• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Una revolución de pantalones cortos

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El trajinado cuento de la guerra económica externa en contra del gobierno salvador de Venezuela, recurso falacioso que le ha servido para captar la atención de los incautos y diluir su responsabilidad ante los desastrosos entuertos que vivimos los venezolanos de hoy, no les está funcionando desde hace ya largo tiempo.

Como autómatas, los altos oficiales del gobierno, sin convicción ninguna –y peor que ello, hipócritamente, por saber que no existe tal cosa como una componenda colectiva para ahogar a ningún país ni a ninguna sociedad–, siguen repitiendo el estúpido sonsonete, sin percatarse de que los gobernados son menos ignorantes de lo que imaginan y que, por último, ante la eventual agresión de un tercero que pusiera al país en dificultades serias, lo menos que pueden hacer sus eficientes gobernantes, los que cuentan con la vara mágica para resolver todo en favor del pueblo, es intentar ponernos a todos al margen de las penurias que tal agresión externa le pudiera causar al país.

No es necesario decir que las cosas van de mal en peor. Ello está a la vista. Y lo que también es diáfano más allá de nuestras fronteras es que todos aquellos regímenes de corte izquierdoso que interactuaron con el nuestro en los años opulentos de las administraciones Chávez, y recientemente en la de Maduro, vienen de regreso en sus portentosos postulados que pretendían una felicidad ilimitada para sus administrados gracias a la revolución del siglo XXI. Ese hecho está a la vista de todos, de los entendidos en las lides internacionales, pero también de los que, sin saber interpretar la historia, confiaban a ciegas en el éxito, las gestas patrióticas domésticas de Lula da silva y Dilma Rousseff, en Brasil; Néstor y Cristina Kirchner, en Argentina; Evo Morales, en Bolivia; Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, y hasta Michelle Bachellet, en Chile… y no sigamos porque cansa. A Cuba ni la menciono porque es un anciano país parasitario que baila, sin vergüenza ninguna, al son de la música que le toca el benefactor de turno. Un cáncer que el continente ha llevado en las entrañas, un país que pisotea a su gente depauperada y pretende dictarle lecciones a quienes las quieren oír...   

El estrepitoso fracaso de todos esos modelos económico-sociales y políticos, el latrocinio galopante y la grosera corrupción que los ha caracterizado no puede ser escondida sino ante los ojos de los imbéciles y nuestro país es bastante más zamarro de lo que algunos creen. El festín de los negociados turbios y de otro tipo de delitos con los que se han enriquecido ha tenido lugar al mismo tiempo y al mismo ritmo que las necesidades de la población han pasado a no ocupar ningún puesto entre las prioridades nacionales.

Ciegos y sordos, aun a estas fechas hay quienes siguen aferrados a la consigna de que existe una “guerra económica”, una pobre expresión hueca fabricada a la medida para excusar a los chavistas –incluyendo a Chávez– de sus desastrosas ejecutorias. Pero los tiempos han cambiado y las sociedades despiertan hasta de las mentiras que les has sido bien administradas. El chavismo, y el madurismo en la misma medida, están hoy recibiendo el escrutinio de propios y ajenos. La desesperada situación que se vive en toda nuestra geografía llama a la acción y no al señalamiento de terceros para trasladarles las responsabilidades propias.  

Como ha sucedido en muchos otros países, le ha llegado la hora a esta revolución de cuño propio de rendir cuentas, sin correr la arruga, sin sacar un dedo acusador para señalar a terceros. Dieciséis años después, está ya aquí el momento de alargarse los pantalones.