• Caracas (Venezuela)

Beatriz de Majo

Al instante

Trasquilados…

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Si el presidente americano hubiera estado en la sala plenaria de la Cumbre cuando Nicolás Maduro le propinó un regaño épico y monumental, habría bostezado cien veces. Nada de lo que dijo el revolucionario, en tono de mitin de barrio, era diferente de lo que había estado vociferando en las últimas semanas. La realidad es que Maduro ni tenía nada que agregar ni pruebas que presentar sobre el plan desestabilizador, y hasta la cuenta sobre el número de firmas obligadas que habría entregado a la Cancillería en contra del presidente estadounidense había perdido brillo, porque llevaba días regodeándose del éxito numérico de su proyecto. En medio de tanta desmesura, la fabricada hazaña de las firmas apareció como otra mentira más.

Ante la enardecida intervención de Maduro las delegaciones del vecindario deben haber estado, a su vez, atónitas: la Venezuela revolucionaria de Hugo Chávez y Nicolás Maduro lleva viento en la popa, la distribución del bienestar tiene felices a sus compatriotas y el modelo económico establecido por la revolución bonita reparte bienestar y amor por doquier. Las únicas desgracias del presente –porque sí las hay, al menos lo reconoce– son el producto de una avasallante guerra económica instrumentada desde Washington y con la complicidad de CNN.

Quienes han sido hasta hoy socios privilegiados de Venezuela en el reparto de las dádivas petroleas de los últimos años, y quienes en la última década han sostenido relaciones comerciales con nuestro país, conocen de primera mano la mayúscula torta económica y social puesta por el gobierno y las privaciones a las que estamos sometidos los venezolanos de hoy. En las relaciones bilaterales ya no extienden la mano en busca del regalo de crudo de antaño, porque han sido notificados de la imposibilidad de mantener la ayuda petrolera. Los otros reclaman al gobierno revolucionario honrar sus compromisos y pagar las acreencias en contra de nuestro país. Hasta Brasil ha tomado distancia y dejado a un lado la complicidad de otros tiempos.

En el terreno de lo formal, la delegación que llevó la bandera de Venezuela a Panamá fue el objeto de un ácido cotilleo en los pasillos o se constituyó en el hazmerreír de muchos. La prensa panameña dio cuenta de todo ello: la falta de formas, los desórdenes provocados por las turbas pro maduristas en los foros sociales paralelos a la Cumbre, el abultado número de integrantes de la delegación y de los adláteres financiadas con dinero oficial, el tono del discurso, las palmarias equivocaciones en los detalles de las intervenciones presidenciales, el tono pendenciero de los discursos. Sin hablar del episodio del doble de Maduro que, más que críticas, lo que despertó fue lástima.

Fuimos a hacer un gran ridículo porque la falta de estatura de quienes nos representaron fue evidente. Sin abrir su boca para enfrentar las atrocidades que allí ventilaron en su contra, el presidente americano Barack Obama se limitó, a través de un tercero de su equipo, en ratificar que las medidas seguirían en pie. Las explicaciones ya habían sido presentadas: Estados Unidos no sancionó a Venezuela sino a siete de sus oscuros personajes que tienen cuentas pendientes con los derechos humanos y/o con los lavados de capitales dentro de su país. Un derecho que le atañe y que seguirán ejerciendo en el futuro.

Total que fuimos “a por lana y salimos trasquilados”, diría el refranero popular español…