• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

Una incómoda muleta

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250 empresarios chinos flanqueaban al presidente Xi Jingpin cuando en julio de este año le hicieron una visita a la presidente Cristina Fernández. Las relaciones entre Argentina y China llevaban viento en la popa. Entre ellos se ha desarrollado una suerte de dependencia cruzada que trabaja en el sentido de facilitar acuerdos de todo tipo. Es que las finanzas argentinas se encontraban a punto de naufragio y necesitaban con desespero quien les lanzara un cabo para reflotar la economía y poner algo de orden antes de que a Cristina le toque pasarle la antorcha a su sucesor en la alta magistratura.

China por su lado requería asegurarse un buen socio que les provea alimentos y productos básicos, y en ese terreno nada mejor que el país de las pampas para exportarles a los asiáticos productos de origen vegetal y animal en cantidades superlativas.

En aquella ocasión, unos y otros se esforzaron por ponerle fanfarria a los más de 20 acuerdos firmados y se puso de relieve ante el mundo una sociedad estratégica que aplaudieron propios y extraños. Parte de los acuerdos estaban dirigidos a financiar obras concretas –4.700 millones de dólares para construir 2 represas hidroeléctricas  en la provincia de Santa Cruz, por ejemplo–, otros por montos muy sustantivos se orientaban a apuntalar la moneda y las reservas de la nación sureña. Un préstamo por 11.000 millones de dólares para fines de equilibrio macroeconómico constituía una excelente muleta para el país que ya cojeaba de las 2 piernas. Solo que el tiempo comenzó a transcurrir y nada se materializaba.

Ocurrió que los condicionantes de los textos legales eran hasta tal punto draconianos que tomó mucho tiempo y mucha labia política interna para que la Argentina pudiera adecuarse al sometimiento a tribunales judiciales y de arbitraje extranjeros. Otra perla de esos contratos –ante los cuales la mano de la señora Fernández no tembló– es el entramado legal que tiene que ver con la aceptación argentina del “default cruzado”: si el gobierno entra en default con otras deudas, también lo hace implícitamente con los chinos.

Los chinos lograron, pues, arrodillar elegantemente a la mandataria y la pusieron en situación de faltar a un importante compromiso con sus compatriotas. “A lo que no se puede renunciar es a la dignidad y a la soberanía”, había dicho la presidente y no le quedó otra que comprometer a su país a dirimir las diferencias en la ejecución de los contratos en arbitrajes, y en inglés, ante la Cámara de Comercio Internacional, en París.

Todo lo anterior para hacer que China haya venido en salvamento de Argentina, un país marginado del crédito internacional, pero a un costo que va bastante más allá de los intereses financieros. Xi se ha dado el lujo de imponerle a la Argentina, uno de sus más cercano socios estratégicos en la región, la obligación de ser “un miembro en buenas condiciones del FMI” dentro del más pulcro estilo capitalista, que tanto la presidente ha combatido a capa y espada.

Ya esta pasada semana el dinero comenzó a fluir: 815 millones de dólares engordarán en breve las arcas del Banco Central. Pero el destino específico de los mismos será financiar importaciones desde China y obras de infraestructuras vinculadas al país asiático.

“Caridad con uñas” llaman a esto en el mundo occidental.