• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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La relatividad de los principios revolucionarios

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No existe política más hipócrita dentro de los postulados de la revolución bolivariana que la que tiene que ver con la relación de nuestro país con Estados Unidos. No los meto a todos en un mismo saco, que conste. Estoy convencida de que muchos entre ellos cuentan con un decálogo de conducta que, si bien no es el mío, constituye un cuadro de valores en los que ellos creen tanto para la vida como para la política.

Sin embargo, en torno a la relación con el norte, las actitudes de los revolucionarios del siglo XXI son tan totalmente aprendidas como lo fueron pretéritamente. Repiten de una manera mecánica y principista las imputaciones que por tradición siempre hicieron, de manera de mantener viva la eterna diatriba ideológica útil a sus fines populistas. Los gringos, frente al público que los atiende como rebaño, son la máxima expresión de la deshumanización, el materialismo, el ánimo de conquista y el uso equivocado del poder.

Pero la realidad es que lo que prevalece en su visión de los norteamericanos es una admiración desmedida y un deseo inveterado de emulación. Lo nuevo es que los dirigentes socialistas, y en particular estos revolucionarios de nuevo cuño, mandan a sus hijos a estudiar en sus escuelas y universidades, adquieren al por mayor bienes que en algún lado exhiben el “made in USA”, compran en sus centros comerciales, los observan y siguen con detenimiento, adoran su música, vacacionan en sus sitios de recreo, admiran sus artistas, sueñan con hablar bien su idioma, emulan a sus empresarios, repiten sus signos externos de riqueza. El rechazo de grandes decibeles que exteriorizan algunos no es una expresión de odio ni de sustantivo desacuerdo. Es pura y llana admiración de su poderío.

Las palabras de la ministra de Relaciones Exteriores, con ocasión de adversar la declaratoria oficial norteamericana de la semana pasada que calificó a Venezuela como un peligro, lo que trasluce es reconcomio. Su desaprobación –expresada de manera tan poco sosegada– si hubiera sido argumentada con equilibrio, habría podido ser una pieza interesante dentro de la diplomacia del enfrentamiento, algo que con inusitada frecuencia ocurre en el mundo de las relaciones internacionales. Por el contrario, el lenguaje atrabiliario y desubicado, grosero y resentido, es signo de una molestia incontenible.

A pesar de la distancia dogmática que separa a Cuba de Norteamérica, sazonada –ella sí– de un conjunto de asfixiantes y largas sanciones económicas, nunca ha hecho gala de una actitud tan descolocada y agresiva entre Castro y Obama. ¿Pueden los funcionarios venezolanos dentro de la lucha anticorrupción que pretenden blandir como estandarte revolucionario, sentirse vejados por la política norteamericana en ese mismo terreno, cuando lo que deberían es aplaudir con fuerza? ¿Hay razón para declarar la guerra a quienes no están haciendo otra cosa que imponer sanciones a personajes públicos venezolanos que llevan escrito en la frente el saqueo, los negociados y el lavado de dinero que han efectuado dolosamente con los fondos públicos nuestros? Si las instituciones venezolanas sí gozan del derecho de exigir a terceros y relacionados conductas probas y adecuadas con respecto a la administración de los dineros públicos venezolanos, ¿por qué Estados Unidos, cuando los transgresores son ciudadanos de nuestro suelo, se deben inhibir?

Los dobles estándares que blanden funcionarios que levantan un airado dedo acusador en contra de los americanos son una manifestación adicional de esa hipocresía. Son una expresión más del desatino que significa, en materia de principios, querer tener para uno el lado ancho del embudo, mientras se le reserva al otro el lado angosto.