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"Porfa, tráeme un vaso de agua"

Si hay algo que provoca "el calentamiento global de mis propias entrañas", son las palabras "ya va", "ahora", "en un rato", "espera", "qué fastidio" y la ganadora irrefutable, (la que se lleva los vítores y aplausos), "pídeselo a mi hermano".

Me pregunto una y siete mil veces, por qué cada vez, que una le pide algo a los hijos, la deplorable verborrea que emana de sus bocas, siempre son respuestas negativas, que sin el más mínimo decoro, ellos desparraman  ante los frágiles oídos de una madre que sólo sabe proveer incondicionalmente.
Una, que lo que hace es atenderlos, llevarlos, traerlos, comprarles, mimarlos y cuidarlos, desde que son del tamaño de un merey, hasta que se convierten en el guacal de merey.

Que si lo estoy echando en cara, pues absolutamente, además sin pizca de vergüenza.

Me molesta abismalmente que los padres sólo estemos para aportar y suministrar todo tipo de bienes y servicios, y que cuando es nuestro turno de pedir, por ejemplo un triste vaso de agua, comienza entonces el vía crucis (por llevar a cabo lo encomendado). La verdad que aquello me crispa, hasta los jugos gástricos que suben y bajan por mi sistema digestivo, en una rencilla que se traduce en ardor estomacal primero y que luego se convierte en malestar infinito.

Todo por qué? Por la pereza que les produce hacer favores, teniendo siempre a pedir de boca, las palabritas innombrables que deberían ser execradas de la Real Academia Española.

Aunque una quiera imponerse, volviendo a dar la orden de que te traigan lo solicitado, las excusas sin fundamento, son las que retumban entre las paredes de la casa, produciendo además un ruido estremecedor.

Te recriminas  una y mil veces, porque eso no puedes permitirlo, menos a estas alturas de la vida, donde tu hijo más grande, sigue siendo un niñato imberbe de apenas 13 años.

Sin embargo, el modus operandi que usas para lograr tu cometido, pierde facultades irreversiblemente.

La paciencia por ejemplo, que antes tenías para enfrentarte y explicarles concienzudamente a tus hijos, el motivo por el que ellos también deben hacer favores, comienza a emprender vuelo (abandonándote cada día un poco más).

Para colmo, tu esposo, en vez de ser tu aliado, se vuelve en tu contra, pidiéndote que te silencies porque "cada vez estás más exaltada y así el "amo de la tele", no puede ver su programación favorita, que es TODA la que transmiten.

Ahora el cambio de planes es inminente.

Si creías que el enfrentamiento iba ser sólo con alguno de tus descendientes, lamento aclararte, que ya son dos las batallas, que tendrás que librar.

La primera, con el que tuvo la desfachatez de decirte que le daba fastidio traerte un vaso de agua, y la segunda, con aquel que no apoya tu moción de acompañarte en esta aventura que cada día se vuelve más tormentosa como lo es la crianza.

Dejas pues, al niño tonto que aún no sabe lo que le espera, mientras te arremangas y te le cuadras al caballero que yace a tu lado de la cama, quien no tiene ni el más ínfimo  conocimiento de lo que se le avecina.

Así pues, que comienzas tu rocambolesca cháchara sobre su deber en apoyarte en cada uno de tus dictámenes.

Que si lo molestas o no... no te importa ni un poquito.

Le explicas que eso de que los niños sean tan egoístas, que lo único que hagan sea pedir indefinidamente, es un tema que tendrán que solucionar entre ambos, hablando duramente con ellos.

El aparenta estar de acuerdo y después que finalizas, sólo es capaz de responder "Podemos seguir mañana?", tampoco hay que hacerse un coco mental por eso".

Te retumba en la cabeza la frase "un Coco Mental". Te quedas callada y te recreas imaginando, yéndote hasta alguna playa abandonada en La Guaira para recoger media docena de cocos, llegar con ellos a la casa, lanzárselos uno a uno y finalizar diciéndole, "si yo me hago un coco mental, tú también te harás uno". Después que te deshaces de esa idea, le arrojas una mirada que duele más que pisarse el dedo meñique, y vuelves a insistirle que deberán hablar con los niños para instarlos a que sean más altruistas.

El decide apagar la tele, porque sabe que la cosa se está caldeando y después de llamar a los más grandes, les dice: "Niños: mamá y yo queremos hablar muy en serio con ustedes. Queríamos pedirles, que deberían dejar de exigir tanto, porque mamá ya está harta (y yo también, de lo intensa que se pone), de que no paren de molestarla con sus constantes peticiones. Así que la próxima vez que quieran algo, me lo piden a mi y así nos evitamos todos, este mal rato."

Aún no decides, si prefieres inmolarlo, caerle a zapatazos, morderlo o incrustarlo dentro del televisor.

El tipo no entendió "niente" del mensaje que tenía que haber entregado como emisor. No pretendías en lo absoluto que los niños dejaran de pedir, sino que que colaboraran un poco más, dando ellos también, en la medida que recibían.

Esa era la premisa que enarbolaría esa conversación.

Pero no, él solo soltó lo que más fácil se le hizo, para dar por terminado aquello y volver corriendo a los brazos de su amor plano y cuadrado.
La palabra que te define no es cólera, tampoco indignación y menos "enloquecida y fuera de los límites normales de cordura", la palabra que te define, no existe. No hay tal palabra, porque tu sentimiento de ofuscamiento, rebasa el concepto de cualquier sustantivo, pero lo que sí se va a dar, es una turbulenta acción, que lo hará arrepentirse de cada sílaba  proferida.

Así que te conviertes en el León de la Metro Goldwin Meyer y le gruñes, que eso no era para nada lo que tenía que decirles.

Que sólo lo hizo para salir del paso y que si no le interesa educarlos y llevarlos por el buen camino, a ti sí. Que no vas a tolerar su indiferencia y su reincidente apatía, porque para eso, ambos dos, deberán asumir el rol de padres, que en casos como estos, es impostergable. Tanto le perforas el remordimiento, que finalmente se encierra con ellos en su cuarto y habla como hacía tiempo no lo hacía. Cómo lo sabes? Porque uno de los niños sale lánguido, agotado, exhausto y cuando le preguntas, qué le pasa, te responde: "Mamá, papá nos volvió locos. Lo peor es que se pone tan repetitivo, que oírlo hablar, es como escuchar una cadena en ruso. Quiero vomitar y si te preguntas donde está Andrés, se quedó dormido. Nos enloqueció. Sólo entendimos que debíamos colaborar más y ayudarte, pero lo repitió TANTAS veces, que con tal de no tener otra conversación como esa, te JURO, que haremos lo que sea. Ya vengo, tengo náuseas."

Por lo menos te ahorraste un buen jarabe de lengua.

El grande al parecer, entendió el mensaje, quedó tan aborrecido, que va a preferir hacer los favores, que volverse a chinchar con un discursito cansón de Resort de Disney.

"Ok mi rey, entonces, como veo que ya entendiste, después que termines de "vomitar", porfa "tráeme un vaso de agua, los Pirulínes que están en la despensa y la laptop, que tengo un nuevo blog que escribir y lo quiero todo para ayer.
Gracias, te amo."

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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