• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Desde agosto se prendieron las alarmas. Colombia no llegaría a fin de año con una producción promedio de 1 millón de barriles de petróleo. La reanimación del ritmo de la actividad de extracción se volvió un objetivo.  Se creó un equipo de seguimiento intersectorial para toda el área: petróleo, gas, energía y minería, que tendría a la cabeza al presidente. Pero el plan de choque encontró dificultades. Apenas en noviembre la producción sobrepasó el millón de barriles y todo indica, a esta fecha, que la cifra promedio rozará los 987.000 b/d, es decir, por debajo del objetivo estratégico del propio presidente. Si a este escollo se le suma la caída del precio del crudo, es claro que el país vecino va tener en este sector energético un hueso duro de roer. Los campos existentes ya llevan un tiempo en proceso de declinación y en la última década 80% de los hallazgos han tenido lugar en áreas pequeñas.

 

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El descenso del precio del petróleo  representa un golpe considerable para las finanzas nacionales. Cada dólar menos en el precio de un barril  que Colombia exporta puede significar dejar de percibir 160 millones de dólares. Y el precio del barril para fines presupuestaros se calculó en 97 dólares. Pero además los jerarcas petroleros aseguraron que el país podría producir algo cercano al millón de barriles. Una caída de 17 dólares  en cada barril producido originaría una tronera cercana a los 2.000 millones de dólares. Todo lo anterior sin decir que el oro negro representa para el país 8% de su PIB, 90% de sus exportaciones tradicionales y cerca de 40% del mercado de divisas.

 

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Si antes era importante para los vecinos alcanzar ese millón de barriles por día de producción en sus pozos, los bajos precios en el mercado internacional lo vuelven imperativo. Con precios más bajos para el barril los incentivos para los inversionistas que ofrezca el gobierno se vuelven  débiles. Así que hay que redoblar las ventajas impositivas, resolver el problema de la larga permisología y revertir las acciones terroristas contra las instalaciones petroleras. No la tienen fácil los colombianos en este campo, sobre todo cuando además México les está latiendo en la cueva.

 

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El enfriamiento de la demanda mundial de crudo solo complica más el panorama colombiano. China reduce su marcha y su demanda de energéticos y Europa avanza muy lentamente en el propósito de salir de su recesión, también con una demanda debilitada. Estados Unidos cada día comprará menos petróleo de proveniencia internacional, dedicado como está al fracturamiento hidráulico y otras nuevas técnicas de explotación. Así que por todos lados se ve a Colombia pasando trabajo para mantener el sitial petrolero que consiguió a punta de esfuerzo. Y es tarde ya para usar los recursos que generó la bonanza petrolea en generar más actividades industriales. La bonanza se transformó en gasto corriente.

 

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En suma, si las cosas siguen como van en los mercados petroleros y los precios no repuntan, al gobierno colombiano no le quedará más que hacer un apretón superlativo en el gasto público y establecer nuevos impuestos. La actividad económica que genera empleo y que enriquece al país  se verá resentida y la inversión de adelgazará. La moneda tenderá a sufrir, el endeudamiento del país crecerá y el desempleo tenderá a abultarse. El gobierno ha estado contando con que el éxito de las tratativas de paz le dará un aliento al PIB de hasta dos puntos. Lo que nadie ha calculado es cuánto decrecimiento tendría que afrontar el país si al panorama energético descrito se suma el fracaso de las gestiones de La Habana.