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El bachaqueo: metástasis de la corrupción

En un artículo anterior señalamos el enorme impacto que la corrupción, difícil de probar pero fácil de constatar, tiene sobre la dinámica económica del país.

Hasta hace poco la matriz de opinión al respecto era que los corruptos son altos jerarcas del régimen (incluidas gobernaciones, alcaldías e institutos oficiales) y los denominados “enchufados”, es decir, oportunistas, amigos cercanos de los funcionarios, empresarios y contratistas ligados al gobierno.

Vista así, la corrupción estaría ligada, fundamentalmente, a los negociados para obtener dólares en Cadivi, a las comisiones para las importaciones (especialmente de alimentos, medicinas y armas: recordamos los casos de Pdval y el MSDS), a las obras pagadas y no realizadas, a los contratos con empresas de países “amigos” y hasta viajecitos privados en aviones oficiales. En este contexto, no todos podían ser corruptos, pues ello requería de cercanías con el poder y grandes influencias con el funcionariado alto.

Con el tiempo, el mal ejemplo y la impunidad hicieron su trabajo. Así, pronto, muchos funcionarios medios de los ministerios, institutos oficiales, gobernaciones y alcaldías, dotados de cierto poder para la toma de decisiones, descubrieron que también podían ponerle la mano a algún “dinerillo extra” o a la caja fuerte más cercana. Se instaló entonces la práctica de la “cobrar bajo cuerda” para acelerar trámites, otorgar permisos y licencias, avalar informes o estudios, otorgar créditos, registrarse para lograr vivienda o algún otro beneficio.

A partir de 2014, con la puesta en escena del concepto oficial de la “guerra económica” y el conjunto de medidas para combatirla (forzar la venta a precios regulados, captahuellas, días de compra por número de cédula, prohibición de envío de alimentos y medicinas por correo o transporte público o privado, registro en farmacias para adquirir medicamentos para enfermedades crónicas; entre otras), se configuró un nuevo escenario para la evolución de la corrupción.

La escasez de bienes (especialmente alimentos regulados, medicamentos y repuestos) y las crecientes dificultades para acceder a lo poco que hay (con el componente añadido de la especulación y el eventual acaparamiento), ha creado en la gente común una necesidad material y psicológica que los convierte en compradores compulsivos e itinerantes y que se expresa en las colas frente a los automercados y farmacias. Pero también ha creado nuevas formas de organización social, algunas de las cuales van mucho más allá de la necesidad real de obtener los bienes escasos.

Así, nos encontramos en las colas a una fauna de nuevos personajes: el facilitador que genera “caminos verdes” para obviar la espera; el vendedor de cupos para acceder a los productos; el manipulador de las “captahuellas” y los números de cédula; el “campanero” que ha creado su propia red de asociados, para anunciar la llegada de ciertos productos; el proveedor de cédulas falsas para facilitar el acceso al negocio. Asociados a estos personajes, algunos de los cuales son funcionarios policiales o de seguridad, se encuentra una red de empleados de establecimientos y “cuidadores”. Todos ellos obtienen en el proceso, algunos beneficios económicos por la vía del “cobro por favores recibidos” o bien en forma de productos mismos.

Nos encontramos aquí una nueva forma social de corrupción, a la cual hay que agregar, ahora, a los denominados “bachaqueros”.

Los bachaqueros son, esencialmente, contrabandistas o comerciantes informales organizados, que han sido estimulados por el enorme diferencial de precios de los productos en los países vecinos (entre 10 y 20 veces el precio regulado, no incluida la gasolina donde el diferencial es mucho mayor), pero también a lo interno (entre 3 y 5 veces el precio regulado), por la escasez.

Estas nuevas formas de organización social, permiten a un sector de la población, generalmente gente del pueblo, obtener beneficios económicos a través de modalidades de comercio que involucran todo tipo de acciones poco éticas e ilegales, pero altamente rentables, especialmente cuando cuentan con la complicidad de funcionarios públicos.

De nuevo, el mal ejemplo y la impunidad hicieron su tarea y convirtieron la crisis social y económica en un mecanismo que llevó la corrupción a los estratos que, hasta ahora, habían sido solo espectadores.

La corrupción hizo metástasis y ahora una buena parte de la sociedad está enferma.

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Sobre el autor

Alex Fergusson

Cofundador del Observatorio Internacional de Reformas Universitarias (ORUS)

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