• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

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Beatriz de Majo

Intervencionismo e hipocresía

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Hay que hacer gala de una dosis de hipocresía monumental para que el gobierno revolucionario acuse de intervencionista en los asuntos venezolanos a Barack Obama, a los presidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, al canciller de Perú Rafael Roncagliolo, a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, al escritor Nobel Mario Vargas Llosa. Ello adquiere ribetes de burla cuando ocurre al mismo tiempo en que esta revolución que nos gobierna ha ido trasladando descaradamente al Gobierno cubano decisiones estratégicas, de seguridad, de política, electorales y económicas del país. El principio de no intervención, tal como lo define Naciones Unidas, es la “obligación de los Estados de abstenerse o intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos de otro Estado con la intención de afectar su voluntad y obtener su subordinación”.

No puede calificarse de injerencista la emisión de opiniones de parte de un tercero sobre principios y valores universales sobre los cuales un gobierno no sólo tiene responsabilidades al interior de sus fronteras sino de cara al mundo en el que actuamos. Democracia y libertades fundamentales son dos de estos sagrados imperativos internacionales cuyo seguimiento y vigilancia global le ha sido encomendada a organizaciones ajenas a los Estados para garantizar su acatamiento.  

Lo que sí es mancillador del honor del venezolano, lo que sí resulta irrespetuoso de la soberanía de la patria es la ilegal, inmoral, protuberante, incisiva y determinante presencia cubana en los asuntos cruciales del devenir nacional venezolano. Ello constituye una humillación flagrante del país entero sin distingo de origen o de apego político.

No resulta difícil imaginar el superlativo grado de malestar y de resistencia que debe manifestarse en el seno de la Fuerza Armada Nacional, en la nómina de las empresas estatales y de las dependencias públicas de todo género, cuando las líneas maestras del accionar nacional en todos estos campos deben ser consultadas o sometidas a la aquiescencia de nacionales de otro país. Pero estemos claros, el rechazo creciente del país a la subordinación del Gobierno nacional a criterios y directrices que se trazan fuera de nuestras fronteras no genera escozor sólo al interior del territorio. Tal desaguisado está siendo observado desde los escenarios internacionales donde el calor de lo político no desfigura las realidades.

Las mismas instituciones multilaterales donde nuestra Cancillería y nuestro Presidente reclaman airadamente respeto por la soberanía y por el derecho a la autodeterminación son las espectadoras, con estupor, del intervencionismo grosero e inmoral que ha venido armándose entre el gobierno de los Castro y las autoridades venezolanas en detrimento de las instituciones que deben garantizar el juego democrático venezolano.