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Fin de la cita

El suplicio que ambos padres padecían, cuando salían a comer con sus hijos, un domingo al mediodía, era comparable, al escalofrío que a ella le subió por la médula espinal, la vez que fue a buscar su carro recién pintado del taller y lo chocó como una zoqueta, porque el celular se le cayó en el piso y se agachó a recogerlo.

Era comparable a la rabia que a él le provocó, quedarse 40 minutos en la cola, en el auto farmacia, para que en la ventanilla le dijeran, que lo que pedía se acababa de agotar, (porque se lo había llevado el carro de adelante).

Ese calvario, sólo era similar, a la impotencia que ella sintió, la vez que tuvo que darle al choro, en plena cola a las 6 de la tarde, su celular y su reloj (sin chistar) y a punto de agradecerle, por no haberle pedido la cartera.

Y es que, salir a comer con los niños, en verdad no podía ser comparable con nada. Ni siquiera con la peor de sus pesadillas: la del sacrificio sobrehumano que implicaba someterse a un régimen hipocalórico, durante dos semanas, y haber adelgazado, solo medio kilo.

Era tal el sentimiento de ofuscamiento, que después que marido y mujer, lograban que sus hijos se bañaran, se lavaran los dientes, no se descuartizaran entre ellos, ni se sacaran los ojos, (entre otras mucosas extraíbles), lo único que ambos deseaban, era que el día finalizara y que los domingos fueran, como los 29 de febrero, "bisiestos".

Estaban tan extenuados, que cuando llegaban al carro, se dejaban caer, como 2 grandes plomos, de 3 toneladas cada uno y acompañaban aquel ritual (propio de los domingos) dando largos resoplidos y diciendo frases quejumbrosas como: "no puedo más", "estoy molido", "qué diré yo que no me he sentado un minuto", "el día apenas comienza y no valgo nada", entre otras similares.

Pero resultaba, que una vez que se enrumbaban hacia el sitio en el que iban a "pasar una velada en familia" y después que llegaban al restaurante, aquella pareja, sin darse cuenta, perdía la calma y empezaba a gritar, a regañar, a recoger vasos de refresco que los niños caían, a quitarles los cubiertos con los que hacían ruido y en última instancia, a poner en marcha el juego Piedra, Papel ó Tijera, para ver quien sería "el guapo", que se llevaría al baño al más pequeño para hacer número 2 y después al mediano para hacer número 3 (que era número uno, más número dos).

Ya no sabían, de qué tácticas valerse, para separar a los grandes, que estaban por clavarse uno de los palitos de sushi en los ojos, mientras el más pequeño, relamía gustoso el hielo esparcido en el piso, del refresco que él mismo había caído.

Sabían que no tendrían un sólo minuto de paz y aunque hubiesen querido invocar a la Nanny McPhee aquella de la película, concluían que ese era un deseo utópico. Sin embargo, aunque sonara tonto, era lo que más añoraban; tener una hora de armonía espiritual y comer tranquilos, mientras se contaban una que otra tontera, sin graznidos de niños poseídos, por el demonio "Domingo Matador".

Qué hicieron entonces para conseguir la paz soñada? Después que terminaron de almorzar, los dejaron en el club del que eran miembros, y aunque los párvulos se opusieron, (alentándose unos a otros, para evitar que sus padres se desprendiesen de ellos), sus progenitores hicieron caso omiso ante sus súplicas desesperadas, les dieron algo de dinero para acallar sus ruegos, y prácticamente los empujaron del carro.

Así ellos irían, a aquel lugar recomendado, en busca del postre añorado y se lo comerían, en santa paz.

No importaba si el mismo contenía 5000 calorías y el remordimiento (del postre, no de los niños) los carcomían vivos. Disfrutarían, de lo que quedaba de aquel domingo extenuante y lo harían divertido para ambos.

El único que iría con ellos, sería el pequeñito, pero ése se había quedado dormido en el interín, así que lo pondrían en su coche y disfrutarían de una hora a solas, sin ruido, ni peleas, ni Coca Colas desparramadas por doquier.

Se imaginaban filmados por algún siniestro personaje malévolo, que tuviese entre sus planes, llevarlos a la LOPNNA, pero después que olvidaban aquella ridiculez, volvían de nuevo, a degustar su rica crepe de Nutella y helado de vainilla, mientras charlaban animados sobre… “El Rey Pepino”.

Se encontraron a una pareja de conocidos, que al igual que ellos, luchaba a brazo partido con sus hijos.

Estos conocidos les preguntaron por “los grandes”, y (si es verdad que la interpelación les incomodaba), ellos contestaron que los acababan de dejar en el club, mientras disfrutaban de “buen postre y mejor tertulia”.

El conocido comentaba, querer emular aquella idea fantástica, de desprenderse un rato de los niños, pero entonces, la conocida, (en su afán de querer exasperar a nuestra protagonista), preguntaba “inocente” si no les daba "cosa" dejarlos, pero ésta alegaba que NO, porque también ellos necesitaban un poco de sosiego en sus vidas, con lo que lograba desprenderse, en cuestión de segundos, de cualquier síntoma culposo, que pudiese arruinarles la velada.

Una vez que se despidieron, ellos notaron, que el conocido estaba encantado con aquella idea, mientras la conocida, mascullaba entre dientes, lo egoísta que eran aquellos padres, que un día domingo, dejaba a los niños "botados", mientras huían, cual fugitivos.

Las siguientes dos semanas, de aquel encuentro fortuito, los protagonistas de mi historia, fueron de nuevo al restaurante predilecto de sus hijos.

Se encontraron sorpresivamente, con los mismos amigos conocidos, (de la vez que coincidieron) y después de los saludos formales y tramoyistas, estos conocidos comentaron, que en dos días se irían de viaje y que estaban a la orden por si necesitaban algo.

Fue cuando a una de las hijas (de los conocidos), se le escapó lo siguiente: “mi mamá siempre nos dice, que necesitan descansar de nosotros. Que por eso se van tanto de viaje. Que está harta de nuestras peleas y de nuestros gritos... y que ya no nos soporta”.

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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