• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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La reunión

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Una agenda extremadamente compleja tendrán frente a sí los mandatarios venezolano y colombiano cuando se reúnan a tratar de ponerle fin a las dificultades que han surgido en las recientes semanas entre los dos países.

Dos tipos de problemas esperan por ser resueltos. Los de largo plazo, en decir, los que se han incrustado en la región a lo largo de los años que tienen diversos orígenes pero que se han vuelto tenaces a fuerza de no haber sido nunca atendidos seriamente de ninguno de los dos lados de la frontera. Estos han tendido y tenderán a prolongarse y profundizarse con el tiempo a menos que ambos lados de la ecuación colombo- venezolana decidan y pongan en marcha un plan concertado dentro del marco de políticas específicas convenidas para el largo plazo. Además de los problemas que se presentan en la mayoría de las fronteras activas, y además también de la pobreza reinante en la zona, en nuestro caso allí ha proliferado el contrabando, la violencia, los secuestros, la vacuna, el sicariato, el narcotráfico. A todas luces, convenir planes y políticas en estos terrenos no es lo que los dos mandatarios vienen a resolver en su tan esperado encuentro.

Son más bien los temas coyunturales los que requieren de un convenimiento del más alto nivel que permita regresar a un modus vivendi razonable para las poblaciones allí asentadas y a un statu quo que sirva a los dos gobiernos. ¿Es eso posible?

Las condiciones que está poniendo el presidente venezolano para pensar en cambiar la orientación de la política que ha comenzado a desarrollar en los estados fronterizos no son, bajo ningún ángulo que se les mire, factibles de ser consideradas por los vecinos. Ni es posible desmontar las casas de cambio que hacen negocios en la frontera, acusadas por Nicolás Maduro de ser las causantes del descalabro del bolívar fuerte; ni tampoco un régimen democrático respetuoso de las libertades como el de Colombia va a iniciar un proceso de control sobre la prensa para que favorezcan al gobierno de los vecinos; y mucho menos va el gobierno de Juan Manuel Santos a comprometerse a desmontar los atentados que según nuestro presidente se estarían armando en contra de su régimen, los que incluirían hasta un posible  magnicidio, y que lo que son es una fábula construida para generar solidaridades del pueblo con el gobierno que se encuentra en medio de una vertiginosa pérdida del apego popular a pocas semanas de unas elecciones susceptibles de penalizar al gobierno y cambiar el curso de la vida política venezolana.

Santos, por su lado, no tiene más que una condición que imponer: detener las expulsiones forzadas e inhumanas de colombianos. Visto por los expertos y analistas políticos, esta condición, que a todas luces no es sino razonable antes de comenzar cualquier discusión para arreglar los entuertos entre los dos países, no parece ser moneda de cambio para transar la disputa actual. La persecución de colombianos luce como una estrategia no para ordenar los problemas fronterizos, sino para otros propósitos que solo conoce el gobierno.

¿Qué saldrá entonces del encuentro presidencial? Nada heroico sin duda, para lo que es importante para los habitantes de la zona. Cuesta creer que un arma que el gobierno considera poderosa para fines electorales sea resuelta a lo simple restableciendo el tránsito fronterizo.

No quedan sino horas para saber cuán buenos negociadores serán los dos mandatarios.

Lo que sí parece claro es que Juan Manuel Santos ha comenzado a escuchar el clamor de su pueblo disgustado no solo por las violaciones de sus derechos, sino por la inclusión de elementos más irritantes todavía como el sobrevuelo del espacio aéreo de los vecinos por aviones de bandera venezolana a horas del histórico encuentro.

Pero amanecerá y veremos.