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Mi amiga llamó a la
White House

Una buena amiga llamó -en un arrebato de cólera-, a la Casa Blanca. Así mismo, a la White House de los Estados Unidos.

Aunque al principio me causó gracia, en la medida que me contaba, la sonrisa se me borraba, mientras la escuchaba con atención.

Me dijo que llamó fuera de sí, iracunda y molesta -con toda la razón que la situación le merece-, después de haber visto las noticias, (no las nuestras, aquí estamos en Disneylandia), sino las que transmiten en CÑN y en las redes sociales, de lo que estamos padeciendo los que aquí vivimos.

De las muertes injustificadas, del desabastecimiento, de la falta de insumos, de la situación indigna, de la carencia de tantos y tantos productos de la cesta básica, que cada día que pasa, se vuelve más insostenible.

Después que habló en inglés, -explicando nuestra grotesca situación-, después de casi 5 minutos manteniendo un monólogo exacerbado, que  se volvía cada vez más insufrible, supo que algo andaba mal.

Agotada por el pataleo que aquella situación suponía, se calmó, volvió a chillar y una vez que terminó de leer una a una las líneas de lo que quería dejar en claro, (y que antes de llamar anotó en un papel), una fría grabadora -fue lo que le salió al final de su alocución-, invitándola a dejar un mensaje. Resulta, que nada de lo que dijo "en realidad se lo dijo a nadie".

Ni siquiera pudo dejar ningún mensaje a la contestadora inerte y robótica que sólo cumplía con la penosa labor de recibir los miles de mensajes de las miles de personas en el mundo. Ella lo único que deseaba era llamar a aquella entidad gubernamental, (inexpugnable para la mayoría de los mortales) y enumerar las circunstancias a la que nos vemos expuestos.

Colgó, carcomiéndose las entrañas, rabiando de impotencia de saber que no había logrado nada, pero no se quedó tranquila. Ella no es de rendirse y mucho menos a la primera.

El ímpetu que la caracteriza, la enrumbó de nuevo a poner manos a la obra, para volver con mucha entereza a marcar el teléfono de la Casa Blanca y buscar -por todos los medios-, hablar con el mismísimo Obama si fuera necesario.

Lo que quería era explicar (con un poder de convencimiento no visto), el malestar supremo, que estamos experimentando los venezolanos, con la utópica esperanza de salir a flote de este régimen feroz.

Volvió a llamar, -de nuevo la contestadora atajó su llamada-, pero esta vez esperó el pitido que después de un rato se hizo presente, para dejar su mensaje.

Cuando ya estaba en la mitad de su exposición, alguien con características humanas tomó la llamada y después de presentarse, (ella no entendió ni jota del nombre), le hizo saber que quedó tan conmovido por su discurso, -que a punto de abandonar la oficina-, se regresó atrapado por las palabras que iban saliendo a borbotones de su boca y se detuvo en seco, a sabiendas de que no podía dejar aquella llamada fluctuando en el aire, por lo que decidió tomar nota del nombre de mi amiga, así como de las  circunstancias que ella le narraba. De hecho le aseguró que todo lo que le contaba, no quedaría impune.

Esta persona le dijo, que obviamente estaba al tanto de la situación que ocurría en Venezuela, pero que después de oírla, le dio su palabra de interesarse mucho más, prometiendo llevar a cabo lo que era casi una obligación y aún más un compromiso.
Después que mi amiga me contó, me imaginé por un segundo, si en verdad esa llamada pudiese ser una ínfima esperanza para salir del oscuro túnel en el que transitamos todos.

Y si fuese así? si efectivamente lográbamos algo?

No lo sé, pero creo que con esto queda demostrado, que cualquiera de nosotros, -por mínima que sea nuestra participación-, podemos conseguir que este gobierno despiadado caiga y por ende levantarnos de este mal sueño que ya lleva 15 años.
Sé que es muy naif de mi parte, ilusionarme, creyendo que alguien más nos rescatará pero esa es mi forma para no dejarme abatir; la fé y la esperanza.

No quiero hacerme ilusiones, pero lo que sí puedo, es hacer un llamado a la reflexión, para que no dejen de actuar y de poner en marcha sus ideas y su participación. Aunque suene a panfleto de marcha, es una realidad irrefutable.

Esto que ya iniciamos, no puede quedar inconcluso.

No llamen a la Casa Blanca, pero sí, a quienes consideren necesarios, para que en nuestras "Casas" reine la paz y seamos "Blanco" de alegría, felicidad y armonía.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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