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Gracias, te amo...

¿No les parece increíble que algunas personas, tienen el "te amo" para todo? 

Pretenden encerrar en esa breve frase, cantidad de situaciones con las que se topan día a día, que a veces son facilitadas por terceras personas.
Creen pues, que unas lánguidas gracias se verían desabridas por lo que necesitan condimentar con una sazón explosiva el momento mágico en que les proveen de algo, o cuando les hacen cumplidos que siempre son bienvenidos. "Qué bella estás", te amo. "Qué flaca te ves", te recontra amo. "Me encanta tu collar", te adoro. 

No es sólo gracias, es TE AMO. 

Aquel sentimiento de satisfacción y gratitud por haber obtenido lo encomendado, lo hacen rimbombante y es por ello que estas personas se explayan más de la cuenta, por lo que las gracias, -como no son suficientes- vienen acompañadas por un tremebundo "te amo".

Pero después que las oigo, caigo en cuenta que el "te amo" es una frase trillada y burda que algunos sueltan con desparpajo al primero que se les atraviesa. 

A veces se la dicen a gente querida, pero también a gente no tan querida, a conocidos y desconocidos, e incluso a personas que apenas acaban de conocer porque de vez en cuando la efusividad se apodera de su personalidad y habla por ellos. 

Cuando pasa el momento en el que aquellos se desdoblan en Walter Mercado (por aquel amor desmedido que entregan sin editar) luego se arrepienten infinitamente cuando el remitente malinterpreta y confunde las cosas.

Y esto que les narraré a continuación, fue el testimonio que una amiga me contó, por ser "tan agradecida y zalamera".

Resulta que su laptop personal tenía un virus y no había poder humano, ni técnico que ella no hubiese contactado, que se la pudiese reparar. El muchacho que toda la vida le había arreglado las computadoras en su casa, esta vez no pudo dar con el problema y ella pensó desesperanzada, que era momento de internarse en algún instituto siquiátrico. (El esposo le dijo que él mismo la llevaría encantado).

El asunto es que le era indispensable trabajar con su máquina y estaba abrumada ante la falta de solución. 

Hasta que llegó el iluminado, el hombre cuyas manos habían sido bendecidas por alguna deidad onírica y quien en 12 minutos pudo arreglarle el desperfecto y que además no le cobró nada; en todo caso se conformó con una espumosa taza de café con leche y galletitas que  agradeció complacido. "Tranquila señora Sandra, fue tan fácil, que más bien me da pena cobrarle".

Y ella, que no pudo contener su entusiasmo, se le abalanzó encima y además de agradecerle repitiendo una y otra vez las mismas palabras, le dijo que lo amaba y lo adoraba, por ser el único que había logrado dar con el laberintoso embrollo. 

Pero entonces aquel sujeto embelesado ante las palabras de mi amiga, empezó a entornar los ojos (que ahora eran de buey adormecido), y una sonrisa de mentecato con un ceja levantada, le cambiaron en un segundo la expresión de su cara. Ella cayó en cuenta que la frase que había pronunciado, la empezaba a poner nerviosa, pero ya era tarde y no sabía como retractarse. 

De repente se paralizó. Quería rebobinar el momento y adoptar una actitud áspera para hacerle frente a la situación. 

Pero aquel con quien fue tan amable, ahora creía que podía dar un paso hacia adelante y atravesando la barrera de la distancia le propuso sin rodeos, salir a tomarse algo a la salida del trabajo de él (lo que además hizo tuteándola con soltura y elocuencia).

Mi amiga supo de inmediato que debía hacer cambio y fuera. Abortar misión. Entender que jamás en su vida podría volver a necesitar de los servicios de aquel caballero porque el "te amo" que le dijo sin recortes ni edición, (y que además decoró con una sonrisa amplia), estaba dejando sus secuelas. 

Así que agradeció por última vez, pero en ésta ocasion con actitud lacónica, al tiempo que sacaba su chequera para pagarle, y que él no creyera que ella se estaba aprovechando. 

Él se fue ofuscado. Ella se vio en el espejo y se quiso un poco más, (se dijo muy satisfecha "qué manera de conquistar con mis 47 años"), y su esposo fue quien lo acompañó a la puerta (ambos dos parcos y sombríos)

Y aunque me cueste admitirlo, así tal cual somos un poco...

Cuando el bachaquero de turno te consigue desodorante en gel, (que viste por última vez en Amazon), tu euforia se dispara de tal forma, que por teléfono le gritas, "gracias mi rey, te amo". 

Cuando llamas a la peluquera justo media hora antes de la fiesta que tienes, y le preguntas gimoteando si puedes ir a secarte, y ella te dice que vayas porque te va a atender; la interrumpes para chillarle "te amo", temblando de imaginar que cuando llegues, puedas encontrártela con media cara hinchada porque crees que del grito le fracturaste el estribo, el yunque y el martillo. 

Si el carnicero, el del camión, la conserje o el parquero con los que siempre interactúas, te facilitan las cosas, no podrás reprimir (aún cuando quieras), un "te amo", por más bajito que se los digas.

Te constará que lo haces con el más puro sentimiento, queriendo demostrar siempre que tu gratitud hacia ellos es sincera y de todo corazón.
Y si todos en algun momento de nuestras vidas, hemos pecado de ser excesivamente entusiastas y efusivos, de eso se trata. 

De ser auténticos y genuinos, de sentir y vibrar, porque este mundo está hecho para los apasionados e intensos, para los que no reprimen sus sentimientos, ni andan fingiendo, ni encerrando lo que sienten. 

Voto en definitiva por los que no se cohíben de decir lo que piensan (siempre y cuando no ofendan) y los que entienden que hay que dejar a un lado los prejuicios y las poses y asumir que no hay nada mejor que la espontaneidad sana y auténtica, aún creyendo que en ocasiones puedan pecar de impetuosos. 

Porque creo que la apatía, la indiferencia, y la gente desangelada, es gente a la que definitivamente "no amo ni amaré jamás".

Y si algún osado te pide el número de celular, le dices que claro que se lo vas a dar, pero cuando te consiga 20 cajas de leche descremada la Pastoreña, desodorante en gel de hombre, y galletas Milano Dark Chocolate.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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