• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

El mundo que palpita allá afuera

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Si algo costoso para nuestra población nos está dejando el régimen que lleva más de tres lustros al frente de los destinos del país es el dramático aislamiento que los venezolanos experimentamos con relación al resto del planeta. No me refiero solo a que quienes nos gobiernan permanecen de espaldas a la dinámica que lleva el mundo que nos rodea, lo que en sí mismo es inmensamente  grave. Ignorar las corrientes que marcan la historia actual nos ubica en la cola de todas las tendencias económicas, sociales, científicas y de pensamiento, y nos sustrae de los beneficios de una sociedad que progresa en la medida en que se globaliza. A nivel de los ciudadanos de a pie –hasta de muchos de los académicamente bien formados– estamos protagonizando la más absoluta abstracción del rumbo y de los hechos que están marcando el camino  de la humanidad, mientras nuestra realidad cotidiana la gastamos en la preocupación básica de tener cómo y qué comer, de mantenernos en vida en  medio de la violencia callejera y de rogarle a Dios que les ahorre a los nuestros una preocupación de salud dentro de la precariedad en que vivimos.

Revisar los periódicos de cualquier capital del mundo desarrollado nos lleva a darnos cuenta de la miríada de eventos externos sobre los que permanecemos ciegos,  y por lo tanto ausentes. ¿Saben nuestros políticos el nombre de la organización civil tunecina que recibió esta semana el más importante galardón,  el Premio Nobel de la Paz o conocen de sus importantes hazañas?; ¿somos conscientes de las implicaciones que los ataques rusos a los extremistas y terroristas de Daech en suelo  Sirio  revisten para la  permanencia de Bashar al Assad en la magistratura de su país?; ¿de cuál país hablamos y que es Daech?; ¿les suena a nuestros ciudadanos el nombre de Alexander Lukashenko , la ubicación geográfica de Bielorrusia y el drama político que significa que después de 21 años de mandato se haya presentado de nuevo a la elección en un país tan empobrecido como el nuestro?; ¿alguien tiene idea del costo para la Unión Europea de una eventual escisión del país catalán de la administración central española?; ¿cuántos pueden describir el más importante hecho económico de este semestre, cual es la constitución del Acuerdo de Asociación del Pacífico y su alcance para América Latina?; ¿cuántos de nuestros profesionales saben a cuál ritmo crecerá el subcontinente dentro del cual vivimos en este año y los subsiguientes?; ¿cuántos son conscientes de la gravitación que Arabia Saudita tiene en la economía del  gigante europeo que es Francia, y cómo ello impactará la paz del Medio Oriente y los precios del barril petrolero?; ¿puede un profesor de Física de cualquier liceo venezolano describir la diferencia entre un sunita y un chiita?; ¿o puede un parlamentario del gobierno o de la oposición explicarnos para cuál efecto debe importarnos que en Japón haya más estaciones de recarga de carros eléctricos que gasolineras?

La más supina ignorancia sobre todo lo que nos rodea en un planeta que se ha vuelto chiquito e interconectado nos está devorando mientras vemos estos temas vitales y muchos otros que guiarán el futuro de nuestros descendientes con la más impertérrita indiferencia. Las mismas elecciones argentinas o los descalabros de Ecuador, la brutal descolgada del precio de la soya que se tragará al Brasil o el futuro de los mares devorados por la contaminación, nos dejan fríos ante la brutal orfandad de país que nos obnubila a los venezolanos.   ¿Cómo pensar en lo que ocurre más allá de nuestras limitadas fronteras si la batalla diaria en nuestro cotarro es tan ciclópea y agotadora?

Lo trágico es que el mundo no se detiene en su evolución desenfrenada y que cada uno de los hechos que darán forma al futuro de todos, incluyéndonos ineluctablemente a nosotros y a nuestros jóvenes, impactarán nuestra propia realidad desde el mismo día de hoy.