turno a ella.

Después que todas le dirigieron su mirada, le preguntaron si se iría de viaje, o pasaría las vacaciones en el club de playa al que siempre iba.

Ella muy parsimoniosa, actuaría con total discreción. Evitaría sonar excesiva ni apurada y diría impertérrita que sí, sin dejar de señalar que también disfrutaría de las bondades de internacionalizarse por un mes.

Las interrogantes se fueron afilando, y una vez que la pregunta que irrumpió fue "y a dónde te vas?", ella entonces quiso salpimentar su respuesta con algunos lugares extras que fue improvisando, además de anexarle unos 5 días más, a aquella expedición a la que se iría con su marido e hijas.

Dijo que también viajaría al viejo continente y que casualmente visitaría Madrid, después se iría a Londres y por último visitaría Praga.
Pero ese momento mágico, único y casi celestial, fue aniquilado por la intervención a destiempo de su hija, quien soltó como en un arrebato de frenesí, "ay má, sólo nos vamos a Madrid y eso porque la abuela vive ahí y nos ahorramos el hotel. Por qué dices que a Londres y a Praga?"

Ella, quien ya en miles de ocasiones, había tenido esa conversación con la niña, reprendiéndola duramente sobre nunca inmiscuirse, ni opinar, ni inmutarse, ni hablar, ni mucho menos contradecirla delante de nadie, quería meter la cabeza en el sashimi que se estaba comiendo una de las "amigas", y a su hija quería ofrecerla como salmón al sushero, para que este la rebanara en mil pedazos y se la devolviera convertida en salmón tempurizado.

La niña seguía hablando de que sólo se quedarían dos semanas y no 30 días como había dicho su madre.

Cuando finalmente el camarero le trajo el voucher del consumo, y el parquero le hacía ademanes, ella no habló más, tampoco respiró y ni siquiera quiso despedirse, sólo se levantó de la silla, (sin voltear si su hija la seguía), y una vez que entró al carro, (seguida de su hija), aceleró unas 2 cuadras, se ladeó donde pudo y fue entonces, cuando convertida en un ser iracundo -completamente fuera de sus cabales-, en una fiera, en un demonio poseído por el mismo que poseyó a Linda Blair en El Exorcista, fue entonces que esta mujer bramó, gritó, blasfemó, se desató, enloqueció, y finalmente le reclamó, qué cómo había sido capaz de desmentirla delante de las amigas, cuando ya le había dicho miles de veces que nunca le llevara la contraria y MENOS delante de esas cuaimas.

La niña viéndola impávida, sólo se le ocurrió decir "lo siento má, pero entonces cada vez que me digas algo, no te voy a creer, ahora veo que mientes y no te importa".

Ya la madre, a estas alturas lo que necesitaba era un bate para quebrárselo en la cabeza y una aspirina para volver a recobrar las pulsaciones de siempre.

Pero entonces le sonó el celular a su hija, y aunque fue un momento extraño para ambas, gracias a ese sonido fluctuante, la tensión fue interrumpida ante una afirmación que cuestionaba duramente el comportamiento errado de la madre.

La una quería seguir reprendiendo como nunca lo había hecho en su vida, (mientras evadía una sentencia, al parecer imputada), y la otra, "debía" seguir asintiendo con muecas de lamento, que aquella situación, por muy mal parada que dejara a su madre, en realidad tampoco a ella la exoneraba de toda falta y pecado.

Cuando la niña tomó la llamada, se oía el eco de una voz femenina, que le preguntaba, que a qué hora la buscaría en la noche para ir al concierto del famoso DJ Zyon. Era cierto, a ella se le había olvidado lo del concierto, de hecho ni siquiera se lo había comentado a su madre.

Mientras tanto la amiga seguía hablando y eufórica le decía "y así me monto en la camioneta nueva de tu mamá, que nos contaste que se compró".

Fue cuando entonces la madre, después de haber escuchado atenta a cada una de las palabras que sonaban claras y contundentes, le jaló el teléfono a su hija, y después de ver en pantalla, que quien hablaba era Gaby, la saludó apurada y le dijo "Gaby, ella a mi no me dijo nada sobre ningún concierto y tampoco me he comprado ninguna camioneta nueva, por lo que quiero que sepas que como mi hija odia las mentiras y me critica duramente por decirlas, me retracto, -aunque veo extrañadísima que ella también padece del mismo mal-. La única verdad que prevalece es, que ni ella va al concierto, ni yo tengo carro nuevo. Chao Gaby, un beso, que la pasen chévere."

Mientras la hija la veía con ojos de buey degollado, esta madre supo que por fin había aflorado en ella la gracia divina, y fue así como cerró aquel episodio señalando lo siguiente:

"No me mires así, que tú te lo buscaste. La mejor forma de hacerte ver, la rabia que me provocaste cuando me desmentiste, fue haciéndote  exactamente lo mismo. Si de vez en cuando decimos una que otra mentirijilla, no por eso nos convertimos en mitómanos compulsivos. Yo no vuelvo a decir mentiras, porque es verdad que eso no está bien, pero así como yo no las digo, porque enseguida me contradices, tú tampoco lo haces, o por lo menos no delante mía. No alardees de intachable, queriéndome dar cátedra de etiqueta y buenas costumbres.
Una persona que se ufana de ser tan impecable en su proceder, no deja mal parado a nadie y mucho menos a su familia, es solidaria desde todo punto de vista y protege a los suyos. Esto es para que aprendas, que tu a mí no me desmientes".

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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