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Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

El lamentable tsunami colombiano

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El escándalo generado por las acusaciones en contra del venezolano J. J. Rendón ha horadado la candidatura de quien hoy ejerce la presidencia de Colombia. Difícilmente puede zafarse J. M. Santos de una relación que el país sabe que es estrecha aun cuando los pecados de J. J. no sean sino eso: pecados. Se sabe bien poco sobre este caso de intermediación entre los narcos y el gobierno más allá de los perversos dimes y diretes originados por acusaciones de gente con reputaciones nada confiables, como son los capos de la droga.

Cuando a alguno de estos sátrapas perseguidos por la ley le da por decir que le ensució la manos al asesor presidencial venezolano con la friolera de 12 millones de dólares, unos salen raudos a creerle, otros se apresuran a usar las aseveraciones del delincuente como herramienta de batalla electoral, la prensa velozmente lo utiliza como una forma para ganar lectoría o audiencia, sus adversarios políticos se relamen del beneficio que pueden sacar de ello. Y uno se pregunta cuántos piensan en el bienestar del país en medio de un proceso presidencial que va resolver una encrucijada nacional de enorme profundidad, como es el tratamiento del tema de la paz y el mantenimiento del viento de cola que el país lleva en lo económico.

Lejos estoy de estar defendiendo al compatriota venezolano. En esta hora y punto es imposible saber cuánto hay de falacia y de verdad en medio de tantos intereses involucrados y sin que ninguna investigación seria haya arrancado. Y es en medio de este ambiente enrarecido, convulso y peligroso, al que se viene a sumar otro escándalo de espionaje cibernético que esta vez afectaría al principal candidato opositor, Oscar Iván Zuloaga, que los colombianos van a acudir al llamado de las urnas.

Unas cuantas cosas sí son seguras: no se esconden debajo del colchón 12 millones de billetes verdes con lo cual J. J., o quien los haya recibido –si ello realmente ocurrió– tendrían que ser genios para ocultar tal montaña de plata; en el mundo actual las entidades financieras colaboran ampliamente cuando se trata de dineros sucios y el flujo de tal volumen de fondos de la “vaca” armada por los narcos no le pasó desapercibido a ningún banco; las motivaciones de este escándalo son políticas y al llevarse en los cachos a un venezolano con pinta, real y prestigio el escándalo resulta ser mucho más jugoso; pero lo peor de todo es que es un asco que los políticos colombianos se hayan abalanzado sobre las aseveraciones de despreciables  delincuentes para ajustarle cuentas electorales al presidente Juan Manuel  Santos.

Colombia da envidia en muchos terrenos: su proactividad, su recursividad, su apego a resultados medibles, su economía en expansión, su capacidad para adaptarse a las dificultades y a sobrevivir exitosamente en medio de ellas. Pero su voracidad política, la rapacería de algunos o muchos de sus políticos, la permisividad con los narcos y/o con los insurgentes, es capaz de dar al traste con buena parte de sus logros o de quitarle brillo, al menos.

Duele decirlo, pero este episodio lamentable le hace a uno sentir una lástima profunda hacia los vecinos de al lado.