• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Una falaz garantía

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Un movimiento estratégico contundente pero falaz ha sido la iniciativa de Juan Manuel Santos de obtener la venia de Naciones Unidas para la verificación del proceso de pacificación de Colombia, una vez que la paz con la guerrilla haya sido acordada entre el gobierno y los criminales de las FARC. No podían los amigos colombianos haber destapado mejor aliado.

Sin duda que el aval de un organismo del calibre de este –a pesar del descalabro de prestigio del que adolece– y, en particular, el hecho de que sea el Consejo de Seguridad el que se haga cargo de la certificación de las condiciones del retiro de la guerrilla del conflicto armado, tiende a tranquilizar a quienes tienen reservas acerca de los términos del convenimiento entre gobierno y alzados en armas. Pero hay que detenerse a mirar más en detalle esta tarea para saber si el respaldo del organismo mundial es efectivamente cumplible, veraz y, sobre todo, eficiente.

Los verificadores deberán desentrañar, en las primeras de cambio, cuánta buena fe exhiben quienes accedieron a finalizar las hostilidades y a materializar su desarme. Ya el solo hecho de que no exista “entrega de las armas” sino la promesa de no usar las que mantendrán en su poder es una gruesa piedra de molino.

A lo largo de la historia colombiana de los últimos veinte años, se han repetido las vanas promesas de los líderes de turno de la cúpula guerrillera de no traficar con drogas y de detener las hostilidades. Ha ocurrido en infinidad de casos que los jefes intermedios no han respetado los compromisos asumidos en las instancias superiores. Ejemplos de tal insubordinación o de simple “nomeimportismo” guerrillero abunda ya que, en efecto, nunca ha existido una verdadera unidad de mando de los insurgentes y eso les permite a muchos jefecillos actuar a su guisa y desconocer las órdenes asumidas en sus mandos superiores.

A esta indisciplina en los cuadros guerrilleros ayuda bastante la quebrada geografía de Colombia en donde existen vastos espacios en los que hoy las fuerzas armadas del país tienen aún vetado el  acceso. Por otro lado, FARC y ELN no atienden a los mismos líderes ni estrategias y ello complica naturalmente la voluntad global que debe haber del lado insurgente. Todo ello soportado además con la particular situación de que, si bien el gobierno legítimo del país democrático colombiano cuenta con un mandato de la población expresado en las urnas de la elección presidencial para dirigir el país, la cúpula guerrillera se arroga el derecho de negociar compromisos sabrá Dios en atención a cuál cesión de responsabilidad de su ejército de criminales.

Le cuesta a uno escribir que el organismo internacional está siendo tomado por inocente en este capítulo vital de la vida colombiana, y solo esperamos que esta vez realmente el debilitamiento de los criminales sea tal que no les quede otra vía que actuar en el sentido de lo acordado. Después de haber logrado el conjunto de concesiones que los negociadores han pactado, su voluntad puede que se incline más a actuar con corrección para poder regresar a la vida civil. Que Dios así lo quiera.

Porque no nos queda más que apelar a la voluntad divina para que este esfuerzo llegue a buen puerto. El tercer actor de la paz va a ser ahora el Consejo de Seguridad, pero las condiciones de su tarea las impone no solo la guerrilla sino también el gobierno de Santos, quienes están tan interesados como los guerrilleros en que la verificación les favorezca.

La tarea ha de ser titánica para quienes van a tener esta decisiva tarea.

Ello sin considerar cuál será la consecuencia para el proceso si la verificación resulta ser negativa, es decir, si se constata que no hay cumplimiento de parte de los terroristas. ¿Cuál será el resultado de una situación como esa?: ¿se invalida el proceso completo y se vuelve al punto de partida?, ¿se vuelve a negociar?, ¿se encarcela a los rebeldes y se abortan los acuerdos?

Una patata muy caliente están poniendo los negociadores en manos de los hombres y mujeres que detentan las alas de la paloma de la paz universal en las Naciones Unidas. Ojalá las condiciones de la verificación sean prístinas y terminantes, que cubran todos los escollos posibles y que no estemos todos siendo víctimas de una trapacería más de quienes han conculcado la paz de Colombia por las pasadas décadas y algunos cómplices del otro lado de la mesa.