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Cuamaneitors no volverán

Dedicado a los menos afortunados. 
Caballeros no se dejen!!!


El nivel de querella que le armó Diana Casado a Alberto Uzcátegui a cuenta del plan que le había surgido para irse a tomar unas cervezas a la salida de la oficina -con los amigos-, parecía de descerebrados. 

Ese carácter impositivo de ella, era un caso severo de estudio clínico. 

Es que Diana era una mujer que no callaba, no cedía, no toleraba, y menos le dejaba tener un rato de diversión a solas con sus panas. 
Cualquier situación que implicara que su marido pudiese divertirse y pasarla bien, le provocaba exterminarlo, con una bomba MOAB. 

Si al principio él le hacía el comentario (no en forma de pregunta sino de afirmación), de que iría con ellos a tomarse algo, ahora debía plantearle la interrogante de otra forma para lograr convencerla. Como si se tratara de una decisión de vida o muerte. 

Debía poner todo su empeño, además de pucheros y promesas para que "LO DEJARA" ir. 

Igual que si fuera un párvulo de 12 años y no su marido. Un hombre hecho y derecho, con pelo en pecho, de 48 años, que lastimosamente se había dejado apabullar por ella con el pasar del tiempo. 

Diana se había encargado de socavarle -cada día un poco-, la personalidad. 

La vez que le sonó el celular -cuando ambos iban en el carro para dejar a las niñas en el cole-, ella no paró de presionarlo por una llamada que él recibió -y que aunque atendió- le reclamó como una fiera porque "no hablaste como siempre". Y así de buena mañana comenzó su calvario.
- Puedes decirme ¿quién era? ¿Por qué tan sospechoso? 
- Es Belén, la que me...
- ¿Quién es esa?
- No dejas hablar. La que me está ayudando con el pasaporte de Lili.
- ¿Por qué no te creo una letra?
- Porque tú eres así. Siempre desconfías y por más que te jure las cosas, igual no me crees. Y mira que si es, miraaaa, ¿qué dice ahí? "Belén Pasaporte". ¿Hasta dónde hay que llegar contigo para que me dejes en paz? No soporto que me tengas esa desconfianza y me estés vigilando por cada movimiento que haga. Yo a ti no te hago eso...
- Porque yo no te doy motivo. 
- No seas ridícula que yo tampoco te doy.

Pero el diálogo no paró ahí, el maltrato verbal iba in crescendo y por ende la relación de ambos en picada. 

Cada vez estaban los ánimos de ambos más caldeados y últimamente Alberto se sentía más aplastado que un perro atropellado por el caucho de un camión cisterna.

¿De cuándo acá, un hombre bien puesto, con garbo y personalidad tenía que hacer maromas circenses para obtener de su celadora (estilo Alcatraz), la gracia divina de poder salir a tomarse algo después del trabajo sin que aquello levantara sospechas tormentosas? Eso era de locos.
El había concluído que era mejor pedir perdón que pedir permiso. 

Así que a pesar de la rabieta que ella le hiciera, él de igual forma iría. Le sabía a vísceras de pollo descompuesto, que esa loca se ofuscara más de la cuenta. 

¿Hasta cuándo debía rechazar la propuesta de sus amigos de salir sanamente a pasar un rato divertido? Aunque Diana se encadenara con la misma cháchara de siempre, "deberías ayudarme con las niñas en vez de largarte como un viva la pepa que eres", Alberto esta vez, haría caso omiso y se pondría su coraza anti Cuamaneitor contra todo pronóstico. 

Y es que el hombre necesitaba por todos los medios deslindarse de la presión que ella ejercía sobre él, aunque el remordimiento le atravesara longitudinalmente el cerebro. Pues así se lo hacía ver ella cuando lo catalogaba como un egoísta consumado.

Iría a pasar un momento fenomenal, con el fin de olvidarse unas horas, de la desgracia de vida que llevaba al lado de aquella succionadora de libertad y autonomía absoluta. 

Sus amigos se lo decían, pero él se resguardaba bajo la premisa que usaba para justificarla "ella es así porque me quiere demasiado".
El sometido juraba que ella lo quería. 

Pendejo él... ¿Quién quiere a alguien aplastándolo, humillándolo, reprimiéndolo y debilitándole el ego y la autoestima? No existe.

Ella era celópata, insegura y de una personalidad dominante y controladora.

Cuando él le preguntaba que por qué se ofuscaba, -si ella podía hacer lo mismo-, ella le ladraba que jamás saldría (a esas horas) porque lo más sensato sería quedarse en la casa atendiendo a sus hijas. 

- Deberías hacer lo mismo, y no largarte a tomar Soleras y a ver tipitas pelándote los dientes. Aunque con esa cara de pánfilo no creo que te vean mucho. Pero claro, como la mitad de esos amigos tuyos son unos idiotas que están divorciados, por supuesto andan pescando, pero recuerda que túuuuu -querido mío-, estás casadísimo y con hijas.
-Diana, deja de ofender. Nunca lo hago. Siempre es directo para la casa. La otra vez te pedí que me acompañaras a casa de Ernesto por el cumpleaños de Alicia y no quisiste. Cada vez nos alejamos más del grupo. Son mis amigos y nunca quieres hacer planes con ellos. ¿Por qué tan amargada? ¿Hace cuánto que no voy los martes a descargar en casa de Tomás con la batería? Los tipos tienen un grupo hace 2 años y he ido apenas un par de veces porque siempre es un rollo contigo.
- ¿A ti te parece que con el trabajo que dan las niñas tú te me largues feliz de la vida? No seas tan egoísta, que ellas no son sólo mías. Recuerda que no tengo ayuda, así que lo lamento, pero hoy no sales. 
- ¿A ti qué te pasa? Yo no sé por qué te pregunto con tanto resquemor. Quiero que sepas que necesito desligarme un poco del estrés. Van a ser un par de horas donde no hablaremos de nada que no sea echar vaina y tomarnos unas frías. No es para tanto.
- Haz lo que quieras. Gracias por ser un egoísta de mie....

El hombre "colgó", con ganas de "colgarse" de una cuerda para morir de ipsofacto y pensó (cuando se casó con la Bruja de Eastwick), que su mujer se aplacaría porque él sería el hombre de la casa. 

Cómo no. El hombre de la casa... pero de La Casa De La Pradera. Pana, la gente no cambia, por el contrario se vuelve peor con el tiempo.
No sólo no se calmó, se desató de tal forma, que las tarjetas de invitación que recibían llevaban el apellido de soltera de ella, Sr. Alberto Casado y sra.

Y "Casado" que estaba con ella, ya no la aguantaba, aunque moría callado y con ganas de contratarle un sicario que en un descuido le extirpara la garganta y las cuerdas vocales.

El hombre estaba tan reprimido, que ese día que llamó para informarle que llegaría tarde, lo hizo escondido de los amigos, en el estacionamiento, dentro de su carro. 

La excusa era que se había quedado sin batería en el celu y tendría que ir a cargarlo un rato.

No estaba bien demostrar su lado débil, aunque ya todos sabían cómo se daban las cosas entre ellos. Efectivamente ella era quien llevaba los pantalones, los bermudas y los shores -además de un látigo con púas-.

Después que les envío a todos un mensaje dándoles la excusa, de que "justo Diana le había recordado que esa noche era el cumpleaños de su cuñada y saldrían todos a celebrarlo", ellos no pararon de chalequearlo. Eres "un pisado pana". Por lo que se sintió más hundido que el Titanic. 

Completamente desesperanzado y con el ego en el subsuelo, salió de ahí. Pero tuvo una iluminación. En un arrebato de locura, dio la vuelta como pudo y comenzó a llamar como un loco a Miguel para decirle que claro que iría y que por favor lo esperaran. Los amigos le gritaban por el celular "así se hace caraj..., por fin entendiste que no tiene nada de malo salir un rato."

Alberto hizo su voluntad a pesar de lo que ella pensara y obviamente la pasó increíble. Pero después que llegó a su casa -a la hora que le dio la gana, porque tomó más de la cuenta y se dejó llevar "por los amigotes"-, encontró a la mujer dormida y se alegró infinitamente.

"Por fin me salí con la mía (se decía para sus adentros). Después de tanto postergar las propuestas de Miguel y Juan, al fin hice lo que me provocó. Ahora sí me siento todo un macho. Como debe ser. Es verdad lo que estos panas me dicen. No es posible que esta tipa loca siempre me domine y me restrinja. 

"¿Hasta cuándo Alberto? Deja de ser tan gue...," -le decía Miguel todo el tiempo-.  Ni que fuera fin de mundo. Tienes derecho a tener tu espacio, tu libertad. ¿Qué es eso de estar sometido por ella?

- Alberto. Albertooooo. ¿Estás hablando sólo? ¿Puedes dejar dormir? Suficiente con los ronquidos de camionero, que lo que me provocan es mandarte para el otro cuarto. Shshshshsh. ¡Qué fastidio! ¿Qué es lo que dices? 
- Yo, ehhh, nada Diana. Seguro estaba hablando dormido. Perdón. Estaría soñando. 
- Bueno ya. No me interesa. Quiero dormir.

El hombre vio la hora en el celular y eran apenas las 2 de la mañana. Se dio cuenta que nunca salió con los amigos. Tenía 5 mensajes de whatsapp que eran de ellos, insultándolo por estar más sometido que empleado en abasto de portugués. 

No podía creerlo. Todo había sido un sueño. 

Estaba molestísimo, harto, rabioso y a punto de hacer una locura.

Tendría que darle un parado a esa situación que cada día lo minaba más. 

Por lo que se levantó de la cama, se fue al baño para bañarse, asearse y después que salió, le clavó la mirada a Diana y a lo John Wayne le dijo que bajaría al jardín porque no podía dormir.

Y entonces ella, se levantó de la cama, le sostuvo la mirada pulverizándolo y finalmente le dijo "deja la estupidez, que no tengo paciencia de oír tus pajuateces", él entonces supo que esa era su vida, y que si quería huir de ella, debía primero salir del yugo opresor (que lo tenía más encerrado que a un hámster) -y que no era más que su propia inseguridad-. 

La misma que ella se había encargado de construirle día a día, hasta lograr convertirlo en el pobre diablo que era y que a estas alturas era su forma de enfrentar la vida.

Así que se quitó la ropa, se volvió a poner su triste pijama de pingüinos con un short a juego, y después de meterse en la cama, le dijo con la poca dignidad que le quedaba "No sé cómo voy a decirte esto, pero te lo diré... Necesito el divorcio y es una decisión sin revés".

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Sobre el autor

Katy Chocrón

Amante de la redacción. Nació en Marruecos, y asegura que lo que más le gusta es poder hacer sentir a sus lectores partícipes de sus múltiples historias, todas basadas en la cotidianidad y en el día a día de la vida misma. Acaba de publicar su primera obra: 40 Cuentos de cuarentonas

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