• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Se maquilla al periodismo chino

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Un importante movimiento accionario tuvo lugar la semana pasada en China cuando el principal y más influyente medio de comunicación occidental asentado en Kong Hong fue adquirido por el grupo informático chino Ali Baba.

El grupo transnacional SCMP, dueño del South China Morning Post, traspasó el más importante periódico impreso diario de toda China, que es de su propiedad, a la empresa de comunicaciones y de tráfico de Internet líder del gigante de Oriente, Ali Baba.

Se pregunta uno cuál puede ser el interés de Ali Baba en tener entre sus activos un medio impreso en inglés. Pues no es otro que cambiar la percepción del mundo entero sobre los parámetros de actuación de los chinos. Estos son mal interpretados por el resto del planeta cuando son evaluados y con valores de conducta social arraigados en Occidente.  

Es conocido que la prensa mundial –y la anglosajona más aún– proyectan una muy mala imagen de los ciudadanos chinos, al descontextualizar su manera de abordar la vida, incluyendo dentro de ello los elementos políticos. Estos resultan incomprensibles o imposibles de compartir para Occidente.

El periódico South China Morning Post ha sido, hasta el presente, el medio más influyente de China en inglés, pero lo ha logrado a costa de asumir valientemente el papel de informar lo que está vetado a los otros medios chinos. Pues bien, este nuevo y estratégico paso empresarial tiene un importante sesgo. Intenta validar las actuaciones de la China de hoy ante el mundo que los observa. Si el resto de la prensa mundial es crítica y cáustica con respecto a la manera de actuar del Partido Comunista y sus dirigentes, ahora tendremos que este nuevo medio, entre manos chinas, se tornará complaciente con las autoridades.

¿Por qué una mala percepción en el exterior de China como conjunto afecta a una empresa como Ali Baba, que no tiene una estrecha relación con la política? Porque en el exterior no se produce una clara diferenciación entre China como país y Ali Baba como empresa. Es decir, si China, en materia de respeto a los derechos y libertades ciudadanas, obtiene un bajo puntaje como nación de parte de Occidente, Ali Baba es calificada igualmente de manera negativa.

La compra del este medio, con una notoria influencia en la idiosincrasia occidental, no puede ser sino benéfica para el masivo negocio de la comunicación que Ali Baba maneja y espera manejar en el futuro. Además, pagar 100 millones de dólares por un instrumento que genera 12.000  millones no parece ser un mal negocio.

El periódico que ahora estará entre manos empresariales chinas no debería cambiar la línea editorial que se caracterizaba por no ser complaciente, sino por ser muy crítica de los postulados y acciones comunistas. La realidad es que a los ojos de los países libres, Ali Baba tiene mucho más que ganar si mantiene al nuevo medio de su propiedad dentro de un equilibrio editorial y al  margen de los preceptos comunistas.

¿Es eso posible dentro de la política comunicacional oficial de la China de Xi? Probablemente sí, ya que con el nivel de influencia que el país ha ido adquiriendo en la escala global, le conviene mucho más una suerte de apertura monitoreada. El medio seguirá siendo escrito en inglés como hasta ahora. En beneficio del mantenimiento y crecimiento de su audiencia y lectoría, sus autoridades deberían mantener la apertura de pensamiento que  ha garantizado el éxito editorial de los antiguos dueños.

El resto está por verse. Del lado de Ali Baba el movimiento empresarial debe haber sido minuciosamente negociado con las autoridades. Los chinos han aprendido de Occidente, con toda seguridad, que no es prudente dar puntada sin dedal.