• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Que cesen las turbulencias…

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Todos los periódicos de Colombia le otorgaron ayer lunes el espacio de su portada al proceso comicial venezolano, un signo inequívoco de la vital importancia que ese país otorga a los asuntos venezolanos. Lo anterior parece ser una perogrullada, ya que es más que conocida la relación estrecha que históricamente han mantenido las dos naciones, pero hay que subrayar que en estas particulares horas, Venezuela se ha tornado un tema de enorme trascendencia para los colombianos.

No solo es nuestro país el que ha dado cabida en su territorio al mayor número de sus nacionales. Es el país del mundo, después de la potencia americana, que ha mantenido las más dinámicas y las más benéficas relaciones comerciales y de negocios con la tierra neogranadina.

La nuestra es una relación de paradojas: somos la nación que le ha abierto las puertas a la narcoguerrilla para su operación desde este lado de la frontera, pero somos uno de los pocos países que les acompaña en la mesa que negocia la paz con la insurgencia.

Hemos acudido a Colombia para surtir nuestros anaqueles con productos de calidad para alimentar el pueblo durante décadas, pero hemos cerrado la frontera y detenido los intercambios en los momentos de peores penurias alimentarias.

Hemos hecho causa común con las causas colombianas en foros y organismos internacionales, pero nos hemos voluntariamente desterrado del más sólido y productivo esfuerzo de integración económica que se haya gestado en el continente, el Pacto Andino.

Los hemos transformado en artífices de muchas de nuestras falencias, cuando nuestros presidentes han acusado a los mandatarios vecinos de colaborar con el Imperio en la guerra económica que socava nuestra economía, pero estos son los mismos que estrechan vigorosamente sus manos, como hermanos irredentos, ante los atónitos ojos de la humanidad.

Hemos importado lo mejor de su mano de obra y les hemos cedido los mejores expertos de nuestra industria petrolera. En este lado se baila cumbia y en aquel se animan con los ritmos gaiteros. Ambos comemos patacones y arepas, y en los dos lados creemos que “Alma llanera” es una composición musical propia.

En síntesis, una relación íntima y turbulenta, difícil de mantener y aún más difícil de discernir, pero, en medio de todo, tenaz e indisoluble.

Por eso nadie mejor que los vecinos para querer nuestra paz y aspirar a la estabilidad venezolana. También nadie mejor para entendernos, para deplorar nuestros errores y para desear que la pro-actividad constructiva de la relación se restablezca.

Esa es la otra tarea que esta Venezuela nueva debe emprender más temprano que tarde.