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"Sinceramente te pasaste"

Todos sabemos que hay muchas cosas terribles que se suscitan en la vida, pero como no quiero sonar trágica, y mis blogs lo que menos buscan es deprimir al lector, pues esta vez haré verdadero énfasis en una realidad, que aunque no es funesta, se vuelve intolerable para nosotras las mujeres.

Como siempre, trataré de salpimentar el relato con un leve toque de hiperbolismo, que dicho sea de paso, es mi sazonador favorito.

Sin más ni más es el momento de develar el enigma...

Y es cuando los maridos se levantan un buen día en la mañana, y te dicen con ojos vidriosos y cara desencajada, "no me siento bien, tengo dolor de cabeza y creo que me va a dar gripe. Además estoy algo caliente. ¿Será que tengo fiebre?"

Sientes como una fuga, como un escape incontrolable de líquido cefalorraquídeo, -o cualquier otro, que seguro es necesario para tu supervivencia-.
Un dolor de cabeza te ataca con una fuerza arrolladora y no sabes qué hacer. Hasta las piernas se te tambalean ante tamaña confesión.

Tan mal te cae la noticia, que el corazón te da una vuelta canela.

Te preguntas si lo que sientes pueda ser arritmia, palpitación o insuficiencia cardíaca.
¿Qué me pasa? -Te dices para tus adentros-. ¿Por qué me siento morir?
Languideces de pavor, de shock. El hombre sigue hablando de que probablemente tendrá que quedarse ese día en casa, porque se siente fatal.
Ahora sí te sientes desfallecer y empiezas a balbucear.

Señoras, no hay nada más calamitoso que un marido con gripecita o dolor de cabeza.
¿Para dónde agarrar? ¿Qué hacer? ¿Cómo digerir aquel cataclismo de información que te cae como un yunque?

Escuchar eso es la muerte. Qué digo la muerte? el Apocalipsis, el fin de mundo, es como sentir que te levantan con un palazo brutal, de un sueño maravilloso.

Lo primero querida amiga, es  interrumpirlo para decirle cualquier cosa, lo que sea, con tal de desviar la conversación.

Y es que si no le pones un freno a aquel monólogo lastimoso, él seguirá parloteando con esa cara de pena que le encanta poner y que cada vez se torna más deprimosa.

Incluso es probable que su actitud hipocondríaca, te pueda provocar un tic nervioso que termine en hemiplejia facial.
Ten cuidado. Hay que ser muy prevenidas en estos casos.

El no entenderá tu interrupción y seguirá diciendo que tiene el cuerpo quebrado y por ahí se irá. "No creo que me pueda levantar. Me voy a tomar el día. ¿Tú qué vas hacer?"

Uyuyuy, la pregunta que te temías. "¿Tú que vas a hacer?"

Empiezas a mandarle latigazos de información a tu cerebro para que se despierte y se invente una respuesta contundente, para poder escabullirte de aquella responsabilidad.

Se te ocurre decirle, que justo ese día tienes planificado irte al País de Nunca Jamás con Peter Pan y Campanita.

Después que caes en cuenta, que tu excusa es desfasada, estás tan consciente de lo que te espera, que ni aunque te drogues con crack y piedra y un vaso de Jägermeister, podrás eludir una situación por demás tormentosa; la de encargarte del malestar de tu marido.

De sólo imaginarlo, te provoca encerrarte en tu closet, (con unos 7 candados), y quedarte a vivir ahí una semana.

"El problema" (como diría Arjona), no es el malestar como tal, sabes de antemano que seguro se trata de una gripe tonta o de algún ligero dolor de cabeza. El verdadero problema radica, en lo insoportable de la situación desde el momento en que lo ves con esa cara patética de malestar infinito y aunque en el fondo te consta que hay algo de cierto, no soportas la idea de tener que quedarte -no tanto a cuidarlo-, sino a escuchar sus múltiples quejas de que se siente mal, está aburrido, tiene calor, hambre, de pronto siente frío, está cansado (de estar acostadote viendo la tele) y el hecho de tener que ir y venir 5000 veces del cuarto a la cocina y viceversa, es algo que podrías comparar con la silla eléctrica.

Quiero advertirte -querida amiga homónima en este tipo de menesteres-, que la verdadera proeza será convertirte en la enfermera abnegada, que deberá atenderlo (de manera obsesiva), porque si no es así, si se te ocurre desligarte un poquito de tus obligaciones conyugales, serás la malvada de las películas de Disney, la bruja con verruga y pelos, que lo abandonó a su suerte, dejándolo como a Macaulay Culkin en "Home Alone".

Sólo puedo adelantarte, que si decides irte un par de horas de la casa y dejarlo con la mujer de servicio, cuando regreses y se te escape la pregunta "¿cómo te sientes?" empezará tu vía crucis.

"No puedo creer que te hayas ido a las 10:00 am y estés llegando a las 11:00 am. ¿Te parece normal haberte escapado tanto tiempo? Porfa tráeme algo para el dolor de cabeza. Me está matando. ¿Qué hay de comer? Almuerzo tan mal, que hoy necesito alimentarme.

Dame Atamel, pero el que es especial para gripe y dolor de cabeza... Hay uno así ¿verdad?"

Le dices, qué cómo es posible, que sintiéndose tan mal, esté pensando en comida.

"Bueno, ahora no tengo hambre, pero después seguro sí"

Le respondes que no hay Atamel, pero que se tome Advil. Y es entonces cuando comienza "la trifulca con la que estabas soñando".

El insiste, -porque es testarudo hasta la pared-, que necesita el de siempre. "Porfa ve a la farmacia y me lo compras. ¿Puedes?"

Eureka, lo conseguiste.  Eres una maestra. Qué digo maestra, una mente perversa y maquiavélica que sabe perfectamente, cómo llegar hasta su psiquis y manejarla con astucia.

Eso era lo que querías; salir, largarte y ausentarte por un par de horas.

Pero pasa algo devastador. Como si te hubiese leído el pensamiento y justo a punto de marcharte, un solemne grito te detiene en la puerta.

- Tienes razón, no me hace falta el Atamel, con el Advil estoy perfecto. Así no te molesto.
- Tranqui mi rey, para NADA me molestas. Yo voy un momentito y te lo compro.
- De verdad que no te preocupes. No pasa nada si tomo el otro.
- ¿Estás loco? Ni hablar... Ya vengo
- Por favor, no le pares, con el otro estoy perfecto.
Es entonces cuando te devuelves y te le cuadras para decirle.
- Te ruego que me dejes ir a comprártelo. Quiero hacerlo. Necesito hacerlo. Me urge hacerlo.
Te oyes suplicante y la voz te delata.
- Pero ¿qué te pasa? P¿or qué esa manera tan enferma por ir? No entiendo.
- Ehh, jaja, no por nada. Porque quiero que te sientas bien y sé que ese es el único analgésico que te quita el malestar.
- Bueno, como quieras...
- Además,  también tengo que comprar algunas cositas. Cereales para los niños, champú y desodorante que ya no queda.
- ¿Te parece preocuparte por eso? Mira como estoy. Me siento MAL. No puedo creer que no te importe.
Hasta que te llega el momento iluminado de darle un parado a toda esa farsa y decides que es momento de "rugirle" el speech de tu vida.
- ¿Quieres saber la verdad? Te la voy a decir. No sé por donde empezar, pero te la voy a lanzar como un dardo.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?
Te vuelves misteriosa y le añades un toque de suspenso a tu voz.
- Es que tengo que revelarte algo que va a matarte.
- ¿Qué pasa? Habla!!!
- Que cuando te sientes mal y me dices que te vas a quedar en la casa y que me quede contigo, trato de evadirte a toda costa. Se me hace insoportable, porque te quejas por todo. De que te sientes mal, de que tienes hambre, de que estás fastidiado, y la única verdad que prevalece es, que no tengo paciencia. Me desespero, me enloquezco y lo que quiero es mudarme de planeta.
Perdóname pero no puedo seguir escabulléndome. Prefiero decírtelo y que sepas lo que me pasa.
- ¿Eso era todo? ¿Por eso querías salir como una loca?
- Pues sí, por eso.
- Estás como loca...
Sabes qué. Ya me siento mejor.
La verdad que no estás muy normal, y si yo me siento mal, tu estás peor.
Tranqui mi vida. Ya se me está quitando.
¿Quieres saber algo? "Yo también te quiero"
Gracias por ser tan sensible y directa.
Y así es, como el almuercito que te perdiste con las amigas, las mil diligencias que eran impostergables y que no hiciste, lamentablemente, después de aquella revelación, se van al trasto sin más ni más.
El está molestísimo, ante aquel despliegue de sinceridad, y es normal que no quiera ni verte la cara. Apenas te responde con monosílabos y te arrepientes por ser así.
¿Quieres saber algo?
"Está muy bien ser sincera, pero esta vez...SINCERAMENTE TE PASASTE".

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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