• Caracas (Venezuela)

Bernardo Sacchini

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Bernardo Sacchini

¿Qué hemos aprendido? Los “nunca más”

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De mi artículo anterior, “¿Por qué defender lo que nos pertenece?”, donde explicaba el “robo intergeneracional” que se gestó durante los últimos 30-40 años producto de malas políticas y malos políticos, tuve varios comentarios y opiniones de lectores. Uno de ellos me comentaba que a diferencia de lo que yo indiqué, los jóvenes que formarán la “sexta” sí tienen algo que agradecerles a los de la cuarta y la quinta: ya al menos saben cómo NO hacer las cosas. Me quedé pensando sobre este comentario, que puede que haya sido en tono irónico, y en realidad no le falta razón.

Esto me trajo recuerdos, a su vez, de una conversación que tuve hace ya un tiempo con otros amigos, donde discutíamos parte de la historia presente y pasada del país. Uno de ellos hizo una reflexión bien interesante y enfatizó que ya sabemos cuáles son las cosas que nunca más tenemos que hacer, idea bien alineada con el razonamiento anterior. A pesar de que nadie aprende por experiencia ajena, sería una tontería para nosotros, jóvenes, no aprender de los errores anteriores y tropezarnos con la misma piedra (o piedras). Tenemos que saber ¿qué fue lo que nos trajo adonde estamos? y decir ¡nunca más! Estos “nunca más” son la esencia de este escrito.

Por ejemplo, me parece que el primer y más importante “nunca más” debería ser el extremismo, en todas sus formas, pero particularmente en su carácter político, de derecha o de izquierda. No es secreto para nadie que la cuarta fue una república que prestó poca atención, siendo benévolo en la apreciación, a la población de los estratos más bajos. Una sociedad liderada por figuras que atendían en su gran mayoría los intereses de los más pudientes. Una cúpula política que puede haber empezado centrada, pero que, independientemente de lo que digan, con el tiempo se convirtió en una derecha extrema. Ya sabemos cómo nos fue con eso.

La quinta, consecuencia clara de la que la antecedió, con el tiempo “se quitó las dos pelucas y se quedó calva”, pasando radicalmente al otro lado, y formando una cúpula política de extrema izquierda. Mientras prometió abrazar a la sociedad de los estratos más bajos, no solo olvidó al resto de la sociedad, sino que la acosó y la sigue atacando incesantemente. No conocemos aún el fin de esta historia, pero la luz al final del túnel se parece menos a una salida y más a un tren que viene en sentido contrario y que se va a estrellar contra todos los venezolanos, pobres o ricos, pero particularmente pobres. Aquellos a quienes exactamente sus líderes prometieron proteger.

Tengo que aclarar, soy un fiel creyente de que a los estratos menos pudientes hay que apoyarlos para hacerlos prosperar, nunca más pueden ser olvidados. Este fue un error fundamental de la cuarta y algo que muy inteligentemente aprovechó la quinta. Lo importante a ponderar sobre este punto en particular es si el discurso antagónico –extremista– era la forma.

El nunca más del extremismo radica en algo muy sencillo, pero que, para la mala suerte de todos nosotros, nunca se ha internalizado en nuestra sociedad. El principio es que: todos somos indispensables para hacer un país, todos nos necesitamos los unos a los otros. Ninguna empresa (pública o privada) puede ser exitosa si no convive armoniosamente con la sociedad que lo rodea y de donde adquiere su fuerza laboral; de la misma manera, ninguna sociedad puede prosperar sin las empresas que la empleen. Así, ningún país puede prosperar sin sus empresas y sus sociedades conviviendo proactivamente. Los economistas llaman a esto el problema de la inequidad y que desde hace muchos años se ha venido estudiando y tratando de solucionar, con fracasos y aciertos, pero que hoy en día sigue siendo un tema de crítica relevancia. Nunca más debemos de olvidar este principio de participación justa y proactiva.

Otro nunca más importante considero que es el nepotismo profesional que gobierna tanto en el sector privado como en el público. Tiene que combatirse de forma férrea esta forma ineficiente de promocionar al individuo y tiene que reinar un sistema donde florezca la meritocracia profesional, académica o social, algo que el famoso sociólogo Max Weber determinó en su trabajo Economía y sociedad como “autoridad burocrática”. Esto nos ayudará a alinear los incentivos para aumentar la competencia de los individuos, instituciones y empresas y por lo tanto a progresar como sociedad.

Igual de importante es la corrupción, una enfermedad que se convirtió en epidemia y afecta a todos los estratos de la sociedad. ¿Quién no conoce a un corrupto? ¿Quién no ha sido “martillado” alguna vez? Deberíamos trabajar en soluciones y decir: “¡Nunca más!”

El secuestro de las instituciones, una manifestación del extremismo del poder. ¡Nunca más!

El irrespeto a la vida. La impunidad. El irrespeto a la propiedad. Los subsidios regresivos, que socialmente favorecen a los menos necesitados. Los subsidios ineficientes. ¡Nunca más!, ¡nunca más!, ¡nunca más!

Debemos entrar como sociedad en un proceso que Moisés Naím en su libro El Fin del poder llamó “revolución de mentalidad”. Revolución que conlleva cambios profundos en valores, estándares y normas, y que refleja una creciente importancia a la transparencia, a los derechos humanos fundamentales y a la justicia.

Invito a todos los lectores a reflexionar sobre esto y pensar cuales son otras formas pasadas que no deberían repetirse nunca más y compartirlas, transmitirlas y comunicarlas; de eso depende que todos las personas que se constituyan como líderes políticos sepan cómo actuar mejor. Más aun, pensándolo mejor, de eso depende que todos los venezolanos retengamos en nuestra mente colectiva la memoria de estas prácticas fallidas (y sus consecuencias) y nos convirtamos en los garantes de que estos nunca más no vuelvan a ocurrir, pues, nunca más. Incluso, y sobre todo, cuando en algún momento pueda ir en contra de cualquiera de nuestros intereses particulares inmediatos. Al final, ninguna persona, empresa, entidad o institución es más importante que Venezuela.