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Primero me quito la vida...antes que el pareo

Ella tenía planeado ir a la playa, para escapar del mundanal ruido de la ciudad. El hecho de huir en estampida de la inquebrantable rutina diaria, era algo que su familia nuclear le pedía a gritos, cuando se acercaba un puente o alguna otra fecha, que se prestaba para la ocasión.

Sabía que ese sería un plan inmejorable, pero siempre había algo que a ella le hacía interferencia, aunque no lo admitiese a viva voz.

Se preguntaba por qué el hecho de ir a la playa para despojarse de los demonios que la poseían en la semana, le chupaban cual sanguijuela, las buenas intenciones de romper con la cotidianidad.

Siempre la perseguía aquel rufián imaginario, como en toda historia, que le arruinaba el plan, de pasarla bien con su marido e hijos.

Esa sensación malévola, que le truncaba los planes de disfrutar de las bondades de la playa y de todos sus beneficios, no era más que su complejo de creer que no podía, (no debía) despojarse de su mega pareo, que la cubría de pies a cabeza y que era casi del ancho y largo del edredón de su cama king size.

El calor y la incomodidad que implicaba no dormir en su confortable cama, la enervaba de sobremanera, pero en realidad nada era tan perturbador, como el hecho de tener que estar semi vestida, enseñando más de lo que hubiese querido.

Su marido y su mamá le imploraban que dejara de ser tan ridícula, pero aunque ella les hacía creer que tenían razón y que si no se quitaba la cortina (que hacía las veces de pareo), no era por vergüenza, sino por frío, (con 38 grados), igual no existía fuerza humana, que le hiciera cambiar de parecer.

Sus hijos le imploraban que se bañara con ellos, pero ella buscaba la manera de salir invicta de cualquier propuesta, con tal de no tener que despojarse de su vestimenta playera.

Cuando hablaba de aquel tema, (tabú), con otras mujeres bajo sus mismas condiciones, sabía que no estaba sola. Por lo menos no tanto como se imaginaba.

Aunque algunas lo negaran rotundamente, en realidad lo que hacían era tratar de camuflar su secreto mejor guardado, aparentando una seguridad ficticia que a ella le costaba creer. Ninguna era tan transparente, como para desnudar su alma, (o su cuerpo), ante semejante situación.

Ella seguía creyendo, que la gran mayoría de las mujeres, con kilos de más, con evidentes revolveras, con flacidez a granel y con vientres fofos, que durante 9 meses portaron vidas humanas, no podían seguir manteniendo el mismo cuerpo, que una niña de 20.

Y sin embargo, por qué aun sabiendo eso, no lograba aceptar que ya era hora de dejar ser tan maniática y liberarse de una vez por todas, de ese yugo opresor que la minimizaba.

Si no estaba gorda, y la verdad se conservaba medianamente bien, por qué esa obcecada testarudez en no querer quitarse aquel trapo caluroso y aburrido, que hasta escozor le daba.

¿Quién le había dicho, que a la playa solo iban modelos con cuerpazos tallados en cincel y martillo? ¿Quién le metió en esa estrecha cabeza que tenía, que las mujeres tenían que estar 90-60-90 y no grasientas-contentas y sin cuenta?

Ella lo pensaba y lo meditaba, pero cuando se iba acercando el momento de ir a mostrar sus blancuzcas carnes, solía disfrazarse con atuendos que la cubrían de pies a cabeza, no importaba si iba en contracorriente con el resto de las féminas que desfilaban muy animadas sus regordetes cuerpos, que en lo absoluto eran esbeltos ni fibrosos.

Eran muy pocas, las que gozaban de una figura digna de portada de Urbe Bikini, y aunque ella criticaba en silencio, a aquellas que se pavoneaban con sus diminutos trajes de baños, (que dejaban entrever sus adiposidades), no tenía la capacidad de liberarse de ese complejo superlativo, que la cohibía más de lo normal.

Así fue, como tomó una decisión que le haría cambiar favorablemente su eterno pensamiento obscurantista.

No estaba un hueso, eso estaba claro, no era fisiculturista y era innegable que le encantaba engullir como los buenos.

Odiaba la dieta en la misma proporción que odiaba los lunes, cuando sabía que ese era el día de comenzar una y bastante estricta por cierto.

Quería salir tranquila, sin sentirse abrumada por la vergüenza de tener mollas, que en traje de baño, no había manera de esconder.

Condenaba todo lo que sonara a régimen hipocalórico. Cualquier palabra que tuviese relación con adelgazamiento, pasar hambre, eliminar los carbo, ahogarse en 8 vasos de agua diarios y hacer una hora de cardio, le sonaban atronadoras.

Su plan era pues, vislumbrarse como la modelo de sus sueños, aunque aquella fantasía distara mucho de la realidad.

Era una  quimera, sin lugar a dudas, pero así como era de irreal, ella debía creérsela, y no obstante, también debía actuarla y asumirla, como si luciera igual que esos figurines, que hacen su entrada triunfal en las pasarelas más afamadas de Europa.

Pero cuando lo pensaba bien, también la acechaban preguntas que la dejaban sin respuesta: ¿Por qué tanta tontería? ¿qué pretendía en realidad? ¿Por qué esas locas ganas de sentirse admirada? ¿Qué era lo que buscaba?, si estaba casada y su marido la quería.

Ella no se quería tanto como su marido, ella no se aprobaba tanto como los suyos. Sin embargo, eso no amilanaba su deseo por adelgazar, en contra de todo pronóstico.

Entonces, al final de la larga lista de preguntas que no lograba responder, ella misma concluyó que aunque los demás le hicieran creer que así estaba bien, siempre la asaltaban las dudas. Unas dudas que la comenzaron a inquietar más de lo normal, por lo que decidió pues, que debía poner manos a la obra. No sabía por dónde empezar, pero buscaría la forma.

Y la forma fue, no hacer absolutamente nada de lo que tenía planeado, porque eso ya lo había intentado miles de veces, sin resultados favorables.

Por lo que siguió igual, comiendo igual, criticándose igual y con el mismo pareo gastado, de flecos descoloridos. Mentira, eso era lo único que cambiaría; el pareíto ese de Playa el Agua, por uno nuevo y todavía más largo.


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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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