• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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“Cual rubias hermanitas”…

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“Hay que sacar la paz de la política” fue la aseveración que hace pocos días ocupó los grandes titulares de la prensa colombiana. Si la frase fuera de otro podría usarse la indulgencia para perdonar una barbaridad tan protuberante. Pero fue el propio comisionado de la paz de Colombia, Sergio Jaramillo, quien verbalizó la genial ocurrencia que de inmediato fue parafraseada en cada uno de los medios de comunicación.

Pero eso no fue todo. El funcionario habló públicamente de las “buenas intenciones” que prevalecerán en el ánimo de las FARC una vez que hayan firmado la paz en La Habana. Y tuvo el coraje de pedirles a los hombres de negocios del país que, en función de tales buenas intenciones, colaboraran con el presidente Santos en el trance económico actual, en lugar de poner obstáculos en el camino de la negociación que adelanta el presidente. Considera el alto representante de la presidencia que es la acción de los opositores al santismo lo que ha derivado en una politización del camino del país hacia la pacificación.

Tamaña barbaridad ocurrió a pocas horas de que los terroristas asesinaran a otro miembro de las fuerzas militares en el Cauca, un hecho que ya ha pasado a ser banal en el afán de firmarle una patente de corso a la guerrilla. Al menos no ha tenido el comisionado el buen tino de pedirle comprensión a la madre de este efectivo en el sacrificio de su hijo entre las manos asesinas plagadas de “buenas intenciones”.

Ocurre que frases como estas y otras en las que la máxima autoridad coordinadora de las tratativas le pide al país darse de la mano con los asesinos y olvidar que las leyes fueron formuladas para castigar los delitos, parecen ser la verdadera inspiración de todos aquellos que se han casado con Santos en el propósito de conseguir, al precio que sea, un convenio que le pase por encima a la honra de los colombianos.

No existe más paz que aquella que está garantizada no por las palabras sino por la fuerza que exhiba el Estado en su mantenimiento, y esto solo puede ocurrir con una fuerza pública fuerte y respaldada. Razón no le faltaba a Álvaro Uribe.

Cuesta creer que sea su ex ministro de la Defensa quien hoy este pidiéndole a sus compatriotas que se cojan “de la mano cual rubias hermanitas” –como diría Amado Nervo– con quienes han sido sus verdugos por el último medio siglo.