• Caracas (Venezuela)

Al instante

blog-head

¡Quién sería la amiga?

Colas para comprar en un supermercado en Porlamar, Margarita / Foto: Dexcy Guédez

Colas para comprar en un supermercado en Porlamar, Margarita / Foto: Dexcy Guédez

Últimamente, tenemos la mala costumbre de caldearnos más rápido de lo normal.

En las colas del supermercado, en las de la farmacia, y en las de los estacionamientos de los centros comerciales, he visto a gente que ha alcanzado el nivel “infrarrojo” de calentamiento corporal, mental y conductual, a tal grado Fahrenheit, que nos calcinaríamos de sólo tocarlos.

¿Por qué les cuento todo esto?

La otra vez me pasó que haciendo la cola para pagar el ticket del estacionamiento de un centro comercial -bastante concurrido-, una mujer que estaba delante de mí y que iba acompañada de otra extendió su ticket para cancelar y su amiga (prima, cuñada, abuela, whatever), insistía fervientemente  en querer pagar ella.

Si creen que hasta ahora todo va bien, se equivocan.

Resulta que la primera no dejaba bajo ningún concepto que su acompañante  (prima, cuñada, nieta, -una vez más, whatever-), le pagara el ticket.

Fue tal el forcejeo, -de ambas matándose por pagar-, (demostrando con ello cuán espléndidas eran), que puedo jurar que vi arañazos, manotazos y empujones, todo por cancelar un ticket ridículo de 5 bolívares. Comenzaron a pelearse como unas ex convictas recién salidas de la cárcel de Yare, y cuando finalmente una de ellas lanzó el billete por la ventanilla, -de manera muy brusca-, el papel moneda cayó en el piso -del lado del cajero- y por más que el hombre comenzó a buscarlo, no logró dar con su paradero.

Quienes estábamos en la cola deseábamos salir de ahí lo antes posible.

Muchos suspirábamos por la pérdida de tiempo, mientras otros danzaban impacientes, (¿o se estarían haciendo encima?), ni idea. La cuestión es que exasperados veíamos que aquello se extendía más de la cuenta, a sabiendas de que perdíamos un tiempo precioso ante aquel show en vivo que queríamos “apagar” lo antes posible.

Cuando por fin el cajero, -evidentemente hastiado-, consiguió el billete, por poco aplaudimos excitados de emoción.

Fue entonces cuando una de ellas tuvo la desfachatez de preguntarle al hombre si estaba molesto, (porque lógicamente el hombre tenía toda la cara de estarlo), y después de acotar que no era su intención de lanzarle el billete (de manera que se extraviara), ella igual no se “calaba” su cara de disgusto y comenzó entonces a discutir con él, a punto de pegarle su buen cachetón.

Increíblemente, el pobre hombre terminó ofreciéndole disculpas y puedo jurar que hasta le decía a sotto voce que se calmara, porque si ella seguía alborotándose eso le podría acarrear la pérdida del puesto.

No lo podía creer. Me parecía inaudito que además de lo que se demoraron aquellas “finuras”, en decidir quien pagaba, -aunado al tema del billetico perdido-, todavía a la camorrera esa, le quedaran ganas de discutir, (creo que con forcejeo incluido), sobre por qué el cajero tenía esa cara “amarrada”, -como ella misma le dijo- y que si le parecía tan grave que a ella se le cayera el billete, que entonces se lo dijera para arreglar eso de una vez, llevando el problema a su supervisor.

Un hombre de unos 50 y tantos, que estaba justo detrás mía, me comentaba irritado, que el cajero no tenía por qué disculparse, que la grosera era ella y que por su culpa todos estábamos demorados en una cola, que tenía que haber avanzado hacía rato.

Yo asentía, sin opinar mucho, mientras veía que por fin el cajero, intimidado, le daba su vuelto y su ticket sellado. Obviamente que lo que anhelaba era que se terminara todo aquello -para largarme de allí-, pero fue entonces cuando la (sobrina, prima, cuñada, whatever) acompañante de la “retadora”, viéndome fijo me dijo: “¿Qué están cuchicheando ustedes? Si tienen algo que decir, nos lo dicen de frente”.

Me volteé creyendo que eso no era conmigo, mientras que mi vecino de cola no se quedó callado y le gritó: “Tú y tu amiga (prima, nieta, manicurista, whatever), son unas abusadoras que nos tienen retenidos hace más de 10 minutos.

Por gente maleducada y grosera como ustedes no sólo estamos estancados en esta cola, sino en general. El país entero está estacionado por “gente bruta como ustedes”.

¿Qué les puedo decir, que ustedes no se imaginen? Salieron este par de desquiciadas a enfrentárseles a este señor, -mientras él trataba de defenderse como podía-, hasta que por el nivel de trifulca que se armó, se metieron personas para separarlos, y se oían insultos, gritos, forcejeos y el hombre tratando de buscar la forma de quitárselas de encima, porque si se defendía y les daba su “tate quieto”, seguro le iba a salir el tiro por la culata por “maltrato físico”.

Era obvio que lo que hice fue tele-transportarme de ahí (lo más rápido que pude), porque lo último que necesitaba, era que a mí también me dieran una mano (y las de ellas tenían unas uñas larguísimas con brillanticos pegados y paisajes de playa y palmeras), y me dejaran como a Juan Corazón, -con un ojo negro-.

Me parecía increíble que mientras yo más me alejaba y me trataba de salir en estampida de esa zona en peligro, más gente se sentía atraída por saber qué era lo que pasaba.

En la medida que trataba de volarme de ahí, más gente curiosa se sentía jalada como por una corriente que los succionaba, como si fuera la más reciente y taquillera atracción de Disney.

De verdad que me llama la atención lo diferentes que somos unos de otros.

A unos, porque les encanta una bronca en su máximo apogeo y a otros porque nos aterra que nos salpiquen con sus reyertas.

Al final no supe en qué quedó todo ese lío, pero les confieso que lo que más rabia me dio fue no saber si la amiga era... la nieta, la tía, la hermana, la suegra, la cuñada, la manicurista o whatever!

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

  • Addthis Share:

Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

Histórico