• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

Unos sapos y otros sapitos

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No hacía tantos días de la fecha en que el presidente de Colombia, agobiado por una crítica cáustica e inclemente de parte de sus connacionales y de una pérdida de arraigo popular atribuida a su ciego empeño por tratar de alcanzar una paz hecha a su sola medida, lanzó al aire la histórica frase de que “para alcanzar la paz de Colombia hay que tragarse muchos sapos”.

Se refería el jefe de la nación vecina a la dosis de paciencia, a la  capacidad de tolerancia, al tenor de concesiones que les tocaba asumir a los colombianos para poder avanzar en las conversaciones de La Habana, lasque intentan desmovilizar a las fuerzas terroristas que vienen actuando hace cinco décadas.

A la ciudadanía le pareció ocurrente - si se quiere- el símil con la necesidad de “tragar sapos” hasta que un ejemplo vino a mostrarles, con flagrancia, que en esta dramática búsqueda de la paz colombiana hay sapitos, hay sapos y hay unos de tal tamaño que hacen imposible continuar tragando grueso para alcanzar el propósito final.

Una semana antes de que fuera capturado el general Rubén Darío Alzate dos soldados profesionales fueron secuestrados en el Arauca por los mismos criminales de las FARC. También hace menos de dos semanas dos indígenas en el Cauca fueron asesinados por manos criminales del mismo origen que quienes secuestraron al general Alzate y a sus acompañantes.

Estos “sapitos” no ameritaron, de parte del presidente de Colombia, la ruptura de las infelices tratativas, aunque por igual se trataba de hijos de la patria, con familias cimbradas por el dolor de su desaparición o de su pérdida definitiva. Idéntico todo al lamentable episodio de Alzate.

Resulta inadmisible la importancia relativa que se les atribuyen a los ciudadanos en las alturas del poder y las consecuencias que originan los hechos que les afectan a unos y a otros. Pero se encuentra en esta superlativa distorsión del accionar político una clara explicación para la pérdida de arraigo dentro de la población que esa paz con cuño “Santos” viene provocando entre sus gobernados. Es que la vara que usan los de pie para medir los hechos de sangre que la guerrilla ha seguido perpetrando en los pasados dos años con los humildes es muy distinta que la que usa su presidente. Ni los niños de los campos desmembrados por las minas quiebra-patas, ni las decenas de colombianos anónimos objetivos de la violencia criminal guerrillera ameritaron un alto a las conversaciones.

Con una actitud como esta de parte de las autoridades cualquier tipo de paz luce sombría.

Y la paz de Santos lo que parece ofrecer es mas desigualdad…uno de los grandes pecados colombianos que la guerrilla sigue blandiendo como argumento para justificar sus tropelías y que ni el gobierno de Santos ni el de otros gobiernos demócratas ha conseguido resolver.