• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Cuando el crimen no obedece

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Si alguien pensó que en el lado de los malos de la película todos se habían convertido en buenos, se equivocó de plano. Y eso es lo que comienza a ocurrir en la vecina tierra neogranadina. Ya dieron un paso al frente los primeros insurgentes en no compartir los acuerdos que sus líderes suscribieron y rubricaron en La Habana.

Porque es que en las filas de los narco-guerrilleros nadie les había otorgado un mandato a quienes por la fuerza se han erigido en su cúpula y se fueron a negociar, con sus puros, sus guayaberas y sus mojitos, su desmovilización en la capital cubana.

Mejor dicho, no existe –y existe menos al cabo de tres años de ausencia física– una unidad de mando en la guerrilla de las FARC que, al igual que en un ejército regular, le deba obediencia a quienes los comandan. Porque es que mientras en las fuerzas armadas la autoridad y la obediencia son hechos institucionales que se apoyan en una delegación que no es sino una expresión de organización democrática, en los grupos armados irregulares el mando es también el resultado de un ejercicio de fuerza.

Y si ese apoderamiento del mando de las cúpulas insurgentes es un acto unilateral que se sustenta en su capacidad de infundir miedo por su apego a la violencia y al crimen, si nos trasladamos al terreno de las actividades que desarrolla la guerrilla para su sustento y el de sus dirigentes, mal puede la cúpula ordenar obediencia a sus huestes para que abandonen los lucrativos beneficios que históricamente les han aportado la extorsión, el narco-negocio y la comercialización minera, para sumarse a una nueva y quimérica forma de organización social que no le ofrece nada.

El Frente Primero de las FARC, que actúa en el Guaviare, Vaupés y Guainía, y que es el que protagoniza este primer gesto de rebeldía al comunicar formalmente su resistencia a la desmovilización, no está constituido por niños de pecho. Es uno de los más aguerridos componentes que no solo tiene una importante capacidad de fuego, sino es el que aporta una porción considerable de los ingresos de la insurgencia provenientes del tráfico de drogas y de la comercialización ilegal de oro y de coltán. Estos no solo han comunicado que no se suman a la desmovilización, sino están invitando a otros frentes a sumarse a su disidencia por considerar que lo pactado en La Habana no le ofrece al país garantía de una sociedad más justa, sino que continúa impulsando el mismo y equivocado modelo de organización económica.

Así pues, el proceso de pacificación ideado y encabezado por Juan Manuel Santos comienza a dar traspiés que eran anticipables y que no aminorarán la determinación gubernamental de continuar adelante en su implementación, si la sociedad colombiana les otorga el aval plebiscitario.

Para solucionar el conflicto colombiano, Juan Manuel Santos escogió la vía del pacto con los criminales y no la de su exterminación militar, a pesar de que las fuerzas regulares del orden público se encontraban, al inicio de su gobierno, en posición ganadora frente a los terroristas. Todo esto lleva a pensar que Colombia tendrá que seguir viviendo con un cáncer activo en sus entrañas y que el único lenguaje que entiende el narcoterrorismo es el de la fuerza.

La paradoja es que frente a la trompetilla lanzada por el Frente Primero a sus comandantes, el mandatario lo que envía es un mensaje bélico a quienes se han declarado irreductibles. Este presidente que ha claudicado frente a la violencia guerrillera cree, sin embargo, que puede dar órdenes a quienes no obedecen ni a sus jefes tradicionales.

Es bueno tener presente que este frente rebelde es el que se encarga de reclutar, entrenar y alimentar de efectivos a los restantes seis frentes y divisiones de las FARC. El panorama de la paz no está claro a esta hora.