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No todo se arregla con "sorry"

Les encantaba pasear y visitar una a una las tiendas que recorrían en aquel excelso centro comercial, repleto de vitrinas que captaban la atención de los transeúntes.

Era lógico, muchas cosas les atraían, pero debían seguir en la búsqueda de aquello que era necesario e impostergable.

Las compras  más inminentes eran las medias para el colegio de los niños, la raqueta de tennis con el forro a juego, los zapatos de deporte, y por supuesto, entre una cosa y la otra, un par de cafecitos con crema, unas ricas galletas y unas cotufas recién hechas para el benjamín de la casa.
Mientras el padre le comentaba a su "grande", tener que comprarle unas cholas de playa, además de varios bermudas, ella magistralmente se desvanecía, para entrar a una tienda que parecía tener un imán gigantesco  que la succionaba como una ventosa.

Se esfumaba en cuestión de segundos y después de recorrer cada uno de los metros cuadrados de aquella tienda, salía al cabo de un rato, al tiempo que se despojaba de aquel conjuro que por minutos le trastocaba la personalidad para volver entonces a su realidad. Aunque un poco desconcertada, se incorporaba  a su núcleo familiar, quien la esperaba murmurando que era una caprichosa y desconsiderada, que se perdía así no más, sin avisarle a nadie.

Ella como siempre pedía disculpas, y aunque ya ellos no se creían el showcito aquel gastado y trillado, hacían cambio y fuera y volvían de nuevo al mismo plan de pensar concienzudamente, qué otra cosa necesitaban, para finalizar con la larga lista de artículos.

Así fue como siguieron caminando y uno de los niños comentó frenético: "má, ahí están los lentes que quiero comprarme. Porfa, podemos entrar para probármelos?"

Ya estaban un poco hastiados de volverse a parar; de hecho lo que anhelaban era aligerar el paso y llegar al carro, donde soltarían las bolsas, los zapatos y "el cansancio", mientras todos se relajaban escuchando una música suave hasta llegar a su destino.

Pero no hizo falta que el niño insistiera, se marchó a la tienda sin esperar el consentimiento de sus padres, y estos no tuvieron más remedio que seguirlo con el resto de la manada.

Una vez adentro, éste jaló de la mano a su madre y llevándola hasta el mostrador de lentes, extrajo los que le atraían, pero después de probárselos, y darse cuenta que no eran los que quería, se dieron media vuelta para agradecer y despedirse. Fue entonces cuando al más pequeño, se le cayó la caja entera de cotufas, que prácticamente estaba entera.

En 3 segundos, una buena parte del piso, estaba retapizado de una suerte de moqueta blanca, compuesta de singulares partículas  circulares, que le daba el aspecto de "sala de cine".

Cuando ambos padres se quedaron pasmados, viendo aquello, comenzaron a pedirle disculpas al chico que estaba arreglando la vitrina y que a pesar de los insistentes "sorrys", ni siquiera se inmutó.

Aunque un poco extrañados, por el comportamiento de aquel individuo arisco y mal encarado, fueron encaminándose hacia la salida, pero se les acercó este personaje advirtiéndoles que ellos no podían irse, hasta que recogieran la última partícula de cotufa descarriada.

Aquello les tomó de sorpresa, pero estuvieron de acuerdo, por lo que le pidieron que porfavor les trajera una escobilla y una pala para recopilar el desastre.

Fue entonces cuando el tipo vociferó, que él no traería nada ya que ellos debían solucionar ese "filthiness", con sus manos, y buscar la manera de sacarlo fuera de la tienda.

El padre se le fué encima para amedrentarlo y la madre le dijo que si hubiese un cartel que prohibiera la entrada con comida o bebida, lo entenderían, pero que ellos no limpiarían nada, mucho menos ahora, que el tipo se comportaba como un arrogante y un grosero.
El malote convertido en fiera, aseguraba que claro que lo limpiarían a pesar de no haber ningún cartel, pues eso lo había ocasionado el niño y por lo tanto era responsabilidad de ellos, dejar todo limpio.

El idioma no ayudaba mucho, y la discusión prácticamente la liberaba aquel sujeto insoportable y fascista.

Pero pasó algo inspirador.

Entraron un par de caballeros a la tienda, cuando los personajes de mi historia discutían con pasión.

En plena trifulca, el empleado los insultaba con improperios en inglés, hasta que ambos caballeros, (boquiabiertos por lo que éste decía), pidieron  hablar con el manager de la tienda por "Denigrating the immigrant". Abruptamente el tipejo se silenció y comenzó entonces a discutir con este particular dúo, solicitándoles no inmiscuirse en esa discusión, que nada tenía que ver con ellos.

Los amables caballeros (que se involucraron por motus propio), le recriminaban duramente por maltrato y le insistían en querer hablar con su supervisor.

El empleado inmediatamente bajó la guardia, y aunque trataba de defenderse (alegando que el desastre aquel, ahora le tocaría a él recogerlo), no se percató, que entraba una pareja joven con una pastosa merengada. Como iba en retroceso, se tropezó con ellos, haciendo que a ella se le cayera gran parte de la bebida, salpicando todo de leche, azúcar, crema, y en conclusión de mucho pringue.

La familia no podía creerlo, salieron sin dar crédito a sus ojos, (aunque saltando de alegría), la pareja de caballeros, también salió con una leve sonrisa de complacencia, y la última parejita, que ni siquiera dijo "sorry", se dio media vuelta y soltaron sus buenas carcajadas a la salida del local.

Total que la historia no podía terminar mejor.

Nadie comió cotufas, (menos calorías), la pareja no se tomó su merengada, (menos arterias tapadas), todos se rieron y la pasaron bomba, (más endorfinas para el cuerpo) y así fue como la protagonista principal de mi historia, convirtió su anécdota en un post, lo que le dio incluso más gusto, que las cotufas que ni siquiera llegó a probar.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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